domingo, septiembre 17, 2006

La Portada

jueves, enero 12, 2006

1. Historia de un recién llegado

" Se dejó abrazar quietamente cediendo a las manos que la atraían, la apretaban contra su cuerpo, empezaban a correr por ella que tenía los ojos muy abiertos mientras sentía subir la vieja fiebre que los viejos labios enconarían y aliviarían, alternadamente, a lo largo de las horas bajo los viejos dioses, para agregarse al viejo pasado. "

Julio Cortazar / Los Premios.

De pronto ya todo estaba en calma. El departamento como un anciano dormido parecía nuevamente descansar en su mecedora de sombras. Desde la cama, Julio divisaba las manchas de la noche detrás del cristal de la ventana que daba a la avenida principal, la de los tranvías.
Había visitado muchas veces aquel edificio especial, del barrio de Invalidovna. Edificio donde convivían latinos refugiados y funcionarios corruptos: dirigentes ancianos de organizaciones juveniles fantasmas. En la antesala de los ascensores se cruzaban los niños, de algún líder cubano de rostro austero y parco, de "hombre gris", como le decía el científico Zuganiov, o Zivienov, o algo parecido, a Sean Connery en "La Casa Rusa".
Las primeras veces que visitó el lugar fue para conocer al encargado estudiantil de una organización de estudiantes cuyos funcionarios, estatales, pasaban de los cuarenta. Durante las primeras visitas, no lograba asociar lo que veía desde la ventana, con la calle que pisaba al salir del edificio por la gran puerta de vidrio, aquella que separaba la sala de los buzones, del frío del invierno de noviembre. La primera visita a aquel lugar fue tan sólo unas horas después de aterrizar su vuelo, el que lo traía a él y a Sergio desde Roma. A donde habían salido; a estudiar cine, según la respuesta que le dieron a la pregunta soez de uno de los policías del aeropuerto Merino Benítez, un tipo tosco y calvo que les timbró los pasaportes rojos. Ellos no eran exiliados, podían volver aunque en realidad no pudieran.
A Praga llegaron un día helado. Para Julio fue como un milagro; era la primera vez que conocía la nieve, a pesar de venir de un país con nieves eternas, patrimonio nacional de los ricos con sus canchas de esquíe, orgullosos de lugares exclusivos como Farellones y de princesas vacías como Cecilia Boloco, la miss universo nacional.

La nieve de noviembre había cubierto Praga como el velo de una novia. Desde lo alto de las ventanas del octavo piso se veía el reflejo níveo de la noche sobre el hielo enlodado en adoquines milenarios. Julio se confundió pensando que lo que veía desde arriba, desde el ventanal de la sala de estar, era la parte posterior del edificio, una calle imaginaria que su cabeza descuidadamente había inventado. Que no era la calle que encontraba, aquellas mañanas, cuando terminaba de cuidar la casa de aquellos conocidos suyos. Solía llegar los viernes, bajaba a hacerles las compras, al supermercado de la esquina, en pago al asilo que le daban los fines de semana.
La membrana urbana de la ciudad no era el tablero de ajedrez que estaba acostumbrado a recorrer en Santiago de Chile. Era un desorden de calles que habían ido creciendo sin ley en los faldeos del castillo de Praga, hasta que el puente de Judith uniera las dos riberas del Moldava.
Solía asomarse por las noches a aquella ventana, al principio asustado, por el destello azul del choque de los cables eléctricos con los hierros conductores de la electricidad de las máquinas del tranvía. Con el caracol de la costumbre, ese miedo, se transformó tan sólo en curiosidad, la sorpresa de ver aquel rinoceronte de color rojo y crema, aquella bestia de metal cruzar raudo la avenida, avisando su marcha con un timbrazo, que a lo lejos, más bien evocaría al de una bicicleta gigante.

La puerta de la pieza que daba al comedor parecía arrugarse de tanto abrirse y cerrarse en su imaginación. Eran quizá ya alrededor de las cuatro de la mañana. Más allá, a través del vidrio de catedral, se insinuaban tímidamente los objetos sobre la mesa: restos de café, ceniceros con acribilladas colillas, botellas vacías, vasos nauseabundos, y una de las máquinas fotográficas. En verdad nada se veía en las sombras. Julio jugaba, adivinaba. Sabía que al día siguiente, al otro lado de la oscuridad, desparramada bajo la penumbra del cuarto, ordenarían ese mundo-mesa, pulcramente limpiarían la anarquía de la juerga. Al regreso, los dueños, no sospecharían de aquel festejo privado, de esa su primera noche de piel en un país ajeno y exótico, con una mujer extraña y europea.
Carol, amor de dos semanas, a su lado, a cuerpo desnudo, dormitaba el alcohol de otro día. ¿Soñaría tal vez? Apoyada en la almohada, le surgirían: palmeras, playas. Estaría al otro lado del mundo, yendo de compras, al "duty free", cerca de las tiendas del Canal de Panamá. Vería a Noriega, día por medio, en la televisión, vociferando contra los yanquis.
El estrellarse de las pieles, electrizaba una noche en que Julio ya no podía cerrar los ojos. El pelo de Carol, cayendo por sus hombros, cubriendo sus rozados pezones. Ese mundo-cama lo emocionaba, convirtiendo su vida en un círculo que se cerraba en su angustia anodina. Todo marchaba muy rápido, como un viento repentino, transitándose, llevándosela. Por entre los visillos, entraron los rayos de un amanecer presuroso, de hemisferio norte. Se deshacía la vida dejando una breve noche incompleta. Y allí estaba él, queriendo dormir, como lo hacía ella. Todo había sido tan intenso e inevitable. Repasaba en su cabeza, luchando para que no se le escaparan esas imágenes, aquella tarde. Las mismas tibias imágenes, pegadas aún a los sudores de aquellas sábanas color celeste. Las mismas que lo ayudarían, con frugal viveza, en sus secretas masturbaciones de recién llegado en los baños del colegio en el palacio de Jorge de Poděbrady. Poděbrady, aquel pueblo tranquilo, a orillas del Elba. El destino planificado de una vida entre pasillos medievales y patios barrocos del palacio del rey husita. Transcurrirían esos días, de invierno castrense. Lo sabía con fe.
Sintió el vacío del silencio, presente, actuando en él, como cuando se le quita el sonido a un televisor. Al otro lado de la pared, estaba la sala de estar, donde dormían Sergio y Marié, la amiga de Carol. Marié, el prototipo perfecto de gorda checoslovaca, su risa hacía olvidar sus dimensiones temporales. Ni el mismo Sergio, ni él la imaginaron al conocerla que terminaría en una noche de alcohol y paños menores, de fotografías falsas y mentiras deliciosas.

Esa historia había empezado a manera de juego, de tibias provocaciones, de intentos desesperados por parte de ellos de encontrar a alguien, de aventurarse en lo desconocido, la casería secreta que deambula día a día por las calles y los bares, los mercados y las librerías. Habían pasado justo dos fines de semana desde aquel primer día en que Julio había llegado desde Podebrady a ver al único en que podía confiar, a su amigo Sergio. Aunque se hubiesen conocido tan sólo unas semanas antes del viaje. Llegó a visitarlo al internado de Suchdol, ubicado en las márgenes de Praga.
Cuando, por cualquier razón, resultaba imposible falsificar los vales de comida del día domingo -único día de pollo asado y puré de papas- Julio planeaba su escapaba los viernes del pueblo en un Karoza azul de fabricación húngara, autobús que partía siempre puntual y casi vacío. Eran en realidad dos autobuses unidos por un enorme acordeón que le permitía contornearse por las calles de Praga con la torpeza de un gusano herido. Cuando resultaba que quería descansar de los conceptos, las mentiras y los discursos patéticos que solía escuchar en el departamento de sus conocidos del barrio de Invalidovna se iba en busca del monte de Suchdol.
Era uno de esos viernes. Después de buscar su cuarto por corredores interminables vio la puerta 128 semi abierta, se apoyo en el umbral y lo vio sentado en su escritorio; venía cansado y soñoliento como si fuese a quedarse dormido en cualquier momento, quizás por eso no sintió de inmediato el desánimo que se derramaba en el aire como el olor de una jarra de leche quemándose en el fuego. Julio y Sergio habían salido de juntos Chile, ambos por esos extraños méritos partidistas de piedras en las manifestaciones en contra de la policía y vidrios rotos, de allanamientos, detenciones, expulsiones y subversiones "de chocolate". Julio era un flaco larguirucho de aspecto eslavo, el típico nieto de "gringos" europeos, escapados de guerras o revoluciones fraudulentas, uno de los pocos descendientes de las poquísimas familias de rusos pobres -si no de la única-, que habían llegado después de vagar por las costas croatas a Arica. Sergio en cambio era más criollo en su aspecto, de baja estatura, desordenado y haragán. Su gran problema era ser mitómano. Era de familia sureña, oriundo de las cercanías de Concepción, su sueño era efectivamente el cine, quizás más por una cuestión de culos que de arte mismo. Sus mentiras y cuentos eran verdaderas películas. A Julio no le importaban. Había hecho teatro, criado conejos en Punta Arenas, aprendido a conducir tanques en Cuba, incluso después de que le quemaran el pecho con colillas de cigarro se había metido a la clandestinidad, de donde salió rápidamente después de una historia de armas en un lugar llamado Carrizal en el norte de Chile. Julio nunca sabría que era realmente verdad de las cosas que Sergio contaba.

Al entrar lo vio sentado pensando lejano mientras manoseaba su Zenit. Tenía una mirada que se perdía tras los cristales de la ventana en lo profundo del parque. Julio golpeó su puerta entreabierta y entró. Con una reverencia fraudulenta saludó a los compañeros de cuarto: un africano de un eterno mal humor y un amistoso árabe saudí de continuas divagaciones medicinales. Se dio cuenta que miraba por las mismas repetidas ventanas de los lugares que hasta ahora conocía, ventanas dobles por donde ahora veía la noche entrometida, desapareciendo como un espejismo sin haber terminado en la demencia de cumplir horario como tantas anteriores.
Lentamente los golpes de luz empezaban a iluminar el departamento, el cuarto y la sala donde Sergio y Marié habían estado jugando, un poco siendo nuevamente niños que filmaban un corto de televisión. Apenas se conocían, sólo algunas horas de hipotéticas soledades encontradas. Le volvió a la cabeza aquella tarde culpable de todo aquello. La última vez que Sergio y él se habían visto se habían prometido intentar algo juntos: quizás un poco de teatro callejero que causara revuelo en el Puente de Carlos y, por consiguiente, la prohibición de alguna ronda de policías de charreteras rojas; o inventar alguna historia de culos para luego casi como siempre escapar de la ortodoxia haciéndose pasar por italianos o españoles con un extraño acento latino a la salida del Reduta. Allí donde las mujeres sueñan con extranjeros ricos que las adornen de momentos inolvidables y restaurantes caros, tan sólo por el nítido placer de sus sexos.
Aquella tarde de visita a Sergio le había venido la inspiración visual, en realidad eran más bien buenas intenciones que un acierto creativo. Cogiendo la Zenit le pidió que lo ayudara a cargar con una pila de libros. La misma Zenit que ahora exhausta se volvía pasado, recuerdo asechante sobre la mesa, la misma, ahora inerte, ausente de esas, sus idas y regresos en el tiempo. Habían lugares que a ambos les llamaban la atención. Subterráneos orwellianos cubiertos de tubos de distintos dimensiones, pasillos oscuros que terminaban en puertas extraòas, rejas entreabiertas que dividían túneles. En uno de aquellos pasillos del subterraneo de Suchdol se les había ocurrido desnudarse. Empujados por las locas extravagancias de Sergio se habían hecho fotos : imágenes en blanco y negro de hombres desnudos sentados sobre pilas de libros, detrás de ellos una reja que dividía un pasillo en dos túneles que se perdían en dobleces de laberinto, la conciencia del hombre encarcelada, la impotencia de los intelectuales encerrada en el catalejo secreto de una fotografía. Una oda fotográfica a la Carta de los 77.

Se preguntaba si habría un lugar así en el edificio de esos pseudoamigos, personajes impuestos por el desagüe del destino. No solo de esa gente no habría sido nunca amigo si estuvieran en Santiago, tampoco de Sergio -pensó. Mirando el techo desparramarse en las paredes de una gran caja de pandora vio nuevamente a Carol vertiginosa durmiendo, recordó los momentos en que Sergio y Marié habían bajado al boliche de la esquina a traer algo de beber; aquellos solitarios instantes en que habían comenzado a besarse. Se había por fin atrevido a besar a una europea. En un octavo piso de Praga dirigió un concierto de dedos y uòas que se aferraron lentamente construyendo la música de un himno solitario. Carol como de costumbre, vivía sin admiración otra de sus aventuras. Su panameño llamado Santibáñez andaba lejos y quizás cuando regresaría de sus largos viajes. A veces le daban vuelta en su cabeza los recuerdos: el posible matrimonio con un extranjero y los papeleos para que la dejaran viajar a Panamá, tendría por fin dólares y ropa "zapadní ". Regresaría. Se lo había prometido, o simplemente continuarían sus veintiún años siguiendo un camino menos incierto de estudiante de un periodismo obediente. De una forma u otra giraban en su cotidianidad miles de indecisiones y a fin de cuentas parecía darle lo mismo con quien se acostaba. Ahora era un chileno. Pero Julio no quería saberlo.
Aquella tarde se atrevió a besarla para que ella lo recibiera con la mirada semi-extraviada, teniendo latente otros recuerdos que a ratos le impedían acercarse a él. También por eso era que salía a beber; para olvidar. Se sabía hermosa, sabía que el amor terminaba después del primer sexo, los hombres que amaba no entendían que una mujer pudiera ser libre. Venían de tierras lejanas, donde el baile y el sol embrujaban los sentidos, eran ejemplares de una raza de corazones frondosos y cuerpos calientes. Soòaba con el aroma de las cosas que nunca había visto. Esperaba algún día a su príncipe que la alejara del mal olor de los autobuses, de las intrigas y sobretodo del hielo de esa raza de hombres que en el centro de Europa habían olvidado como acariciar a una mujer. Detestaba las cantinas repletas de panzones borrachos. El vodka o el vino eran a fin de cuentas un alcohol más caro que la cerveza.
Julio no pudo evitar la atracción que se escondía en sus ojos y menos la belleza de su cuerpo, la figurita "Penthouse" que siempre había soñado, una especie de conjugación diabólica que lo hacía reanudar su búsqueda de cariño, su sed de asentamiento. Cada vez que estaba con una mujer, se encendía en él la idea de finalmente encontrar y armar los andamios de algo que le hacía falta por reparar, la restauración de ese edificio en ruinas que era su alma. La música rebotaba en las paredes con cierta complicidad.
Cuando Sergio y Marié habían vuelto con algunas botellas ya la tarde lentamente iba desapareciendo mientras los cuatro, entre el humo y las botellas intercambiaban en sus distantes idiomas todas las locuras que se les pudieran venir a la cabeza. Daba lo mismo a quien se le ocurriera algo, de lo cual había que reírse para llenar el silencio: como ir a comprar algún trago en el cochecito de un niño estacionado junto a la puerta del departamento disgustando a una portera que dormía la eterna siesta de los porteros. Cualquier cosa podía convertirse en el puente que faltaba para alcanzar a alguien que se encontraba en alguna otra orilla. Pero la otra orilla era el riesgo.

El tipo de overol que los vio era un obrero de manutención de Suchdol, apareció por el doblez del túnel, donde tiraban las fotografías, cuando vio a Sergio desnudo pensó que eran maricones. Iba apurado pero al instante se detuvo, sonrió. Había sonreído realmente ? Julio recordando se sonrió viendo a Carol dormida cual víctima de una intriga subterránea. El tipo de overol les había pedido que lo esperaran . Y al volver les había sugerido que perdían el tiempo, que lo que había que fotografiar eran mujeres . Lo sabían, esas eran las orillas, las lejanas orillas donde había que desvanecerse como después de un naufragio. Los había invitado, pero el temor había sido más fuerte. Lo dejaron irse. Detrás de aquella invitación Julio veía otros puentes, otras orillas, más oscuras, recordó los paseos por la iglesia de San Francisco en el Santiago nocturno, obesas doncellas de escasa tersura envueltas en polvos de colores vendidos por profesores cesantes en esquinas meridionales. Junto a esa cristiandad oblicua ofrecían sus cuerpos de musas pobres. Nunca había estado con una puta -pensó, les tenía miedo. Esas orillas eran quizás similares a las de aquella su más preciosa noche, pero eran otros ríos. Ellos, en cambio, eran la casualidad, el enredo de una mentira deliciosa y un desvarío de brújulas ausentes. El hombre de overol se había ido. Julio se había molestado tanto consigo mismo que cogió su libreta de teléfonos para buscar el número de Marié; Sergio lo seguía con una mirada de desconcierto. Marié y él se habían conocido en alguna reunión que ya no recordaba, mientras más trataba menos podía entender qué hacía él con su número. Jamás solía llamarlas, más bien gozaba de los encuentros a boca de jarro. Mientras amanecía volvió a verse a sí mismo encerrado en la cabina telefónica, mintiendo. A Marié le había interesado lo del premio, aunque le daba lo mismo si el concurso de fotografías que idearon era en Portugal o en la Cochinchina. Había aceptado. Cuando colgó el teléfono sintió al fantasma de overol que desaparecía para ya no volver a verlo más. Pero ¿Era aquélla la última noche lejana a aquel fantasma? Ellos no lo sabían, porque lo esencial es siempre más secreto. Esa simultánea construcción de puentes: un niño apareciendo a lo lejos, el cochecito, la inmensa cara de espanto de la portera. En cada uno de esos puentes se trataba de destruir un viejo ritual, la intención de borrar de una pasada en un pizarrón toda la inocencia que cada uno arrastraba. Reían de la expectación de la portera bajándose los lentes hacia la nariz al verlos entrar con un coche lleno de botellas de vino. Arriba un payaso de trapo podía ser el contrabajo que Sergio hacía sonar en el centro de la sala mientras Julio simulaba un golpe seco de baterías que las hiciera reír de la anormal fantasía de un par de extraños. Carol había confesado no poder evitar ser atraída por ese embrujo de hacer todos los días algo diferente, solía vivir cotidianamente su pequeña guerra contra la rutina. Quizá por eso había aceptado en el Café Slavia la invitación a conocer cómo era el sabor de un vaso de pisco del sur del mundo, a media luz, en un piso de la ciudad que conocía de memoria, dispuesta a que la vida avanzara para aprovecharse de ella, como los unos a costa de los otros. Quizá todo era un método como también había dicho, un método que todos usaban y que en el caso de Carol era intentar elegir su futuro dejando que un curso cotidiano la llevara donde mejor se sintiera.

Cuando se encontraron aquella primera vez después del atrevido telefonazo de Julio, los túneles lúgubres quedaron en el olvido. En Leninova, a los pies de la gran estatua de Lenin, Julio presentó a Sergio, Marié a Carol. Sergio intentó todo el camino hasta la estación del metro que llevaba el nombre del rey Jorge cruzar cuatro frases en checo que resultaron del todo incógnitas. Era una suerte que hablaran español.

Cuando Marié les presentó a Carol, Julio empezó rápidamente a jugar el papel que previamente habían acordado. Explicó de qué se trataba: harían unas cuantas fotografías de la vida cotidiana, tema que querían trabajar para el concurso de fotografías de Lisboa y cuando se presentara la oportunidad sugerirían algún desnudo. Los sorprendía su risa, como si supieran de qué se trataba todo. Sabían. Parecían divertirse, romper un orden abstracto que las encarcelaba hasta destruirlas. Julio sería el director, mientras Sergio tiraba fotos inexistentes. Habían olvidado el único rollo de película en Suchdol, si es que alguno quedaba después de los desnudos literarios de Sergio. Era la mentira un juego, una pasión llevada a la perfección del ingenio, una sed inundada de gratos momentos. Aquella vez habían terminado medio borrachos, lo suficiente para que Sergio conversara con Marié en un rincón de la sala mientras Julio se precipitaba en un test psicológico recién inventado y a medio camino para someter a Carol a las más audaces pruebas, como podía ser un masaje sobre su espalda desnuda o un beso repentino que se había quedado estático sobre la alfombra. Había sido todo demasiado rápido, como una tormenta, frágil, carente de dolores y esperas. Hasta que volvieran a verse el fin de semana siguiente en el café Slavia.

La sensación de aquel viento que de pronto habría de llevar se todo volvía a girar en torno a sus pensamientos. La miró dormida, envuelta en las sábanas celestes, con uno de los brazos sobre su cuerpo. Sólo se dedicó a mirar el techo, a tratar de dormirse a pesar de la oscuridad que lentamente se marchaba. Las figuras se hacían lentamente más claras, por toda la habitación surgían desvanecidos personajes, zapatos tirados, un cenicero, un tubo de crema Nivea, juguetes y sus ropas. Era terriblemente claro que no sabían nada el uno del otro, pero eso no importaba, tan solo un par de miradas, Mùstek, Václavcké Námìstí, unas copas en aquel idioma extraòo y un montón de horas pasando, como el tumulto de la gente aglomerándose en los paraderos en las maòanas para llegar al trabajo que no trabajaban. Julio quería abarcar todos aquellos nuevos signos de un mundo demasiado diferente y que en tan sólo unos meses se le había caído encima torrencialmemte como la lluvia blanca y fría que era la nieve. Allí estaba, queriendo encender un sparta y no haciéndolo simplemente para no viciarle el aire. Habían alejado el lunes, para ellos fatal ante la disciplina de volver al internado, acostumbrados tan sólo al autoritarismo militar de un general necio y vil habían presentado una carta de timbres falsificados al director del internado.
Recordó como habían vaciado lo que quedaba de aquella botella de pisco y otra de vodka; como la tarde había caído con ellas de regalo; volvían a hacerle reír los comics de Sergio, los había empezado a dibujar en el Slavia, jugando con un lápiz y un papel, hilos, cordeles de tinta. Puentes interminables. Lentamente todos habían entrado a las hojas del papel como dibujados desde quién sabe qué distancia, siendo ellos los implacables personajes. En Julio palpitaban todos los detalles. De pronto, Marié y Sergio ausentes, Carol y él solos junto al mundo-mesa; ella hojeando su libreta, llegando a relatos que había escrito en la soledad de su cuarto. Le era imposible entender aquel confuso español o aquella mala traducción que él intentaba. Julio la miró a los ojos hasta saltar a su boca, entonces ella suavemente levantó sus brazos y lo envolvió en su cuerpo jugando a desordenarle el cabello, recibiendo caricias que lentamente la incendiaban, a ratos bruscamente perdía la mirada y escapaba del fuego que ciegamente se encendía. Trató de rodearla, atraparla, había tanto tiempo en él sin sentir manos, cuerpo, labios corriendo presurosos, tenía hambre de caricias, abundancia de durezas. La angustia de una extraña orfandad, su sensación de vacío se disipaba, la contempló como a una de esas copias de estatuas griegas de museo. Sus mutilaciones no eran de mármol sino de espacios y tiempos prohibidos. Sin embargo ella tenía una vida que transmitía otro lenguaje. Se iba lejos en sus pensamientos para de pronto volver a la realidad. Entonces nuevamente se besaban con desesperación, con una pasión incógnita. Ninguno de ellos sabía a ciertas qué pasaba en la cabeza del otro. Aquella tarde se deshacía en crepúsculo y caricias, los dedos de Julio penetraron su blusa, desbocados caballos corriendo por su espalda, su respiración se hizo cada vez más alta y más tibia, cada vez hubo menos pausas en donde enfrentar las miradas. Sus bocas eran una mezcla de labios apretados, consecutivamente rojos y ardientes mientras sus dedos se acercaban hasta sus pechos sintiendo el incendio que les quemaba sin poder evitar el baile seductor de sus cuerpo. Julio acalorado sentía en sus oídos los leves quejidos, de reojo miró la habitación a oscuras que los esperaba. La misma habitación, las mismas paredes que ahora contemplaba alegre y lleno de preguntas mientras la miraba suavemente como un animalito delicado, dormida, sin ella imaginar que él no podía dormir. La miraba soñar percatándose de una distancia irreparable entre aquel sueño tranquilo y simple y su inevitable insomnio que le reconstruía otra vez aquellos momentos, ella abriendo sus piernas en la silla para que le dejara caer sus manos y escalara sus muslos hasta llegar a sus labios bajos de rubios pelillos. Había comenzado a frotarla, primero lentamente, jadeaba en la silla penetrando su pantalón para masturbarlo, abrirle la bragueta, cogerlo y llevárselo a sus labios. Todo era una fiesta, una explosión de chispazos, pequeños orgasmos furiosos que pedían más y más. Se levantaron, apretándose cada vez más. Ni siquiera se percataron de la presencia de Sergio que buscaba desesperadamente el casette de Cat Stevens . La música parecía llenar todos los rincones, rechazó con pudor la habitación, como dudando si era eso lo que ella quería; sin embargo cinco minutos le habían bastado para decidirse y dejarse alzar en los brazos de Julio y caer en la cama. Con la puerta entrejunta siguieron tocándose hasta estrellarse violentamente, le mordió suavemente sus pezones en aquel juego de resistencias, ella lo apretó hasta sentir que su miembro ardía por penetrarla, lo lamió con apetito queriendo succionarlo, buscando sacar de él el mayor placer posible, como si olvidara su propio nombre. La blusa y la camisa fueron olvido sobre la alfombra y ella disipó sus dudas dejando que le arrancara los blue jeans y la desnudara por completo, él se sacó la ropa observando sus rosados botones y su entrepiernas. Entre sábanas y techo: brazos, muslos y manos, abrazados friccionándose, frotándose hasta que por fin la penetró y sintió sus profundas humedades, abriéndola, profanándola. Que ella sintiera sus íntimas durezas, las que ahora la invadían de bruscos placeres. Le rogó que lo hiciera lentamente mientras recordaba cuantas veces lo había hecho con el tubo del desodorante, quizá recordando a Santibáñez. Era un momento de olas sucesivas, de convulsiones en sus sexos. Todo se iba rápidamente mientras Julio empujaba cada vez más al verla saltar en susurros. Era una caída de agua que de pronto se iba convirtiendo en un torrente imparable hasta que llegara el momento en que todo tendría que terminar. Era una brisa que cruzaba uno de esos veranos cálidos, ella brillaba y él se sentía y veía a sí mismo torpe después de aquel largo tiempo de masturbarse en baños mal olientes, quizá por esa razón no pudo evitar acabar tan prontamente.

Después de la tempestad, la calma. La sensación absurda de que en la sala se habrían percatado. Era la primera vez después de mucho tiempo, y como era de esperar, como una maldición de las ciudades modernas, de los suburbios de las grandes capitales o de un programa violento de televisión, todo era invadido por una filuda plasticidad, como quien recorre una avenida, abre la puerta de un carro y deja subir a alguna mujer por unos dólares. O la sensación de follar con la mujer con la que has vivido toda una vida y has terminado odiando.
Volvieron a estar allí. A besarse como si los cruzara una bolsa de nylon. Se vio torpe, inútil y desorientado. Ella no paraba de reírse y aunque fuera de él de quien lo hiciera lo ayudaba a no pensar, a creer que ella había tenido una noche de placer. Carol descansaba riéndose, también en ella yacían explosiones y flores arrancadas en la revuelta de los cuerpos, pero no había acabado. Pensó en preguntas, en la posibilidad de necesitar preguntas, disquisiciones morales sobre la aquiescencia de aquellas aventuras destinadas a ayudarla a saber si sería capaz de dejar una vida tras ese futuro marido, tras aquel regreso que la acosaba inevitablemente, preguntándole, obligándola a agarrarse con dientes y uñas, anticonceptivos y domingos a la vida que se le podía escapar como un concepto. Sentir el tiempo al menos la calmaba. ¿Qué haría con un hijo?- le preguntó. Julio no tenía respuesta a tal pregunta, ¿y ella? - pensó. Quedaría lo de siempre, callar, el silencio: familia, mesa, camas desordenadas en domingos flojos, un no esperar a nadie en la distancia de lo lejano, lo verdaderamente lejano. Entonces Europa sería un guetto en el tiempo. Como explicarle que la revolución con la que había soñado era un hermoso asco traicionado, un basural de buenas intenciones. Que la historia era una gran cuchillada capaz de partir el mundo en dos, dos entidades adyacentes. El era un leproso, que frente a un espejo, de alguna manera, también quería vivir, vivir lo negado, ser el reflejo, la imagen inconclusa, buscar un rostro oculto, su rostro oculto, el lugar negro de todo suicida, el secreto del Dios que no era, y entre todo, el amor, la posibilidad, la casualidad o el signo. ¿Que se rieran? ¿Qué se podía arreglar en el centro de un caos interminable? El día: una nueva sección de ironía, hombres y mujeres, los salvadores cotidianos de la mentira. Carol desnuda había cerrado los ojos queriendo dormir, buscando un sueño que la refugiara. Lo había logrado finalmente, tendida con su delgado cuerpo a merced de alguna brisa que empezara a llevársela para siempre. Julio se levantó a beber algo, a celebrar algo así como una gran casa con jardines destrozados. Había amanecido.

La miró desde el dintel vestirse y preguntar la hora mirándolo como si lo viera por primera vez. Le volvió una mirada que él nunca comprendería, su realidad era como un videoclip sin censura, ella la gran directora, la hipnotizadora de sus marcas y la de todos los Julios que vagaban por el mundo, las viejas marcas, las ataduras, los oscuros temores. La vida, un río cayendo al mar sin meandros, un felino ojo para los análisis en blanco y negro. La vio y la quiso, en toda una secular negación de sí mismo, era el reflejo, la otra mitad disecada por el inevitable puñal, ataduras atrapadas en algún ascensor, pisoteadas con la colilla de un cigarro, la vida un escupitajo de la nada, de lo oscuro, Sergio y Marié culeándose al gran escupitajo asimétrico en la sala.
Allí quedaba la orgía de tasas de café, la noche escondite del sueño, el silencio de Julio mirándola dormir sobre sus preguntas. La otra dimensión colándose: nuevas generaciones, nuevos dolores, pequeño cochecito-juguete-pesadilla siglo veinte, un teléfono de plástico, Marié escondida-piedrecita en el ojo, Sergio riendo dejándola echarse toda la vida, todos los espejos a la cartera o el telefoncito de juguete, Julio presente de su propia ausencia, y el " qué dirán "... Pensó en levantarse, sigiloso, abrir la cartera de Marié, caer en su mar de espejos y recuperar el juguete del niño ausente que era en el fondo toda esa moral tercermundista y chata que era él.
Carol se había levantado presurosa, la mañana era una marea imparable de ruidos que inundaban el aire, Marié ya no estaba, se vio sola, traicionada, Sergio dormía, miró a Julio, el azar de volver a verse. Julio permaneció pensando, recordando las fotografías, le había hecho dos fotos con su Praktika, dos desnudos, pensó en el concurso, en las mentiras y Lisboa, volvió a dormirse, profundamente, dejando las puertas abiertas de sus sueños, vio a Jorge, el rey husita sentado en las lecciones de checo, mientras desde las ventanas del castillo veía el Elba que se desparramaba por un costado del Parque Forestal. Le preguntaron desde el taburete el significado de algo, Jorge de Podebrady lo sacudió volviendo de ese sopor que lo embotellaba. Volteó su rostro para ver de pronto a ese fantasma, el tipo de overol lo zamarreó para que subiera a su cuarto. Iban a cerrar el pasillo de aquel túnel. Había estado durmiendo, esperando a Sergio que había ido por más libros. Dentro de aquel subterráneo extraño, había sentido aromas que ahora ya no recordaba, hubiera querido dormirse para siempre dentro de ese frasco de éter que era su memoria. El tipo de overol se marchó dejándolo sentado sobre la pila de libros. Supo que nada de lo que imaginara podía ser encerrado en algún negativo.

Praga 16 de Julio del 89 - 24 de Septiembre del 97

2. Entre griegos y alemanes

He olvidado completamente cómo conocí a Dimitri. Si en los baños del internado, o en alguno de sus comedores. Si en el Založna (que era el nombre de la única taberna de Podebrady) o simplemente me lo presentó alguien. Lo cierto es que guardo aún en algún lugar de mi casa algunas fotografías en las cuales estamos bailando abrazados y con botellones de cerveza en nuestras manos. En otra foto Dimitri y otro amigo griego me están haciendo un peinado rarísimo. Por lo general nos juntábamos a beber el -para mí- insoportable licor de anís y a escuchar a Mikis Theodorakis. En aquel entonces todos los que estamos hipnotizados en esas fotos éramos apasionadamente comunistas. Pero los griegos lo eran aun más. Las paredes, de la pieza de Dimitri (la cual compartía con Manolis, otro griego, aunque bastante más provinciano por ser oriundo de Kreta) estaban cubiertas de oses y martillos, de afiches con los rostros de Marx y Engels, carteles llamando a la defensa de Nicaragua y una que otra pancarta con el nombre de algún líder partidario. Lo cierto es que la estética con la que ellos demostraban su adhesión no me incomodaba. Para mí (que no entendía una jota de griego) esos afiches pertenecían al terreno de lo exótico. No me sucedía ciertamente lo mismo en el caso de las habitaciones cubanas, mucho más afectadas de cierta clase de fundamentalismo. Lo que sí me parecía una verdadera barbaridad, o más bien una soberana estupidez era que mis amigos griegos cambiaran en el banco los dólares que les enviaban sus padres obreros por algo más de nueve coronas checas que les otorgaba el banco nacional (en aquel entonces el mercado negro, en manos de uno que otro polaco residente, daba alrededor de cincuenta coronas) Siempre he pensado que eran el hazme reír de los cajeros bancarios.
Aquel invierno de 1988 los griegos representaron la única alternativa de amistad a los cubanos. Tanto Dimitri como Manolis decidieron adoptarme, al menos eso sentía yo. Para ellos Víctor Jara era un héroe mundial. Tenían discos con sus canciones cantadas en griego. Los comunistas chilenos éramos la segunda Nicaragua y yo, en definitiva encarnaba la vocación revolucionaria que a ellos les había sido negada. Cuando terminamos nuestra estancia en aquel centro de idiomas hicimos una gran fiesta en la pieza de Dimitri. Creo que fue la primera vez en que nos entendimos pasando de las consignas y las sonrisas a frases inteligentes en un checo rudimentario. Probablemente las botellas de ouzo fueron aquella noche un estímulo a nuestra declarada amistad. Nunca volvimos a encontrarnos Dimitri y yo.

Manolis, su compañero de cuarto asistía a ciertas materias en común, ambos estudiábamos el primer año de arqueología clásica en la cátedra de Celetná. Manolis era para la risa, sobretodo por la dificultad que le causaba hablar checo. En una ocasión, en medio de una aula llena de estudiantes el profesor tuvo la atinada idea de preguntarle que de donde era el joven extranjero. A lo que Manolis con su rostro siempre serio y sonriente a la vez le respondió (en checo) que él estaba orgulloso de ser un “cretino”, queriendo decir cretense. A la asamblea de estudiantes no le quedó otra alternativa que largarse a reír. Cosas como esas pasaban con mis amigos griegos.
Fue unos años más tarde que decidí congelar mis estudios y buscarme un trabajo, pasaba por una situación bastante escabrosa en lo económico, a lo que mi reacción como vendedor callejero logró poner tope. Yo vendía libros y sombreros frente al Orloj de la plaza vieja y salía por las noches a beber con amigos que no tenían el más mínimo punto en común con una universidad. Mientras, mis amigos griegos terminaban pausadamente sus estudios, recibían mensualmente la pensión de sus padres (la cual seguían yendo a cambiar al mismo banco) e incluso encontraban pareja.
Supe de oídas que Manolis Klonzas se había casado con una checa y que Dimitri Papanopulus (o algo así), el bueno de Dimitri, tenía noches con Faneri, una estudiante colombiana.
Cuando me cansé de trabajar como chino y decidí que haría un viaje a Chile habían ya pasado cinco años desde que nos dejamos de ver. El verano del 94 (del hemisferio sur) quise ir lo más al sur posible. Viajaba acompañado de lo que en Chile, a cada rato, llamaban una gringa, y quería llevarla a que conociera la famosa carretera austral. Pretendía llegar hasta Coyhaique. Viendo el mapa que llevábamos y los travellers cheques que nos quedaban tuvimos la acertada idea de seguir camino a Argentina. De Chile Chico llegamos hasta Perito Moreno y de ahí hasta Comodoro Rivadavia, era la primera vez que veía el Atlántico y no sé por qué tuve la impresión de que me lo había imaginado exactamente igual a como ahora lo había visto. Desde la costa nos dirigimos a Esquel, un pueblito en el sur de Argentina, y desde Esquel hicimos un hermoso camino de lagos y montaña.
Fue a orillas del Futalaufquen donde nos conocimos con Utte Wendel y con su novio (cuyo nombre he olvidado) Eran alemanes de Munich. Utte estudiaba turismo y estaba escribiendo su tesis de graduación acerca de los lagos argentinos. No nos costó hacernos amigos. Tampoco recuerdo en que lugar de todos esos en que nos fuimos encontrando camino a Bariloche nos emborrachamos los cuatro. Yo había tenido la suerte de visitar la capital Bávara en dos oportunidades y a pesar de no conocer absolutamente nada de ella cause una agradable impresión en nuestros acompañantes tudescos. Utte hablaba bastante bien el español y yo aún tenía una que otra clase de alemán que había tomado antes de retirarme por completo de la facultad. La última vez que nos vimos fue en Puerto Montt. Visiten Angelmó, les dije. Nos hicimos los respectivos cambios de direcciones y teléfonos y quedamos en que teníamos que vernos en Europa. Pasó un tiempo largo. Un año quizá. Yo viajaba y mandaba postales. Utte viajaba y mandaba postales. Suelo mandar cientos de postales cada año. Cuando un buen día vi en el buzón un gran sobre procedente de Munich supe que era Utte la que me escribía. Me mandaba un comentario a la ley del trabajo checa que había aparecido en su país con una versión en checo. Fue nuestro último contacto.
A fines de aquel año, creo que del 95, mis intereses turísticos se orientaron a lugares menos cómodos, y más estrafalarios. Iba camino a Marruecos cuando Utte Wendel pudo aparecer como un fantasma. Salíamos de Algeciras a Tarifa cuando divisé una furgoneta muy similar a la mía, de placas alemanas. La conducía una muchacha. Aquella vez en Argentina me hice la misma impresión al ver a Utte y a Marcus (ahora pienso que se llamaba así su acompañante) Los veía y sentía que ella era mayor que él. Utte era más alta y a todas luces mayor, además, Marcus (si es que así se llamaba) no hablaba español lo que lo volvía absolutamente dependiente de ella. Traté de localizarlos en la autopista por el espejo retrovisor, hasta encontrarlos. Los esperé. Cuando vi pasar la Volkswagen Westfalia y percatarme de que las alemanas (a veces tan bermejas) son a veces tan iguales, tuve la necesidad de volver a visitar Alemania.
Fue antes de partir hacía el otro extremo de Europa, a Turquía, que un amigo me llamó para que lo acompañara a Munich. Acepté encantado. En la casa a la que llegamos nos esperaban con comida y cerveza. La anfitriona, una alemana casada de mentiras con un chileno (por lo de los papeles) cocinó un sabroso plato de zapallitos italianos a la bávara. Le pedí prestada la guía telefónica y busqué a Utte. Eran decenas de Uttes Wendel, pero solamente una de ella tenía a su lado el nombre de Marcus algo. Lo encontré extraño que en una guía apareciera el nombre del conviviente. Dizque el número sin suerte. Dormí con la certeza de que al día siguiente le daría la sorpresa a Utte, sin llamarla. Cogí algunas cervezas que llevaba conmigo en la camioneta. La calle Hananer era una callejuela de la villa olímpica. Recordé los hechos trágicos de aquella olimpiada, los deportistas israelíes muertos aunque para entonces yo era un niño aún. El no rotundo de Golda Meir aún rebotaba en el cemento de ese estadio. Mientras buscaba el número 39 trataba de imaginarme el estadio, la gran construcción de Otto Frei, los tendones del cielo del estadio. Era sábado, algo pasado el medio día. Toqué un timbre que era la boca de un gato pintado. Imaginé la cara de Utte al verme. Sentí a alguien que bajaba por unas escaleras. Me froté las manos. La casita era diminuta, casi enana. Hansel y Gretel, pensé, Utte y Marcus.
Cuando se abrió la puerta y vi a Dimitri quedarse mudo con la boca abierta me di cuenta que mi boca estaba haciendo exactamente la misma exclamación. Carlos, me dijo, pero man y tú qué aquí, en perfecto español (o más bien colombiano) Allí estaba Dimitri, con su porte de siempre, sus ojos negros y su melena rizada. Malakas, dijo en griego, como decía por lo demás siempre. Por fin te encuentro cabrón, le dije bromeando y mintiendo. Fue lo único que se me ocurrió. Saqué las botellas de mi morral y las puse sobre la mesa. Faneri estaba cocinando. Luego pregunté por Utte y Marcus. De puta madre los dos esos, me dijo Faneri. Dejaron el departamentito justo antes. Alcanzamos a cruzarnos y a desearnos suerte, me dijo Dimitri. La alemana hablaba español, me dijo Dimitri, mientras nos bajábamos las pilsener que yo les traía a Utte y Marcus y nos comíamos la comida colombiana que había hecho Faneri. Ni que estuvieran esperando visitas, pensé.


Praga, 26 de agosto del 2000

3. Mudanzas

(como homenaje a los 30 años de Jehtro Tull)

No acabo de desempacar un par de libros, unos discos, los típicos utensilios de cocina más otro sin fin de cajitas de cartón y bolsas de polietileno, cuando casi a media noche suena el celular. Me digo que a quién se le ocurre joderme a estas horas un viernes por la noche. Para bien o para mal, resulta ser mi nuevo casero, el propietario de mi nuevo departamento, de este departamento blanco, lleno de luz y ventanas a la calle en calle Smeralova en el barrio de Bubenec. La traducción de Bubenec me recuerda la palabra tambor, sin embargo ignoro su significado original. Aquí las casas son antiguas y señoriales, a pesar de sus descascarados revoques y sus entornos de eternos andamiajes, algunas de sus calles guardan sombras refrescantes, debido a inmensos árboles, que se abrazan y hermanan con los del parque Stromovka. Su cercanía con la ciudad vieja es casi inminente, separada tan solo por el río Moldava y de éste por el cerro de Letná. A unas calles al oeste comienza Hradcanská, el barrio del castillo de Praga.

Mi casero me anunciaba que el lunes me visitaría, para resolver lo del teléfono, para explicarme donde se enciende la calefacción o donde se corta el agua, en caso de que me vaya de viaje. Bueno, le dije, lo espero a las seis de la tarde. Sigo desempacando papeles y cuadernos, aún no aparece mi agenda, donde día a día anoto mis obligaciones y reuniones, actividades como conciertos o exposiciones que deseo visitar, salidas al cine o al teatro... Cambiarse de casa es como que a uno le borren la memoria del hard disc que tenemos en la cabeza, ya que para tipos como yo, todo empieza y termina en el escritorio de mi sala. Allí, en esa especie de campo de batalla, (donde pasan las cosas), es donde se manifiesta toda la esencia de una mudanza, y esto porque suelo ir acumulando sobre la cubierta de la mesa, toda una suerte de papelitos, recaditos, libros que, o estoy leyendo o voy consultando. A parte de todo esto están las boletas y las facturas, las cuentas por pagar, las cajas con las disquetas, los fajos de papel blanco o de roneo. Ni hablar de las tarjetas de visita de tipos que tengo que llamar, o los números de alguna muchacha, de la cual, bajo cualquier pretexto, he de olvidarme, por miedo, vergüenza, o simplemente por seguir creyendo que la mujer de mi vida habrá de llegar en el momento en que me encuentre menos desprevenido, y digo menos y no más, porque de alguna manera, a pesar de lo despistado y hosco, he de fijarme en su existencia, absolutamente tangencial y transitoria. Luego, con esa nueva amante, ignorada pero esperada, consultaré ese horóscopo cotidiano, que es esa especie de reconstrucción verbal que hago, de los conciertos visitados, de las exposiciones de fotografía que fuimos a ver justo el mismo día y casi a la misma hora, sin siquiera toparnos, y que confirmaremos gracias a un afán común de guardar por algún tiempo las entradas y los programas que nos reparten; o simplemente hablaremos de los pubs, teatros, cafés y boliches varios, visitados casi los mismos viernes. Así es como me doy cuenta que aquella mujer ha andado por ahí, casi rozándome, pero que el momento de gracia, por fuerza de la providencia o de alguna otra brujería o hechizo, ha llegado justo cuando de casualidad he dejado de mirar para ese "otro lado". Así, de la nada, puedo, tanto por un mes como por una cantidad enorme de años, terminar metido con una chica, sin haber tenido la más mínima intención. Así es la química de las esquinas o de las tasas de café, porque ni hablar de la que se esconde en los conchos de las copas de vino o en las cenizas de los cigarrillos de mariguana, que suelo terminar fumándome con desconocidos, por lo general tipos de pelos largos, que suelen estar hablando de libros que he leído o de asuntos de lo más “urgente para el bien de la humanidad y la sabiduría pública”.
En medio de una mudanza pierdo la orientación y la única brújula que evita el más absoluto de los naufragios, es la araña lenta de la intuición, ese olfato mental que nos dice, en esta cajita sí, en esta tal vez, para que de todas maneras, nunca tenga la menor idea, a donde han ido a parar todas esas alimañas de papel que me torturan diariamente desde mi propia mesa y que suelo llamar masoquismo intelectual. Lo lógico es empezar a abrir cajas y empezar a rehacer la vida de a poco, clavar los cables del computador, sin olvidarme donde enchufar cada uno, y tratar de abrir los ficheros en los que he estado sentado trabajando, para averiguar que esa semana empaquetada ha significado un retraso enorme en la cuenta del teléfono, la no he podido pagar porque la impresora ha estado guardada en una de las tantas cajas, amontonadas quien sabe donde. Esto, de cualquier modo, pertenece a ese primer grupo de problemas, menores digo yo, y que resuelvo con una llamadita de teléfono en que hipócritamente me disculpo mil veces, o bien, sin querer, si se han puesto un poco animales en el tono, los termino mandando al carajo, y todo gracias a que el tiempo en que la burocracia pública inicie el trámite para dejarme incomunicado, será siempre más largo que el tiempo en que me tome para desempacar todas las cosas.
Una mudanza llega despacio, inadvertidamente, por ejemplo justo cuando resulta que estoy escribiendo y suena el teléfono y que quién será tan tarde y es Milán, ahora mi nuevo vecino, pero que hace unos días no lo era: que ya habló con el dueño del edificio donde vive y que me puedo cambiar la próxima semana, aprieto el botón verde de mi celular que dice OK para terminar la llamada y me sorprendo ante una neurosis de caos inminente: cajas, las eternas cajas de cartón de toda mudanza. Estas son tentativas literarias fallidas, comenzadas, recomenzadas o simplemente dejadas de lado, casi por las mismas razones: llamadas urgentes de París, donde una voz ronca y secular me dice, soy yo, y es él, un tal Renato, que me vaya para allá inmediatamente, que hay una exposición de los ingenieros del renacimiento en La Villette y que el Chino viene de Lille y que la fiesta es el próximo sábado y etcétera, etcétera, etcétera. Este tipo de pausas son realmente devastadoras (al final llevan a un mismo resultado: volver a empezar un cuento o una carta, o un artículo). Hay sí, situaciones peores, como por ejemplo encontrarse escribiendo algo importante. No es la primera vez que un trabajo se ve repentinamente interrumpido. Puedo dedicarle tardes o madrugadas enteras, divagando con el teclado del ordenador, sin tener el más mínimo de los problemas, hasta que de pronto suena el celular y llaman del trabajo, salgo corriendo, por no se qué asunto de unos vecinos que han llamado a la policía, y que vente para acá nomás, porque el uniformado insiste, en que sea justamente yo el que le explique ese centenar de argumentos ridículos que de todas maneras no va a creer, ya que su objetivo es pasar una multa con la cual podrá anotarse puntos ante un jefe, que sentado detrás del escritorio lo va ha quedar mirando, seco, tosco, y al que al final le va a dar todo lo mismo, (porque él está ahí para cosas más importantes). Entonces vuelvo a casa, hastiado, subiendo los peldaños de dos en dos, verde de bronca, de haber tenido que conducir nuevamente la furgoneta y de no haber terminado lo que estaba escribiendo. Enciendo la radio, la UNO, y están tocando justo algo que no me acomoda, ya que no paso ese reggee de tambores, el dub, música que se queda en cuatro frases que no hacen más que hablar de paz y amor cuando medio planeta está allá a fuera poco menos que matándose, son los Hipnotix, los dejo porque los tambores tienen al final algo que ver con mi nuevo barrio.

Ya creía que nada me iba a detener, dado al devenir inspirativo que causaba en una buena idea, las miradas por la ventana desde el piso, que habito y debo abandonar, un lugar cuyas ventanas dan a un romántico patio de escuela, lleno de álamos y de enormes paredes color naranja, una verdadera inspiración de día, una vista de canalones y aleros de cobre enverdecidos por el tiempo, el óxido universal de los techos del barrio de Vrsovice: palomares y campanarios oxidados que en el cielo me recuerdan lugares imaginarios que inevitablemente se me iban escondiendo entre las letras del texto. Como si fuera poco, de noche todo desaparece ante la oscuridad de las calles, especialmente la de calle Madridská, donde la luna y una ampolleta soñolienta, cuya luz cae desde una farola, también oxidada, crean una escenografía instigadora y hacen del porshe de la parte posterior de una escuela un sitio solitario y místico; un verdadero baile de musas aún le da vida al decorado donde dos aves de yeso, con cola de pez se miran sosteniendo en los picos una argolla y en las garras un pan, lo que me hace pensar que aquella puerta trasera puede ser la entrada a la cocina de aquella gran escuela. Nunca vi a nadie salir, nunca nadie entró, durante mis largas noches, sentado detrás del brillo fluorescente de la pantalla, mi ventana me sacó del cansancio de mis ojos hacia ese pequeño rincón contemplado desde mi cuarto piso, (que aquí viene a ser el quinto, ya que el cero es en Praga algo a ser tomado en cuenta, como cortarse el pelo al cero, temperatura bajo cero o un empate cero a cero). Entonces resulta que, cuando la inspiración de un cuento se liga, extrañamente, a detalles, como aquella ventana, detalles que acurrucan y acarician, para que la mente vuele, en ese extraño fenómeno que es ir inventándose sueños y pesadillas, una mudanza puede ser fatal. No es posible encontrar después, una vez mudado, así como así, la inspiración perdida.

Clavé finalmente el último enchufe, el del mouse de mi PC que guía la letra justa que voy ahora escribiendo y que en cualquier caso para ti lector es esta simple lectura, el acto de leer, esto, mucho después, momento absolutamente inalcanzable e indefinible para mí. Esto que si bien, escrito ya mucho antes, ha cobrado su primera vida, tan sólo unos pocos minutos después de abrir la caja mágica, que me permitió por fin dar con los cablecitos; poder recobrar la identidad perdida dentro de esa nebulosa temporal, que es esa semana en que la existencia de uno no es más que cajas de cartón y paredes blanquecinas. Paredes que lentamente iré poblando de cuadros de amigos, de la foto de Rimbeau, sacada del internet, o de una postcard de la Violeta Parra. De ese centenar de recortes de diarios y tickets recortados de conciertos que han pasado, y que insisto en dejar clavados en algún rincón de la casa, como si fueran medallas. Como lo son también algunos restos de cerveza, al final de fiestas, como se le llama en Europa a cierto tipo de reuniones con amigos; medallas de fiestas que al menos duran toda la noche y que terminan sin que me de cuenta, porque me suelo quedar de pronto dormido en un sillón, para que alguién suela tener la bondad de tirarme mi propia chaqueta encima. Dándome cuenta a la mañana siguiente, que ya todo el mundo se ha marchado, dejándome papelitos con notas y saludos, y buenas nuevas y bendiciones, y los que no, me han de llamar durante el día y los otros: Iván Gutierrez o Eric Machuca, por ejemplo, los contrarios a todas estas posibilidades, me han de caer de visita de nuevo, ese mismo día, el siguiente, con alguna revista y una botella de Penfolds australiano o un Pinotage sudafricano, que estarán de chuparse los dedos, sobretodo porque confirmaré que los vinos chilenos ya no son los únicos del mundo...
Descubro por fin los restos de música que aún laten, encerrados en los recuerdos de esas entradas ya ultrajadas por los dedos de algún portero, porque ellos están siempre ahí, con su cara de matones, esperándome para hacerme añicos el boleto que tanto deseo guardar de recuerdo, para mandárselo de regalo a algún amigo, pata, cuate o yunta, según sea el confín del mundo. Un poco como si fuera un souvenir, bastante extraño, porque la reacción puede ser diferente, y la envidia del que lo recibe puede ser tan grande, que se comprará en ese otro rincón del mundo un ticket para un super concierto, al que me es imposible asistir porque esa banda no ha venido nunca y ni piensa venir, o simplemente porque a veces ando paveando o volando bajo y me pierdo conciertos, como me pasó con los Midnight Oil, con los Garvage o Paul Simon.

Justo de la caja de cartón que abro, mientras hablo por el celular y me pongo de acuerdo para el lunes, para encontrarme con el dueño, sale la tan buscada agenda, de la cual se asoma el boleto para el concierto de los Jethro Tull, que resulta ser justo el mismo lunes a las ocho de la noche y que no me pienso perder, por que simplemente resulta no ser una mera casualidad, que tenga casi todos sus discos, por supuesto, también aun empaquetados quizá en cuál de las cajas.

Es lunes, como de costumbre voy tarde. Mientras avanzo con la furgoneta lo veo parado en la puerta del edificio, hay en el cielo un sol terrible, cosa que él mismo confirma al levantar una botella de agua y dar un largo trago, le hago una seña, lo veo con la parte de arriba de su jardinera de jeans abierta y colgando como si a esa temperatura le diera exactamente lo mismo el aspecto desgarrado que trae. Encuentro un espacio para estacionarme entre dos basureros y un auto, lo saludo, que no lleva mucho rato esperando, me dice. Y yo que, qué hace así, tan abrigado, con el calor que hace. Que en la noche va no se para que parte. Intercambiamos unos comentarios sobre el clima y subimos. Entramos al departamento, él se pone a trabajar con unos cables, un tipo llega y se ponen a hablar, no encuentro mejor momento para armar una cómoda IKEA, que ese, en que ellos resuelven los asuntos en el pasillo. Miro la hora, le pregunto a que hora se desocupan, no me responde, y yo no vuelvo a preguntar. Nunca se sabe cuando una pregunta banal y simple puede causar malestar en un casero, más tratándose de alguien tan joven y ya tan adinerado. Cruzamos un par de frases, me pregunta por el concierto, a las ocho le contesto, me pregunta si vi el del Lucerna hace seis años. Que sí, que no me pierdo ninguno, y él que tampoco, me siento mejor, ya tenemos algo en común. Pero cuantas veces me sorprendí en la escuela al ver a algunos de los que consideraba adversarios, cantando las mismas canciones que yo gustaba de cantar, sorprendido de mi mismo ahora, ya que aún sigo escuchando a Silvio Rodriguez, a pesar de estar tan lejos del castrismo. Sigo armando la cómoda y dan las siete. De que me preocupo, si él también tiene las llaves, lógico, es el dueño. Esta vez no llegaré de los primeros. Atornillo unos tarugos a los cajones de madera, y por que no un poco de Sweet dream, de Living in the past antes del concierto, no más para recordar. O Bureé, aquella balada que entonábamos a comienzos de los ochenta. Nos juntábamos en casa de Silvia, la novia de un amigo, y solíamos salir a pasear por Pedro de Valdivia, nos íbamos por las calles entonando la letra que Sebastián, otro amigo, le había inventado a la canción de Anderson, jugábamos, saltábamos, embrujados por cigarrillos de mariguana o botellones de vino, luego volvíamos a la casa de Silvia, a donde llegaban sus primos y amigas. En aquel entonces yo había llegado de La Serena, una ciudad del norte, que se caracterizaba por casi desposeer de esos ambientes, espacios que inventábamos en Ñuñoa, que era la comuna donde casi todos vivían y donde quedaba nuestra facultad de pedagogía. En verano le cuidábamos la casa a la hermana de Sebastián, entonces nuestra base de operaciones se desplazaba, hacia La Cisterna, otra comuna de Santiago, más popular que la de los padres de Silvia. A cambio, durante esos meses de vacaciones, la casita de madera enterrada en medio de un patio de limoneros y de gatos flojos, gozaba de una paz enorme, no había ruidos y recibíamos visitas que se quedaban días, había ausencia de adultos, y grandes banquetes de arroz con salchichas y salsa de tomates. El marido de la hermana tenía una colección completa de Jethro, de Yes y de Rick Wakeman y para nosotros era eso y Silvio Rodriguez y Sui Generis y Los Blops y Los Jaivas y Vangelis y la Janis y Cat Stevens y Chic Corea y todos los pitillos de mariguana y todas las fiestas, y mis primeros llantos por una niña a la que miré de reojo en una fiesta, justo cuando de reojo ella me miraba, para venir a quedarse en mi vida casi cuatro años, hasta que el destino nos separara. La casa era un oasis en medio de calles polvorientas.
Con una copia pirata de Jethro Tull me desnudé, semanas más tarde, cuando aquella niña aceptó ser mi novia, por primera vez, en medio de una noche larguísima, en una casona vieja de calle Santa Rosa, donde arrendába una pieza. Allí seguían nuestros encuentros. Sesiones de meditación, versión valiente que teníamos para engañar a la dueña de aquella casa, una señora inmensa y mandona, que nos traumatizaba, al punto que llegamos a pensar que era la misma Santa Rosa, en persona, encarnada como una madre superiora para mantenernos a raya. Tratábamos durante el año estudiantil de repetir aquellas fiestas de conversaciones y música del verano, inventando la formula perfecta de cómo cambiar a la sociedad chilena, como hacer la revolución de las flores, expulsar a los militares del gobierno, disolver el estado, declarar la libertad absoluta de los jóvenes y vivir todos juntos, en comunidad, en alguna vieja casa, compartiendo nuestros dineros o lo que nos brindaran nuestros padres. Todas esas utopías llevaban una música de fondo: la flauta traversa de Anderson.
Fue un día de Mayo, del año 83, justo cuando el centro de Santiago se nubló de bombas lacrimógenas, que el flautista guardó sus notas y advertimos que nada de lo que queríamos para Chile era posible. Nosotros seguimos viviendo juntos, en un departamento que arrendamos meses más tarde, nuestras reuniones no cesaron, al menos hasta aquel día en que cada uno se fue yendo por una camino diferente. Los cassettes de los Jethro quedaron en poder de Sebastián. Él era quien nos había hecho soñar con mariposas y jardines, sus poemas eran para nosotros verdaderos manifiestos. Por aquel entonces empecé a escribir mis primeras letras y era justo que fuera él quien guardara ese tesoro que habíamos compartido tantas temporadas.

El propietario me golpea a la puerta. Estiro la mano con el control remoto para bajar el volumen de Heavy Horses, que ya me estoy yendo le digo, él me dice que también, intercambiamos unos saludos huérfanos de intención, cierro la puerta y me apuro en dejar una lámpara encendida y la radio puesta. Por si acaso, pienso. Al llegar al semáforo de la esquina me doy cuenta que el concierto es sólo a unas cuadras, en la Malá Sportovní Hala, pero ya voy tarde, son las ocho, estará tocando el grupo invitado. Para lo que me importa, me digo, voy por los Jethro. Llego al lugar, como era de esperar no encuentro lugar para parquearme, hasta lograr instalarme frente al estadio. Pero si es aquí mismo me digo, unas letras góticas en el boleto me advierten que si bien es allí, es en la sala pequeña. Dos muchachas vestidas de atletas salen de un fit center, les pregunto y me mandan hacía una portería, detrás de unos enormes ventanales. No hay ningún cartel, ninguna flecha que indique donde es el concierto, y si lo han pospuesto sin que me haya enterado, buenas tardes le digo a un portero, sentado detrás de una barra alta, el tipo bebe una cerveza en botella y resuelve un crucigrama, me quedo mirando su camisa, color verde oliva y de charreteras rojas, pero si es como los uniformes de la época comunista, pienso, levanta su cabeza, flojamente y a todas luces lo molesto, le sonrío, para sacarle una respuesta afable, no hay caso, levanta su mano y me indica la puerta diciéndome que copie el contorno del edificio hasta atrás y que allí es, me voy sin atreverme a preguntarle por los Jethro, de todas maneras a esas alturas me da lo mismo, lo único que quiero es no importunarlo, salgo y camino por el costado del estadio, dándome cuenta que allí mismo realizaron, muchos años atrás, su primer concierto en Praga. Aquella vez había un gran anuncio luminoso sobre el techo del estadio, como si anunciaran una final de hockey. Busco el anuncio, no hay nada, el gran patio que camino esta vacío. A lo lejos, donde termina la gran pared que me queda por recorrer, veo a unos tipos caminar parsimoniosamente, hay un silencio de fin de semana, pero es lunes. Llego a las boleterías del estadio, están cerradas, me temo lo peor, volver a casa y empezar a buscar la noticia en el diario, encender la radio y esperar que me informen sobre el lugar donde me han de regresar el dinero. Pero nada de eso pasa, hay un tumulto de vendedores ambulantes, cuyo centro es una camioneta que vende discos, escucho el Aqualung, paso directo hacia los encargados de aniquilar mi entrada, entro al estadio donde un mar de gente se aprieta sobre unos balcones, trato de buscar un lugar, mi lugar. La gran mayoría de los presentes son una fauna conocida, melenas largas y barbas a lo ZZ Top, chaquetas de mezclilla, morrales que caen de hombros cansados, algunas mujeres de aspecto demacrado, por los años y las drogas, me imagino, cincuentonas contemporáneas a Anderson, de esas que salían en los setenta a trampear en los bosques, partían con sus hijos y amigos a esconderse, viajaban hacia adentro, a ese espacio inalcanzable de la conciencia, donde era posible evitar ser el bocado de ese monstruo abominable y totalitario; en los bosques se encontraban, escuchando la música de Jethro Tull o de Velvet Underground, de Burdon o de Cannot Head, de los Santana o de los Plastic Peoples, con pócimas de Psylocibina o con flechazos de mariguana, con literatura copiada a mano o con una emisora portátil que les hiciera escuchar las transmisiones de la radio Europa Libre. Me siento incómodamente joven, voy mirando las caras, algunas me son familiares, como si hubiera algo que a todos, a cada uno de ellos los hermanara, la música que por décadas los hizo pertenecer al subversivo apelativo de inconformistas. Casi no veo el escenario, estoy tan lejos que casi no me doy cuenta cuando, ya una vez apagadas las luces, comienzan a moverse unas figuras en el podium, la horda de hippies postmodernos aplaude. Un tipo de ojos desorbitados y de una sonrisa cordial parece aletear a lo lejos, lleva una gorra negra en la cabeza, como la de Nicholson en Atrapado sin salida. Lleva en la mano una larga barra de metal plateado que brilla en la distancia, la varita mágica, me digo. El bardo comienza su función y una algazara de gritos y silbidos lo saluda. Es él, de pelo corto pantalón y polera, que más da, simple como una conclusión, sin disfraces ni atuendos, como si por fin dijese, aquí estoy, este soy yo después de treinta años. Aplaudo, voy tratando de acercarme lo más posible, una melodía conocida por todos nos hace saltar de entusiasmo, salto y me río, es Fatman y el rostro de otro amigo se muda en mi cabeza Zbynek Ryba, mi primer amigo checo se dibuja sobre las luces que van mimetizando las notas. Hay mudanzas que son radicales, como irse a vivir a un país lejano y extraño. En estos casos el hard disc desaparece, es como que a uno le hubieran robado todo, sobretodo el teclado, como que le hubieran dejado tan sólo la pantalla, para mirarlo todo. Volvemos a ser verdaderos niños, nos falta el idioma y estamos en un país donde no conocemos a nadie. Uno pasa de ser protagonista a ser espectador, y pueden pasar meses antes de que uno cruce un par de saludos con alguien. A comienzos de los noventa tuve un trabajo de vendedor callejero, consistía en pararme todos los días a venderle libros a los turistas alemanes que visitaban en aquel entonces Praga, como si los vericuetos, las callejuelas y los faldeos del castillo fueran los compartimientos del arca de Noé y ellos los animales ansiosos por salvarse del diluvio. Era tal la cantidad de abuelitos y abuelitas que compraban guías y librillos de fotografías que era difícil no hacer dinero. Yo llevaba ya unas temporadas en el país y mi condición de estudiante daba cuenta de un mínimo conocimiento del idioma. Tardé un par de años en darme cuenta que ser extranjero no era algo bueno y que muy poca gente sentía curiosidad, mucho menos afecto. Aquella plaza, la más hedonista de la ciudad, con su más heterogéneo abanico de construcciones, con su reloj monumental y sus cientos de rateros y cartereros, albergaba una zoología fantástica de naciones. Un anciano inglés, de hijos suecos, vendía anillos de plata y tabletas de hachis; un polaco, Arcadius, había llegado por un día al concierto de los Rolling para terminar quedándose, vendía flores de loto hechas de alambre y me abastecía de LSD, cuando una que otra acid-party en Donde los Desesperados, lo requiriera. Caricaturistas rusos. Joyeros de los Balcanes. Músicos peruanos. Todos compartíamos aquel espacio, que era una verdadera feria de pasiones y negocios quiméricos. En aquel entonces el banco de hoy era una fiambrería y la cristalería una tienda de telas y ropas. El anticuario de calle Zelezná era un quiosco de diarios y revistas y por las noches almacenábamos nuestros cachivaches en la mismísima alcaldía. Después de pagarle unas monedas al portero, que nos odiaba a todos, pero que sentía una verdadera adoración por las veinte coronas que cada uno de nosotros le entregaba cada tarde.
De todos los mercaderes que asfixiábamos la plaza, tan sólo uno parecía romper ese desorden de gritos y ofertas. Su mesa era diminuta, como las casitas de cerámica cocidas y esmaltadas, edificios pequeñitos que eran imitaciones de bancos, tabernas y librerías. Expuestos uno al lado del otro, delante de ese tipo silencioso, de pelos largos y de una gran barba. De su mirada lenoniana salían dos chispas que iban a dar al infinito. Casi no hablaba y se pasaba horas leyendo libros y envolviéndole casitas a los turistas. Al final del día guardaba sus artículos en una caja de plátanos y la iba a dejar a la alcaldía. Así todos los días sin cruzar una palabra con nadie. Hasta aquel día en que nos vimos hablando. Realmente nunca supe como nos pusimos a hablar. Si fue alguna necesidad mutua o el azar de esa plaza que entrecruzaba a sus habitantes. Su manera de hablar era culta y refinada, lo que me hizo darme cuenta de lo poco que sabía yo checo. Los primeros diálogos fueron quizá torpes y escurridizos. Simbólicos. Fueron la simple mención de Julio Cortázar y los Jethro Tull lo que nos hizo sospechar que éramos amigos hace tiempo, sin siquiera saberlo. Así fue como un día me invitó a su casa y conocí aquel mundo subterráneo de editores clandestinos, de vagabundos forestales, de fiestas silenciosas en hospodas olvidadas de la mano de Dios. Rituales secretos, practicados desde mucho antes de que volviera la democracia. Visité sótanos que habían sido talleres de teatro, biógrafos escondidos y teatros desobedientes. Por fin había salido de mi condición pasajera. Cada vez que nos encontrábamos, llenábamos nuestras pipas de hierba y nos dejábamos llevar por un tobogán musical, cuyo actor principal era Ian Anderson.

La gente pega un gran grito, el aire se llena de silbidos, es Polillas, una de los temas más lindos. Yo insisto en mirar a mi alrededor. ¿Busco en el horizonte de rostros a mi próxima mujer?. Una joven, de las pocas está sentada sobre una baranda de cemento. Trató de mirarla, esperando que me mire. ¿Será ella la muchacha que conoceré tiempo después y que me dirá que estuvo en este concierto? Reviso su rostro, es demasiado joven, la acompaña su padre y me doy cuenta de que Anderson canta para él. ¿Que sentiría mi hijo si viera a este bufón con su flauta? Cuando mi hijo asista a recitales, Anderson será polvo y memoria, yo seré un anciano pegado a mis recuerdos.
Aplaudo y salto gritando, por mi lado una culebra de gente entra y sale, como si tan solo quisieran estar, escuchar la música y flotar a la deriva de esos vasos de cervezas que van a buscar al quiosquito de la entrada. ¿Que pensará este músico, ya calvo y de voz cansada?, ¿Entenderá la euforia de estos viejos que insisten en aplaudirle?. Como si fueran veinte, treinta años menos. This not love… dice un estribillo y trato de acordarme del nombre del tema, un tumulto de cabezas se apelotonan delante de mí. Trato de acercarme a la baranda de cemento mientras Acres Wild hace resucitar a los de atrás, me apego a la pierna de una mujer, a caballo sobre la baranda. Comienza sospechosamente a moverse y a rozarme. La miro y es una gorda que me asusta. Con razón, me digo. Esta debe estar peor que yo. Me aparto y voy siguiendo los movimientos de la traversa, la música es la misma, pero la letra de Aqualung es esta vez un lamento afónico. Eric me había dicho ante un concierto de Burdon y los New animals que prefería que algunos se hubieran muerto. Y si la Janis Joplin viviera. ¿Cómo sonarían sus gritos majestuosos de entonces?.
El público parece darse cuenta, pero los aplausos no cesan. Levanto las manos, con más ánimo cuando de entre las luces sale Bureé. ¿Qué estará haciendo Sebastián Villablanca?. Estará entre esta horda de maniskas mi amigo Zbynek Ryba o habrá tomado la triste decisión de dejarlos. Un tipo detrás de mí se queja de que me le estoy acercando demasiado, me llama colega. Pero no es que estamos en un concierto, le replico, me vuelve a pedir que no lo toque. Te molestan los seres humanos, colega, que haces entre tanta gente, le digo. Se enfada. Son raros estos checos, están llenos de buenas intenciones, pero a la hora de.....
La culebra de gente con vasos de cerveza y bolsas de maní crece, cruzan por mi costado. Vuelven a sus paciencias. Que me quede quieto me dice un tipo más atrás, que mi cabeza no lo deja ver. Pero qué es esto, estos tipos se han vuelto locos o qué. Pienso en irme. A cada rato un ogro de pelos y aspecto hipesco se me para delante. Estoy tan lejos que tengo que empinarme para ver los juegos y piruetas de Anderson. Me canso, pero ya no importa, nuestro artista flota en el escenario. Sus caricias de Amelín embrujan a los ratones. A pesar del cansancio de sus brazos, vuelve una y otra vez a sacar de nuestras manos aplausos caudalosos. Su voz ya no es la misma y sé que es mi último concierto, de a poco se acaba la velada, dos gigantescos balones pasan del escenario a navegar por las cabezas de estos ancianos, sus rostros ya no son los mismos, las manos que impulsan los grandes globos son las de sus hijos, esas generaciones que le descubrimos después. Se encienden las luces y la masa humana empieza lentamente a transformarse en un dragón de gruesas cabezas que va saliendo. Una hidra borracha de recuerdos. Me paro en un quiosco y me tomo un refresco. Busco alguna cara conocida. Es mi último concierto. Con cierta nostalgia me despido. La pesada puerta de la memoria se encargará algún día de cuidar los recuerdos, cuando las preguntas de mi hijo me interroguen.
Algo se ha mudado para siempre, algo invisible, impalpable, imperecedero. Todo el romanticismo de los ideales no es hoy más que el juego pretérito que nos invoca a reunirnos, una y otra vez, para volver a vernos. Como si no nos bastara con el espejo cotidiano, cada mañana. Como si el cansancio y la comodidad fueran la rutina llamada a ser derrocada. Hay un Anderson en nosotros, los que nos atrevimos a perdonar su voz mudada y heroica, un flautista silbando, drogándonos de años.
Camino hacia la furgoneta, en el estacionamiento hay autos que han venido desde distintos rincones del país, así son los Jethro Tull. Llego a mi departamento, apuesto a una de las cajas, la abro, allí me esperan los discos, busco Catfish Rising, pongo Durmiendo con el Perro, apago las luces y me voy a acostar, mañana me esperan más cajas por desempacar y quizá escriba algo sobre Ian Anderson y sus treinta años de Jethro Tull.
Del primero al 14 de Junio, en el barrio de Bubenec ... Praga.

4. La Duda

Como todos los martes la 301 estaba a la mitad. Desde que la cátedra de historia había decretado lo de la asistencia libre, todo se había vuelto más relajado. Después de largos meses de huelga, era imposible saber el número exacto de inscritos en el seminario dedicado a la guerra en el mundo medieval. Las clases ya no incluían ni horas de ruso, ni de ateísmo científico. Había caído, definitivamente y para siempre, la dictadura comunista.
Aquella mañana, Pacheco, al mirar el aula, a lo largo y a lo ancho, tubo la impresión de que había más filas de bancas vacías que de ocupadas. Pensó que tranquilamente podía haberse quedado acostado en casa con ese resfrío que cargaba, leyendo o viendo algún programa de televisión. En general siempre sucedía que o las salas eran muy pequeñas y se colmaban con facilidad de los más repugnantes sudores y de perfumes baratos, o por el contrario, muy grandes, entonces la voz del profesor rebotaba en las paredes produciéndose un pequeño eco, que quizá nadie más que él notaba. Había que sentarse de los últimos para sentirlo. Como todos los martes se le repetían los rostros, como el de Patrik y Martín de Arqueología, más allá un muchacho de pelo largo con un pequeño moño que estudiaba Etnología, las muchachas de Pedagogía, que eran cuatro, siempre se sentaban juntas, una de ellas de pelo oscuro, casi negro era de origen húngaro. De vez en cuando se le aparecían caras nuevas. Rostros que surgían por primera vez en su retina. También podían haber ausencias como el caso de Milán que o se había quedado dormido o estaba por ahí atascado con algún profesor.
A fin de cuentas le era agradable, cada uno podía sentarse donde se le antojase sin la sensación de tener los párpados de un vecino sobre los apuntes. Le gustaba la holgura de los martes.
En el edificio central de la facultad estaba estrictamente prohibido fumar, pero siempre eran más las excepciones que las reglas y los ceniceros de pedestal inundaban los pasillos. Los casi veinte de esa mañana se habían acostumbrado a dividir la hora de clases en dos bloques, siendo el profesor el que tomaba la iniciativa llevándose la mano al bolsillo. Algunos cerraban los apuntes, asumiendo así un rol de pitonisos en medio de aquel oráculo habitual. Del bolsillo del profesor salían unos sparta, le echaba una mirada al reloj y como un referí anunciaba el descanso. Cerraba el cuaderno sobre su tribuna y lo cogía como si cogiera el balón de fútbol. Se llevaba el cigarrillo a la boca, y con ese pitazo imaginario comenzaba la ansiada pausa. Algunos la aprovechaban para desaparecer completamente, esto, generalmente, cuando el panorama se veía demasiado aburrido, otros asumían aquel ritual de señales de humo y esperaban a que el profesor iniciara el segundo tiempo. Puede decirse que en general los martes era un día de concordia para todos, salvo por los impertinentes, que decidían marcharse a mitad del segundo tiempo, desapareciendo fugitívamente, a vista y paciencia de todos, salvo del referí que ni se inmutaba.

Aquella mañana, para Pacheco, la conferencia empezó como de costumbre, unos minutos más tarde. Las cuatro muchachas de pedagogía, como siempre, se habían sentado ordenaditas, una al lado de la otra, justo en la cuarta fila. Dos filas delante había un muchacho rubio de campera clara, dos asientos a la derecha otro que dormitaba, dos filas atrás de ellas estaba Martín que no estaba sentado como de costumbre a un costado de Patrik. Esta vez estaba justo en diagonal a él, haciendo un eje imaginario con la puerta de entrada. Como siempre, Pacheco se fijó solo en algunos, los que conocía. El resto era una masa amorfa de rostros reconocidos en pasillos porfiados, donde por lo general las baldosas heladas invitaban a acogerse rápidamente a algún lugar donde hubiera calefacción, impidiendo así el ocio. Recordaba escuelas, donde parques de arboles gigantes rodeaban casitas que albergaban horas de clases, lugares donde la llegada de la primavera era una verdadera fiesta. Europa no era así.
Pacheco solía sentarse atrás, en el ala izquierda, junto a los grandes y parcos ventanales que daban a la Plaza de Jan Palach, el muchacho que se había incendiado a lo "bonzo" a fines de los sesenta, en protesta, después de la invasión rusa y contra la indiferencia nacional. Así, cuando sentía que se aburría, o el eco de la sala era demasiado intenso, escapaba por la ventana refugiándose en alguno de los recovecos del castillo, que se empinaba en el horizonte. El más extenso del mundo, había leído en el libro de Guinnes.
El primer tiempo no solía tener ni sobresaltos, ni sucesivas interrupciones, la masa de orejas seguía con cierto interés, aunque famélico, la llovizna de palabras que salían del púlpito. Al llegar el corte todos se aliviaban, nerviosos ante el reloj que marcaba un atraso de cinco minutos.
Aprovechó los espoleados minutos que quedaban para salir corriendo con un libro entre los dedos. Bajó dos pisos, saltando los gélidos escalones, de dos en dos, para devolver el libro en la biblioteca de Romanistika. Como era normal, vio irse a los que abandonaban la clase para no volver hasta la semana entrante. Ese era el caso de un tipo de pelo claro sentado detrás de él. Devolver el libro no le tomó más de 7 u 8 minutos, bajar las escalas, recorrer un par de pasillos, recibir el papelito, botarlo en algún basurero y subir nuevamente hasta la 301.
Ni le sobró ni le faltó tiempo. Entró justo cuando comenzaba el segundo tiempo, las galerías recuperaban a sus espectadores y el verde del campo de batalla se llenaba de comentarios dispersos escritos con tiza. Las anotaciones del profesor lucían cual elementos de un puzzle ausente sobre el gran pizarrón. Caminó raudo desde la puerta hasta el ala izquierda, como un zaguero dispuesto a recuperar su puesto de combate. Fue entonces cuando se percató. Lo vio tendido, inerte, en un aspecto de cerro mortuorio, estaba allí tendido junto a sus pies como reposando, desordenadamente lesionado, se veía extraño entre él y el pedestal de uno de los largos pupitres, como negándose a seguir ensuciando su cuerpo, sobre los maderones del piso. Sintió como si después de esa primera mirada de descubrimiento no quedara otra alternativa que recogerlo. Llevárselo nuevamente al bolsillo, de donde se le había caído en alguno de sus actos de descuido. Sin embargo seguía allí, lo miraba mientras el aula sucumbía en guerras medievales, en fronteras de territorios que ya no existían. Quiso recogerlo pero aquel aspecto usado le detuvo. No se atrevía, había algo misterioso en el que lo hacía dudar en medio de palabras que como humo de calderas inundaban el aire. Buscó en su memoria el minuto en que se había levantado y descuidadamente se le podía haber caído. No recordaba. Recordó, de golpe, el lugar donde lo había comprado e incluso el rostro aburrido e inútil de la vendedora. En Praga todas las vendedoras tienen rostros aburridos e inútiles. Era la primera vez que compraba, siempre los había recibido de regalo o cogido prestado. En aquel asalto que lo embestía de sorpresa no podía hacer traer a la memoria la apertura del cajón de la cómoda y el momento en que aquella mañana se lo había echado al bolsillo. Aquellas potenciales características de pertenencia hacían que lo observara con pasión y angustia. Cada segundo que pasaba tirado en los rústicos tablones de madera del piso sentía que se ensuciaba más y más. Pero era imposible que fuese justo el suyo. Trató de no mirarlo, de negarse a la humillación de dejarlo morir bajo la pisada casual de alguno de los que se escabullían de clase. Quiso retomar el hilo de las palabras lejanas que invocaban las barbaries de la toma de Constantinopla. Trató de perderse en los gestos torpes de la más obesa, que soplaba al oído de otra de pedagogía, quién sabe que pelambre. Pensó que, aunque de todos modos, no fuera el suyo, no había razón alguna para dejarlo olvidado en el suelo. Inyectado en la duda buscó razones para poder levantarlo de aquella intemperie. Bien podía pertenecer al muchacho rubio que se había retirado segundos después del comienzo del descanso. Recordó más de una vez haber visto el detalle de sus líneas entre las líneas de los dedos de algún transeúnte, que afanoso lo llevaba a su nariz. Podía pertenecer a cualquiera, sin embargo allí estaba, en medio de esa mañana gritándole desde el piso. Era una nueva mala pasada de la memoria, doncella cautiva de los apuros. Se le habían borrado de su cabeza pasajes del día anterior. Perfectamente inconsciente quizá lo había cogido y guardado en el bolsillo, en algún momento anterior que ahora se ocultaba como el segundo rostro de la luna. Mientras la muchacha de cabellos oscuro susurraba al oído de la gorda, desde el suelo, un batallón de líneas arrugadas descargaba... Una fusilería de arcabuces se dejó oír desde la pizarra... y misericordias - pensó mirando el piso. Los muros de Carihrad se caían a pedazos y de entre los humos negros y los chamuscados estandartes del gran visir nacía Estambul.
Había leído en Rayuela que Horacio Oliveira no podía permitir que un objeto que se le había caído permaneciera olvidado ya que le ocurriría una desgracia a alguien que amaba y cuyo nombre empezaba con la letra inicial del objeto en cuestión. Así como estaban las cosas, la audiencia cobraba rasgos tortuosos. Pensó en agacharse, por último, en un sentimiento de lástima o samaritarismo. Podía ser el suyo o no, que importaba en medio de esa duda que lo asaltaba. Se trataba de salvar una vida. Se vio obligado por lo menos a recogerlo, en un pequeño acto ritual, para depositarlo en la mesa vecina. Era como una mosca tratando de safarse aprisionada en sus propias alas. Finalmente lo cogió para depositarlo en el pupitre de adelante. Había por fin logrado cierta neutralidad, ya no habrían posibles pisadas, ni riesgos de infecciones. Ahora estaba allí como en su pasado de escaparate, esperando a los cientos de propietarios anónimos, hermanos inconscientes del mismo gusto, recobrando su aspecto de víctima. Pacheco recordó que el negocio estaba a unas cuadras, lo había comprado por tres coronas, y cualquiera de los otros presentes podía haberlo adquirido. Se imaginó tomándolo, revisándolo. Buscar alguna mugrecita nasal que lo llevara a alguna conclusión definitiva. Pero sintió asco. Ahí estaba casi intacto cuestionándolo, obligándolo a la observación. Había perdido completamente el curso de lo que se decía desde el estrado, tampoco le llegaban ya, ni los murmullos de las de pedagogía, ni el bostezo al despertar de uno que llevaba un largo rato durmiendo. Le imperaba a cogerlo, a guardarlo, en el bolsillo del chaquetón, para que al llegar a casa, con asombro, lo encontrara, repetido en el cajón de los calcetines, ignorando su reencarnación matutina. Pensó en lo terrible de pasearse todo un día con algo ajeno en los bolsillos. Aquel objeto tan íntimo le provocó nuevamente cierta náusea, lo embrujaba, torturándolo la idea de no saber, de no poder definir la frontera de su propia memoria. Pensó en la segunda alternativa, dejarlo irse como una moneda que al caer del bolsillo va a dar justo a una alcantarilla, dejarlo gritando su derecho de propiedad, o tal vez salir corriendo a buscar el negocio donde lo había adquirido, reclamar una copia eufórica y terminar aquel drama silencioso que se colaba entre castillos asaltados y destellos de espadas. Sin embargo ahí seguía, enfrente de él amenazándole, robándole la mirada como si en el medio de la caída de jinetes a todo galope saltara en aquel pedazo de tela la virtud de implorar tregua. Era como un golpe, la orfandad de sus ribetes.

Había sido quizá lo mejor, la calle estaba heladísima, probablemente unos diez grados bajo cero, arriba las guerras ocurrían como los torneos de fútbol durante los meses cálidos y la calefacción central de las aulas escondía el secreto de veranos escritos que anunciaban lecciones de historia. Tan sólo Martín se giró un poco cuando lo vio escapar raudo sin poder resistir los escasos minutos que quedaban para el pitazo final. Caminó por la nieve pisoteada por catarros y tercianas, hasta que un estornudo repentino lo hiciera reencontrarse con un bolsillo olvidado, el lugar común de los olvidos, las direcciones perdidas y el único pañuelo que había comprado en su vida. Sintió nostalgia, pensó en volver a la 301, pero ya era tarde, de seguro la limpieza de la sala había acabado con el espejismo que lo había visitado y si no era así, de seguro la brutalidad de la primera cruzada, a la conquista de Jerusalén.
***

Praga, 22 de noviembre de 1990

5. La historia sorda de París

Era viernes o sábado, ya no lo recuerdo. París era una vorágine de vehículos y carritos franceses, de autopistas y bólidos a punto de estrellarse. Como de costumbre me había perdido en Metz y me había demorado en llegar a la casa de la allée Jacques Cartier en el barrio de Choisy le Roi. Había manejado de noche la camioneta y a la altura de Sézanne había empezado a ver los árboles que bordean la nacional cuatro como inmensos gigantes que se abalanzaban sobre el camino, dispuestos a detener mi marcha. Hay un lugar del camino, que tampoco recuerdo bien, en donde la aparición de aquellos godzillas vegetales es tan repentina que uno puede llegar a asustarse. Frené tan violentamente que la camioneta alcanzó a chirriar las ruedas. Bajé el vidrio y dejé entrar un chiflón de aire fresco, en la radio el casette de los coros búlgaros del profesor Stefanov había llegado a la parte de silencio, el pedacito de cinta que me había sobrado. Saqué la cabeza. Parecía como si justo esa noche en Francia no hubiera nadie. Me di cuenta que casi me había matado y que la aparición repentina de esos gigantes oscuros -de un verde posible-, me habían salvado la vida.
Aquella ruta la hacía de manera frecuente, la noche antes de partir llamaba al Sordo por teléfono y lo inquiría. Lo advertía de mi llegada, lo ponía al tanto de las botellas de absenta y de los botellones de cerveza que le había comprado. Era un ritual sorpresivo el anunciarnos las llegadas y los obsequios. Como si fuésemos faraones acompañados por un séquito de carruajes y esclavos, con baúles cargados de regalos y esos detalles etílicos de nuestros respectivos países. De los regalos que nos hacíamos, los más preciados eran las baratijas antiguas, ambos las buscábamos en bazares y ferias. Según los gustos del otro las comprabamos y llegábamos a instalarlos por unos días en nuestros respectivos hogares antes de emprender viaje. Gigantescos relojes de arena, placas con nombres de calles, lámparas de carburo, teléfonos públicos desechados, bomboneras y cafeteras.
Si tenía un poco de suerte, a la mañana siguiente, a mi llegada, el Sordo estaría durmiendo en casa. Lo despertaría tocando largamente el timbre de su puerta, o bien, golpeándo algún lugar de la pared del pasillo, a la altura de donde sospecharía estaría su cabeza. Luego, ante la espera inútil, sacaría la llave de su departamento de mi bolsillo y entraría descaradamente. Lo despertaría. Beberíamos unas tazas de café colombiano y sin ningún reparo en el horario fumaríamos unos cigarrillos de hachís que para el Sordo era más importante que el mismísimo pan, el cual, de haberlo, sería una baguette durísima y media verde en una bolsa de género detrás de la puerta de la cocina. A pesar de todo esto prefería llamarlo por teléfono. A pesar de que ambos tuviéramos en el manojo de llaves del auto un juego de llaves de la casa del otro. Era un acuerdo tácito que solíamos respetar. Una medida de escape, una fuga de bolsillo. No nos fuera a pasar que por llegar de improviso encontráramos al otro en una de esas exquisitas escenas sexuales, dignas de ser imitadas de los videos que el Sordo tenía grabados y seriamente ordenados debajo de su cama. Cuando alguno de los dos se veía en la imperiosa necesidad de largarse repentinamente existía la alternativa de hacernos una visita de emergencia. La llave de nuestros departamentos colgaba en el llavero del auto del otro y era una suerte de símbolo. Como aquellas vitrinas diminutas que venden en las ferias o casas de bromas que esconden un único cigarrillo tras un cristal con una lacónica advertencia: En caso de emergencia. Lo mismo las había con preservativos y jeringas. Así era la llave que colgaba del llavero del auto. Pero aun así nos llamábamos, más que nada para evitarnos el papelón de tener que despedir pronto a alguna hembrita que estuviera pasando la noche o bien que tocara la casualidad que nuestras casas estuvieran llenas de familiares repentinos o amigos peleados con sus esposas o incluso que no pasara ni lo uno ni lo otro y que simplemente anduviéramos viajando y que visitarnos significara llegar a la casa vacía sin tener la rutina de esas conversaciones en que nos contábamos todo lo que nos había sucedido desde la última vez en que nos habíamos visto. Si tenía mala suerte el Sordo tendría turno en el reformativo donde trabajaba y saldría recién de el al día siguiente. Así yo llegaría por ejemplo a preparar el café que nos tomaríamos. Él, apurado, me indicaría en cual de los cajoncillos de un bargueño antiguo guardaba una barrita de chit y se largaría a reformatorio dándome los mismos cuatro besos que me habría dado al llegar. El Sordo era un exagerado y con más aspavientos que un molino gesticularía su retirada. Lo vería cerrar la puerta y descender por el mismo ascensor de acero, fétido de orines y del grajo de los habitantes de aquel bloque de la calle Cartier. De ese barrio pobre, de emigrantes, de dealers de hachís y por sobre todo de cesantes.
Con el Sordo nos habíamos conocido en Praga durante su primer viaje a la ciudad bohemia. Visitaba el país con un auto cargado de comida y enseres, asustado de la posible escasez en la Europa oriental. Cuando me mostró el gran saco de papas que portaba en la cajuela de un Ford Escort negro, nos causó tanta risa que desde entonces cada vez que emprendíamos un viaje no olvidábamos recordar la anécdota de las papas. La primera vez que lo visité, después de varios viajes que el Sordo hizo a Praga, llegué de noche. Al entrar a la plazoleta del barrio unos muchachos árabes me detuvieron, yo no hablaba muy bien francés. Podía entender una que otra frasecita bien pronunciada con amabilidad y decoro, pero saber lo que cuatro jóvenes bien drogados y con malas pulgas trababan de explicarme no me pareció una tarea lingüística fácil, y menos a las nueve de la noche, hora en que la gendarmería local prefería guardarse. Je suis ami de Renató, les dije con un evidente tono de apremio. Los rostros de los habibi se transformaron de inmediato, como si mencionar el nombre del Sordo fuera la llave que abre todas las puertas del barrio. Un ami de Renató Arias, voilá –dijeron y me comenzaron a abrazar y preguntar mi nombre. Uno de ellos me ofreció la primera pitada del pito que acababa de hacer y que yo no me había atrevido ni a mirar. Otro cogió mi mochila y se fue caminando adelante mientras el cabecilla de aquella caterva de vigilantes del barrio me trataba de explicar que se llamaba Rachid y que me llevaría hasta la puerta del departamento de mi amigo el Sordo. Sentí una extraña sensación de importancia, de estar esa noche no en uno de los suburbios de la gran ciudad luz sino que en un desierto marroquí, en manos de los hombres de algún caudillo local que me llevaban hasta el escondite o la fortaleza de su amo. Tocaron el timbre en el décimo piso y cuando nadie abrió golpearon en la puerta de enfrente. Abrió una gran señora negra, una mujer sonriente y gorda vestida con un traje de colores fuertes y de hermosos detalles florales. De la misma tela tenía enredado un turbante que llevaba en la cabeza, llevaba un control remoto en la mano y cuando vio a Rachid pegó un grito hacía atrás llamando a Jean Mari. Le Clé, -gritó. Un negrito más pequeño que ella salió de una de las piezas. Venía con un porro en la boca. Ca vait Rachid? –le dijo mientras buscaba una llave del llavero. Abrió la puerta de la casa de mi amigo, el cual salía justo en ese instante de la ducha envuelto en una descolorida bata de toalla toda deshilachada. Todos de saludaron como si se acabaran de ver unos minutos antes. El Sordo me vio y se largó a reír estruendosamente, me saludó de besos y abrazos para luego sentarme en un gran sillón de cuero negro que sería por una semana mi nueva cama. Los amigos se evaporaron como fantasmas.

Hacía varios meses que no volvía a París y no realizaba aquel periplo nocturno que preparaba como si fuera una simple jugarreta. La preparación era una verdadera misa sagrada, la del viajero solitario. Cocía huevos duros. Embadurnaba panes con mantequilla y cecina. Envasaba en un termo de metal gris un litro de café. Compraba chocolates y manzanas. Elegía un box de casettes y me largaba a aquel viaje. Esa noche de jueves o de viernes me di cuenta que había perdido mi antigua forma. Era capaz de sentarme al volante y conducir desde mi casa hasta París, prácticamente sin detenerme. Esa noche ya al cruzar Verdún los ojos se me pegaban y no tenía ya otra alternativa que tenderme un rato al borde del camino. Me pasaba pocas veces porque me gustaba conducir largas horas e irme pensando en silencio a cualquier parte, en realidad, esto de "a cualquier parte" eran en el fondo tan sólo esos viajes a París.

Había detenido el auto y dormitado, luego despertado mucho más tarde, aún de noche, para darme cuenta que en vez de la acostumbrada media hora me había dormido al menos unas dos. Las madrugadas francesas tienen algo indefinible. Las casas respiran sueño. Sus ventanas se desbarajustan y sus portones se vuelven somnolientos. Así por largas horas, hasta el día siguiente, en que el mundo comienza de nuevo y la gente espera ansiosa que en los cientos de pueblos comiencen las boulangeries a vender las baguettes y los croissantes. En esos pueblos la gente se mueve como si todos los días fuera sábado.

A las alturas de Chalons busque la cabina telefónica que solía usar para llamar al Sordo. Solía avisarle que ya estaba por llegar. Mis viajes automovilísticos a la ciudad de las luces pasaron a ser planes perfectos: cocaví, música, números de teléfonos, mapas de París y sus alrededores, una brújula, una lamparita que instalaba en el encendedor del auto; sendas preparaciones y meticulosas medidas para enfrentarme a la llegada a París. Lo más temprano posible, para así no tener que toparme ni con el monstruo motorizado que se despertaba a trabajar cada mañana, ni menos con el cadáver, también motorizado, de la noche anterior que se disponía a dormir sus alcoholes y drogas. Me había tocado ver autos culebrearse, tipos fumando y bebiendo en los carritos franceses algunas madrugadas. Las primeras veces, escaso de experiencia y principalmente de mapas, tardaba horas en orientarme, en encontrar los benditos avisos iluminados en las esquinas que, con un poco de suerte, suelen exhibir un plano del sector con el dichoso y salvador "Vous étés ici".

Llegaba a París por el este y buscaba la manera de antes de entrar ir rodeando la urbe hacia el sur, que era el sector de París extramuros a donde habitaba el Sordo, el barrio de Choisy le Roi, cuya principal atracción era un Palacio Real que los "Luíces" tenían como sede de descanso veraniego entre el bosque de Vincennes y Versailles; otra gracia del sector era el Kremlin, como le llamaban al ayuntamiento, gobernado por decenas de años por los comunistas franceses.

Había aprendido a conducirme en París, a gobernar la gran circunvalación que divide París de lo que nunca lo ha sido y, sin embargo, lo asume. Todo ese enjambre de barrios que queda más allá de sus puertas de acceso. Si me extraviaba inevitablemente iba a dar a aquella circunvalación. Así entonces no tenía otra alternativa que buscar la Port d´ Italie o el Quoi de Ivry para irme bordeando el Senna hasta la casa del Sordo.

Aquella mañana de viernes o sábado llegué por la ruta que había aprendido del Sordo. Me había empalmado a la autopista que une Lille con París y me había bajado de ella justo en el barrio de Ivry, para luego entrar como siempre al de Choisy mirando la estatua del creador de la Marseillais. Llegué tarde pero aún de mañana, estaba agotadísimo, abrí la puerta con mis llaves, sin tocar el timbre y sin golpearle la cabeza en la pared. Me dirigí a la pieza del Sordo. Su cama estaba desordenada. Escuché el chapoteo y verdadero escándalo de su ducha. Me fui hacía el baño pisando volutas de polvo y pelusas. La limpieza no era una de las características de mi amigo. Por lo demás aquel departamento tenía tantas cosas que llamarlo bazar hubiera sido poco. El Sordo tenía un solo enemigo declarado: las aspiradoras. Como era de imaginar le hacía honor a su apodo y se enteró de que yo estaba parado mirándolo como se jabonaba el prepucio recién en el momento cuando dejó caer un chorro de agua y se sacó el shampoo de su cabeza. Se largó a reír y después de secarse y envolverse en su tradicional bata de toalla deshilachada y de calzarse unas chancletas plásticas Nike de dudosa procedencia -aún más desarmadas que su bata-, se aventó sobre mí a darme los tradicionales cuatro besos de París. Abrió un cajón de uno de los secretarios y sacó un "pétard" que decía haber preparado la noche anterior. Luego hicimos café y se fue apuradamente a trabajar deseándome que la pasara super, anunciando que nos veríamos a la mañana siguiente, cuando terminase su turno de educador. ¿En qué estás ahora? -alcancé a preguntarle. Siete pendejitos de 8 años; dos de ellos con SIDA, otros tres asaltaron con su hermano mayor una carnicería y los otros le pegaron al maestro de su escuela. "Merd" -dije. Que te vaya bien. "A tout l´ heur", y cerró la puerta vestido y pasado a perfume como si fuera a reunirse con el mismísimo ministro de salud.

Instalé mis cosas y me preparé un desayuno. Estaba con suerte, en el refrigerador habían unos huevos frescos y un poco de camember. Con el jamón me fue peor, tenía un aspecto de lonjas de charqui que lo hacía del todo repudiable. Había un lado bueno en que el Sordo no estuviera en casa. No fumaría tanto y podría tenderme en su cama en vez de utilizar el sillón de cuero negro que tenía unos resortes demasiado gastados que hacían de mis visitas una verdadera tortura. Tomé una ducha y me cambié de ropa, decidí que esperaría al Sordo hasta el día siguiente. Era curioso, solía visitar París unas cinco veces al año y, sin embargo, nunca había entrado al Louvre. Jamás me había paseado por Montmartre. No había visitado Per Lachasse y no me había aventurado a subir hasta la cima del Sacreu Couer. La torre Eiffel la había visto desde la ventana del auto del Sordo. Pero, sin embargo, a Versailles había entrado cinco veces. En su defecto conocía la calle y el barrio de mi amigo, el gran hipermercado Le Clerck donde hacía mis compras de productos franceses: unas botellas de Bordeaux, unas barras de mantequilla de Bretaña y algún buen salchichón. Sabía incluso el camino exacto como llegar a la Port de Choisy y meterme en el barrio chino a comer los mejores sanguches asiaticos del mundo.

Me instalé en la cama del Sordo y trajiné sus videos, ahí estaban los mismos de siempre. Los únicos que cambiaban eran los que estaban bajo la cama. Tenían nombres como las "Cinco terribles" o "Rescate en la Isla del sexo". En esas cintas las mujeres, las francesitas más calientes del mundo, se quejaban y gritaban en francés, lo que inexplicablemente hacía todo más existante. Era inevitable me iba al baño, traía un rollo de papel y me baja los pantalones hasta las rodillas para hacerme una paja pensando en que nunca había tirado con una francesa y que en su defecto me iba a correr una excelente paja mirando a unas hembras terribles de calientes que hacían cosas que hasta ahora yo no había visto en ninguna otra porno.

Aquel viernes o sábado no fue la excepción, me hice una de antología y luego con un sentimiento entre de placer y culpa me tendí a ver Black Runner. Creo que por quinta vez, pensando en que aprendería un poco de francés viendo televisión, y que si salía a alguna parte habría algo esa noche en mí que me haría ser el animal más pasivo de todo aquel zoológico parisino. Así nunca vas a cojer cabrón, -me dije. La otra alternativa era que volviera a poner el video y me hiciera otra paja, lo que pareció lo más interesante. Estás mal, -me dije-, a punta de pajas no vas a conseguir nada. Volví a poner el video, lo adelanté un poco para buscar otro episodio y volví a masturbarme. Estaba absolutamente exhausto y la sensación de idiotez y culpa después fue mucho mayor. Creo que dormí unas cinco horas, luego salí a comprar unas cervezas belgas y volví. Pensé en llamar al Marino, otro de los habitantes de las afueras de París. El Marino trabajaba de taxista y tenía una perfecta visión de lo que estaba sucediendo en todas partes. Se entretenía haciéndole preguntas e induciendo conversaciones caóticas a los pasajeros que luego de subirse al flamante mercedes color crema, sentían que se habían subido a algún tipo de tío vivo o de máquina lava-conciencias, ya que la gran gracia del Marino era ser un mago de la lengua, un psicólogo frustrado. Es decir, el mejor contador de historias imposibles, que por lo demás rara vez le pertenecían ya que su fuente de inspiración era justamente el Sordo, o un tal Negro Antonio, personaje que llevaba veinte años en París, sin papeles y sin trabajarle un centavo a nadie. El tal Negro Antonio decían era el mejor barman del mundo, pero con una independencia máxima de tres horas ya que tenía la honrosa costumbre de personalmente probar todos los tragos que iban saliendo de su coctelera que guardaba junto a una extraña colección de instrumentos de acero en una diminuta maletita de terciopelo verde. El Marino solía bromear diciendo que en el fondo todos esos cachivaches no eran más que un equipo especial que tenía el Negro Antonio para hacer abortos de urgencia. El Negro Antonio era el alma de todas las fiestas hasta el minuto en que se emborrachaba y terminaba bailando en calzoncillos camisa y corbata y luciendo sus impecables zapatos lustrados que siempre brillaban como si fueran de charol. El Negro gozaba de gran prestigio entre los amigos que visitaban el departamento de Choisy le Roi. Había logrado en menos de un mes enamorar a la segunda modelo más conocida de Francia. Gracias a su desplante y una berga de treinta centímetros que el Marino decía le habían contado pero que nadie de ellos había tenido la oportunidad de ver. La diosa gala se había enamorado de él. Le había pasado no sólo las llaves de un departamento de ciento ochenta metros cuadrados en pleno Montparnasse, si no que además había puesto a su disposición el pequeño Renault clio que ella ya no solía usar y que había recibido como regalo -el Marino no sé acordaba- de un laboratorio de cosméticos. Pero el Marino, cada vez que contaba a sus pasajeros los detalles de esta, según él, la mejor aventura del Negro Antonio, llegaba hasta la descabellada acción de parar el Mercedes, su taxi. Abría la ventanilla que lo separaba del cliente y relataba los últimos detalles de como la diva había regresado una noche inesperada y había sorprendido a su galán latino con dos horrendas putas que no solo habían bebido y comido en su casa si no que se habían incluso hasta vestido sus prendas más íntimas. Los pasajeros, que encandilados con los relatos del Marino, no escatimaban en la cuenta durante sus diálogos y en contar sus propias aventuras que el Marino se encarga de ir grabando meticulosamente, sin sospechar que el taxímetro estuviera corriendo y que en realidad ese asiento trasero fuera cualquier cosa menos un taxi, ya que el Marino se había dispuesto a aquello que el Sordo le había explicado en una oportunidad: aplicar la ley de optimización de recursos. Lo que él entendió entonces era hacer de su taxi un modo de escape para el apurado transeúnte y así ganarse cifras extratosféricas de francos sin demasiado esfuerzo. El Marino tenía la gran virtud de vivir la vida de acuerdo al principio de jamás volverse esclavo, trabajaba dos días a la semana; los sábados y domingos. No eran muchos sus pasajeros, pero la cantidad de vueltas que ellos mismos le pedían que diera mientras él les hablaba bastaban para que cada tarde regresara a su casa con los bolsillos repletos de dinero.

El mismo Marino nos había confesado que en un principio había visto con sorpresa lo que era el don de la palabra, pero que con el tiempo había empezado a sentir que en aquella ciudad la gente andaba sola, profundamente sola y que cualquier contacto humano que los separara del ridículo y acelerado ritmo de vida era para ellos una esperanza. El Marino se había convertido en un extraño héroe de la noche parisina. Los clientes que tuvieron la improbable suerte de subir en una segunda oportunidad, al verlo en su taxi habían enloquecido de risa y preferido bajarse de inmediato, o bien. Otros habían quedado como amigos eternos que solían llamar a su celular, no para dejarse transportar cuando debían acudir urgentes a alguna reunión de negocios o algo parecido, si no cuando planeaban darle una sorpresa a algún conocido que anduviese de mal ánimo.

Marqué esa mañana el número del Marino, con la esperanza de encontrarlo y proponerle que nos juntáramos en la vieja gare de la Porte de Bagnolet. Allí había un barcito donde se congregaba un grupo alegre de gente e incluso se bailaba salsa los domingos. El Marino se alegró de saber que yo estaba de regreso en París. Sin embargo, me advirtió que justo se encontraba en la séptima vuelta por la circunvalación que rodea París hablando de un viaje por las costas griegas y que la señora de abrigo de zorra que llevaba detrás era una vieja cliente de él. Una de esas millonarias empedernidas que en vez de salir en su auto a recoger a algún joven putito para que se las cogiera, solía innovar saliendo a pasear en algún taxi hasta llegar a sugerirles al mismo chofer que le procurasen un servicio especial por un fajo de francos que sacaría de sus ligas. Similar al que el Marino había rechazado la primera vez porque él, en aquel entonces -cuando la madam había hecho parar su Mercedes por primera vez- aun estaba casado con la Carmencita. Y él no le iba a ser infiel así no más. El Marino me invitó a que nos encontráramos el domingo por la noche en al vieja estación de trenes que hacía las veces de bar en la Rue de Bagnolet.

Anochecía sobre Choisy. Por encima del edificio veía descender los aviones que aterrizarían unos minutos más tardes en Orly. A lo lejos se veía un universo de estrellitas diminutas. Miles de calles iluminadas, en barrios anónimos. Cientos de mesas en bares y cafés. Millones de expresos y de capuchinos, de copitas de demi, de vasitos con Perrier. Barras con tipos aburridos, con mujeres sonrientes, lugares con baños minúsculos en subterráneos fetidos, moros ofreciendo chocolate en las esquinas y todos los gritos de la noche parisina, una noche abrupta que ni siquiera era París. Me causaba una increíble sensación de soledad mirar por la ventana de aquel noveno o décimo piso, ya ni lo recuerdo bien. Buscaba entender esa maraña de nueve millones de gente. Sentía lo barrial como un destino y miraba a la gente circular por la avenida y vivir sus vidas con una extraña sensación de estar conforme. Yo venía a París. Todos creían que París era Saint Michel, Notre Dame y todas esas estupideces de sentarse a beber café en los bulevares. Yo venía a deambular por las calles en que Horacio Oliveira había conocido, amado y despreciado a su Maga. Visitaba aquellos espacios y no descubría casi nada, porque esa ciudad era un secreto, o miles, o todos los secretos de todas las personas, de todos esos destinos que no entendían nada de lo que era vivir en París, porque justamente no era nada del otro mundo vivir en París. Visitaba los barrios de pintores. Me paseaba por calles con atelieres e imaginaba que en ese momento la estrella máxima del arte de algún país hermoso y pobre cogía con alguna francesa borracha o tiraba con alguno de su propio sexo o comía baguetes con mantequilla y jamón planchado como solía hacer yo mismo durante cada viaje. Entonces me daba cuenta que no importaba si era París o cualquier otro lugar del mundo. Que aquella masa de gente respirando estaba ahí. Que ese organismo de lucecitas infinitas estaba allí y que a lo más sabían de su propio cansancio, de su propio tedio y apuro que era el mismo de todos los seres humanos de todos los rincones del mundo. Sentía esa profunda inapetencia y a la vez el candor de ese espíritu que hacía a esa ciudad concentrar millones de situaciones que daban cada día como resultado cientos de alternativas, miles de calles, miles de conversaciones posibles, de polvos, de cines, de paseos. Yo venía y seguía viniendo, a ver al Sordo, al Marino, a todos esos vagos amigos que trabajaban lo justo y vivían en abundancia. Sentía algo en esa universalidad, en esa diversidad, en la Babilonia misma. Así mismo me gustaba irme, salir de ella, volver a las dimensiones de donde yo venía, a los lugares donde encontrar a los conocidos no significaba necesariamente esperar tan sólo en la esquina de tu calle. Lugares a escala humana, porque París era cualquier cosa menos un lugar a escala humana.

Estaba viendo en la televisión un programa de animales cuando sonó el teléfono. Cuando sonaba el teléfono de la casa del Sordo parecía que se derrumbaba algo. Un montón de alarmas, timbres y campanas empezaban a sonar cada vez que alguien llamaba a la casa del Sordo. Se trataba de que mi amigo sordo se enterara del llamado. Entonces su vecino, el negrito de Benín, bien dotado de aptitudes para la electricidad, se había encargado de inventar un sistema para que el Sordo fuera menos sordo. El resultado era ese infarto de bocinas. Dejé que el escándalo de ruidos y chirridos concluyera y escuché la grabación que recibía a los frustrados telefoneantes: "Je ne peux pas parler pour le moment. Lesse votre message aprés le vip sonore. Merci". Yo le miraba los ojos a unos mapaches de no sé que parte del mundo, cuando escuché la voz de Camilo en el teléfono. Hola Sordito, mira te llamaba para invitarte,... estamos con unos amigos muy cerca de Choisy... y estamos bebiendo y comiendo y celebrando y hay un montón de gente muy...

Camilo, le dije, levantando el teléfono e interrumpiéndole su discurso semietílico. A ti si que está difícil verte, eh, dime donde es la cosa, el Sordo no está pero yo sí.
Camilo era guatemalteco y había llegado a Francia desde hacía una eternidad. Había salido de la guerra guatemalteca y llegado a París donde terminó quedándose. Vivía en Montreuil y no tenía teléfono. Es por eso que ubicarlo era casi imposible. A veces, cuando andábamos con un afán de samaritanos nos aventurábamos hasta su casa, que era un lugar extraño en la Rue des massiers. Al llegar nos recibía una empalizada baja, como de casa de pueblo, con la pintura deslavada y una floresta de árboles y plantas que no dejaban ver ni la casa ni el estrecho y pequeño sendero. Uno entraba como en un bosque. Después de unos metros aparecía una casa antigua y con aspecto de estar a punto de caerse. Era una casa alta y delgada, con las paredes descascaradas y con alguna persiana con las mariposas desvencijadas de ventanas de donde solía salir música. Camilo era un romántico empedernido, tenía la hermosa costumbre de enamorarse y de sufrir. Cuando Camilo había tomado la decisión de llorar por alguien no había quien lo sacara de esa y su radio transmitía los boleros más tristes, que por lo demás solía cantar y saberse de memoria. Hubo días en que nos quedamos viendo la luz de su cuarto desde la puerta y se nos pudo haber gastado el dedo de tanto tocar el timbre de su casa y no logramos que nos abriera. Camilo quería mucho al Sordo, pero cuando se trataba de sufrir, él prefería picar sus cebollas sólo. Este hijo de la chingada lo único que hace es burlarse, -me decía. Yo sabía como era el Sordo, era imposible empezar a contarle alguna pena porque su respuesta era siempre la más monumental de las carcajadas. El Sordo no era más que un solitario empedernido que tenía extrañas pasiones, entre ellas cojer, fumar cigarrillos de hachis y encontrar al hijo de puta, al amigo infiltrado que lo había reclutado a un movimiento armado en los años setenta en Chile y que lo había denunciado después del golpe militar. Resultado: dos años en un campo de concentración, mucha electricidad en el cuerpo y la sordera que le habían dejado de recuerdo para siempre. Yo a veces lo miraba y me preguntaba en qué momento este loco de mierda se salvo de la desquicia, en qué momento aceptó que todo le valiera madre y que la vida iba a seguir de todos modos, con él o sin él, y que era mejor estar de este lado, del lado de los que querían seguir vivos o con la cabeza sana, o casi. Yo pensaba en aquellas historias que a ratos le daba por contar y que lo hacían llorar -porque el Sordo también lloraba-, para que luego en el momento menos esperado soltara una escandalosa sonrisa y lo dejara a uno completamente descolocado. Pensaba en su trabajo de educator, en los kilos de hachis que consumía anualmente, en los personajes que se paseaban por su casa y llegaba a la conclusión de que iba ser imposible contarle acerca de mis paseitos de la mano o de poemas de amor; llegaba a la conclusión de que él estaba sólo y quería estarlo y que para él las mujeres eran un orificio entre las piernas y nada más.

Camilo conoció al Sordo una navidad, que el mismo Camilo tenía medio olvidada, a pesar de acordarse de los ridículos detalles. El Sordo había recibido un llamado del Marino para contarle que estaban necesitando a un tipo para que hiciera un reemplazo en un supermercado. Era una labor fácil. Se trataba de manejar un camión que había que traer todas las mañanas entre navidad -Noel le llaman en Francia- y año nuevo. El Sordo estaba recién llegado a Francia. Acababa de salir de una de las mazmorras de Pinochet gracias a una francesita revolucionaria que había decidido casarse con un desconocido a la distancia para que la Cruz Roja lo pudiera ayudar. Había tomado un curso de conducir y había sacado su carné de camionero sin haber conocido en su vida más que el diminuto trailer de la instrucción. Según el Camilo el trabajo no era difícil. Se trataba de llevar un contenedor 20 desde una avícola hasta un supermercado. Luego parquearlo y esperar que los ayudantes lo vaciaran para luego regresar al día siguiente. El único detalle era quizá que la carga era algo así como un millón de huevos frescos. Detalle que sería -al final- efectivamente importante ya que el primer día en que el Sordo llegó al supermercado tuvo la mala suerte de retroceder tan mal hacia la rampa de descargue, que aparte de chocar de espaldas con una de las columnas de acero y dañar el camión logro hacer la omellete más grande que nadie recuerde haber visto en París. La que le tocó justamente al Camilo limpiar ya que justamente era él el que trabajaba en el departamento de limpieza. Así se habían conocido.

La fiesta quedaba en uno de los barrios contiguos a Choisy y no fue difícil dar con ella. Mientras conducía buscando la calle me acordaba de la anécdota del camión con huevos y de aquella otra terrible. Estábamos veraneando en la costa croata con el Sordo y unas tipas eslavas de lo más simpáticas y borrachas. Era la época entre guerras. Ya no recuerdo entre cuales de todas las guerras balcánicas. Lo cierto es que por donde íbamos encontrábamos casas destruidas, calles bombardeadas. Paseábamos por la plaza de Zahreb cuando a una de las muchachas que hablaba el croata se le ocurrió comprar uno de los matutinos. Acababan de abrir para asuntos de la Cruz Roja el camino que iba desde la costa hacia Mostar, la histórica ciudad con el puente más antiguo de Europa. Yo recordaba haber visto como entre ofensiva y ofensiva serbia los habitantes de uno y otro lado del puente cubrían de pneumáticos colgandolos al costado del viejo puente. En el fondo ambas riveras de aquel río se sentían un profundo odio, sin embargo, en la voluntad de cuidar aquel puente aquellos enemigos se encontraban. Una mañana, muchos meses más tarde, con dolor y desesperanza vi la foto del puente cortado por un misil serbio o croata, da lo mismo. Una parte de la historia de Europa se había ido para siempre. Pensé en los españoles derribando los templos prehispánicos para construir catedrales católicas. Pensé en los turcos reconstruyendo Hagia Sofia, llenándola de minaretes. Pensé en las bombas que cayeron sobre la histórica Nuremberg. En los nazis incendiando el antiguo ayuntamiento de Praga.

El Sordo al escuchar la noticia pareció transformarse. Le vino la urgente necesidad de que fueramos inmediatamente a buscar las oficinas de la Cruz Roja. Yo le pedí que se dejara de huevear y que por lo menos nos explicara que era lo que se traía entre manos. Yo no estaba dispuesto a ir a meterme a Mostar, aunque me moría de ganas de conocer aquel puente, de tomarle un par de fotografías. Ahora pienso que esa fue la única oportunidad que realmente tuve de verlo. Mientras buscábamos la sede de la organización humanitaria el Sordo me fue contando de sus aptitudes de camionero ocasional, fue la primera vez que me contó de Camilo.

Quería irse a Mostar. Era para el Sordo urgente irse a Mostar. Y la manera que él había ideado era justamente ofrecer sus servicios gratuitos como chofer de la Cruz Roja e irse conduciendo alguno de los camiones de ayuda humanitaria. Nos contó la historia de su prisión y de como lo habían traicionado. Yo algo ya sabía. Sabía de aquel tipo que buscaba, el Barbas lo llamaba, sabía que una vez terminado el golpe militar en Chile el tipo que lo había entregado había recibido en pago la concesión para vender armas incautadas y para comerciar otras que los militares deseaban vender. En una oportunidad supo que aquel siniestro personaje había desaparecido y se le había vuelto a ver en Israel, en Nicaragua e incluso en Irán. El Sordo sabía que cada vez que había una guerra o un conflicto armado la huella de aquel traidor estaría cerca y que si buscaba la manera de acercarse llegaría un día en que por fin se lo encontraría tomando café en alguna terraza o comprando un paquetito de tabaco en un estanco. Loco de mierda -pensé. Hasta aquí no más llego contigo. No estaba dispuesto a ser blanco de los snippers, ni de uno y ni de otro lado. Esos que asechaban las rutas balcánicas y que eran capaces, incluso a modo de entrenamiento o maldad, de dispararle a cualquiera. Estuvimos tres horas sentados esperando que llegara una canadiense que hablaba francés y que se sentó junto al Sordo a hablar y a mirarlo como si fuera un desquiciado o un espía ruso. Yo los miraba hablar y mientras más veía la cara de desilusión del Sordo me daba cuenta que ese huevón pensaba las cosas en serio. Quería ir a probar suerte. A ver si encontraba a aquel traficante de armas, cuyas voces tenía grabadas desde la última vez que las escuchó. Mientras colgaba del pau de arará y le preguntaban por otros tipos como él. O aquella vez en que estaban en unas camillas de acero, encadenados y conectados con un cable a un enchufe. Cada cierto tiempo llegaba un tipo enmascarado que les repetía las mismas preguntas, a él o al otro, al Guatón. Su compinche. Ellos sabían que era aquel hijo de puta, ese que tanto quería siempre hacer atentados y poner bombas. Sabían que era el puntuo que en las reuniones quería siempre ir más allá que todos los demás. Sabían que ese desgraciado era el infiltrado y que en ese momento ahí amarrados lo único que ellos tenían era a sí mismos, el uno al otro. Sabían que los tenía en su poder y que sabía que ellos sabían y que algún tendrían que hablar.

Terminó de hablar con la quebecua y me dijo que nos fueramos a la playa. Yo miré a las muchachas y puse cara de interrogación. Lo alcancé y cuando le tomé del hombro me dijo con una sonrisa. Será hasta la próxima, tengo unas ganas locas de conocer Istría. Así que nos vamos a tomar solcito -dijo. Pero y la otra huevá, -le dije. No se puede. Fue todo lo que me contestó, mientras sacaba de uno de sus bolsillos una cajita de fósforos y me decía: Hazte uno. O sea que me hiciera un joint. Fue una manera bastante poco común de enterarme de que sabía manejar camiones y que gracias a eso había conocido al Camilo. En realidad nunca hubo una manera normal de enterarse de las cosas que a ellos les pasaban. Fuimos a tomarnos un café y mientras las mujercitas buscaban el baño del lugar me contó lo que él consideraba el mejor de los chistes del Guatón, su compinche.
Estaban ahí en aquella celda o sala de tormentos, desnudos y encadenados, medio inconscientes y rodeados de unos enormes murallones, inmovilizados tras una enorme y pesada puerta de hierro negra. Sabían que habían bajado por una escaleras humedas y cruzado unos pasillos pestilentes. Que de seguro aquel lugar estaba vigiladísimo y que, además, aquella habitación debía ser parte de algún recinto mucho mayor y mucho más vigilado. Que estaban en alguna calle oscura de Santiago en toque de queda, sin transito de vehículos y con controles militares en las esquinas. Sabían todo eso, y sin embargo, el Guatón tenía la soberana y absoluta ocurrencia de susurrarle desde la otra parrilla y despertarlo. Rena, oye Rena, despierta huevón, Rena, te moriste o qué Rena. Y él Sordo, medio entre sueños le contestaba y le decía que qué quería. Rena, oye huevón, escucha, tengo una idea. ¿Qué idea huevón? No nada oye, se me ocurrió algo, tengo un plan. ¿Un plan? Sí, un plan de fuga... A lo que él, entonces aun con sus tímpanos buenos pero ya sangrando se había mandado a reír a carcajadas, lo que había provocado que el guardia abriera la pesada puerta y los cogiera a culatazos a los dos por estar cagándose de la risa de todo eso...

De la casa donde era la fiesta salía un murmullo de gente riendo y música que rebotaba en las paredes como si rebotara en los continentes, porque un rato era salsa y otro ritmos árabes, funky y house. Entré con mi botella de vino en la mano. La casa estaba llena de gente que reía y bebía. Recibí el saludo cordial de unos tipos que hacían un pito. Pregunté por Camilo que estaba al final de la sala, en una terracita iluminada con velones hablando con una tipa gorda que le sonreía y que parecía muy interesada en lo que el Camilo contaba. Me acerqué a ellos y el Camilo al verme, muy cortésmente le pidió permiso a la gordita y me dio un gran abrazo de bienvenida. Procedió a presentarme a todo aquel que pasara por su lado y me quedé allí mirando la fauna de melenas y rostros extraños. La gorda me saludo cariñosamente, era una española que se encontraba de paso por París con otras seis españolas que decía estaban por llegar en cualquier momento. Pensé en las pajas que me había hecho en la mañana y las conclusiones me llovieron: pendejo, pajero, no vas a tener ganas de nada y andarás con el animal dormido -me dije. De la terraza se bajaba por una escalera de piedra a un patio trasero cubierto de pasto y con unos enormes árboles en el fondo que le daban sombra a una casita de madera con otro balcón que hacía las veces de una especie de escenario. Vi a lo lejos una batería cubierta por unos hules y tuve la ocurrencia de preguntar si allí vivía algún músico. La casa era de otro español-francés que habitaba con un egipcio y una chica árabe. Era músico, y acababa de volver de un viaje de un año por la India, a donde había partido después de salirse de la banda. Mano Negra se llamaba el grupo, dijo Camilo. Lo quedé mirando y tuve la sensación de estarla pasándo demasiado bien, en medio de una fiesta llena de gente de muchos países y que eso era París aunque no lo fuera. Los amigos del grupo andaban diseminados por la casa y yo lo único que quería era saber cual de ellos era Manu Chao. No está, -me dijo el Camilo. Se fue un ratito antes a no sé que carrete por acá cerca, pero ya vuelve. Dijo que volvía, pero eso a estas alturas de la noche y a estos grados del alcohol era poco probable. Yo me quedé pensando en lo curioso que era ir por Europa conociendo gente y en lo divertido que era saber que mis amigos parisinos, esa bandada de inútiles alegres, de soñadores profesionales y de divertidos felices eran mucho más el centro del mundo que toda aquella falsa juerga que se inauguraba cada tarde en aquel falso barrio latino. Tuve unas ganas locas de llamar al Marino. ¿Dónde estaría? -me pregunté. El Marino ya tenía hijos grandes y de seguro a esa hora estaría en su casa acostado y listo para salir al día siguiente a otra de sus vueltas. Mientras yo divagaba entre empezar a preguntar por un teléfono para llamar al Marino y no hacerlo, apareció de detrás de una puerta una fila de odaliscas moriscas que traían grandes bandejas con comida y verduras, ollas con kuskus y carnes cortadas, potecitos con salsas y todo tipo de platillos con vinagretas y pickles. El festín estaba listo y Camilo me explicó que esta comida era una gran celebración. Y ¿qué se celebra? -le pregunté. La muerte del tirano -me contestó. ¿Cómo?, ¿Pinochet ha muerto en Londres? -le dije temiendo que el maldito general pasara a la posteridad como una especie de héroe muerto en el ostracismo, como O´Higgins. Sin juicio, sin cuentas por pagar, sin la verdad y sobretodo sin que los que aun creían en su mesianismo salvador supieran de los asesinatos en nombre de esa libertad que estuvimos a punto de perder o creer que perdíamos para siempre. No -me dijo Camilo. Ha muerto por fin el tirano de Marruecos. El rey marroquí. Había parado la chala hace unos días y yo recordé las imágenes de televisión. Había sido el lunes o el martes. Había encendido la televisión para ver las exequias del rey. Una larga lista de invitados, una pomposa ceremonia y las condolencias de todos los presidentes. Veía a Clinton y a su ministra, al rey Hussain, al presidente Algerino, estaba Mubarack y el principe Charles, Chirack e incluso Araffat. Recuerdo haber sentido aquella vez una sensación extraña. Pensé que realmente se había muerto un hombre sabio, un monarca justo, un hombre digno, veía el rostro de aquellos deudos y me decía que tanta fiesta para un rey que gobernaba unos de los países más pobres del mundo debía tener alguna razón. Mucha de esas personalidades habían estado con premios nobeles, con personajes como el Papa o Havel, entonces recuerdo haber tenido una necesidad absoluta de saber. Pero no sabía, y si lograba saber, sabría lo que querían que supiera. Por que así como París era una doncella mentirosa donde la verdadera verdad ni siquiera estaba dentro de ella, la realidad de las cosas era siempre otra, mucho más oculta, menos evidente y había que buscarla junto a esos vagos del mundo que vivían la vida al borde de los abismos: escapados, errantes, iracundos sin transa, todos aquellos necios sin remedio que en alguna parte del mundo estaban poniendo el cuello bajo la guillotina por creer en la locura del hombre.

Tuve el recuerdo de un viaje a Marruecos. Recordé los días en que decidí conocer el norte de África y ver aquella pobreza inminente. Volví a detestar a aquellos incansables moros, capaces de perseguirte calles y calles para ser tu guía. Capaces de hablarte en mil idiomas, capaces de llorar por las últimas monedas de tus bolsillos. Acababa de llegar a Casablanca, buscaba el bar famoso de la película. Me encontraba sentado bebiendo té a la menta, escribiendo unas postales cuando me habló un señor. ¿Cuánto tiempo llevas en Marruecos? -preguntó. Tan sólo unos días -le contesté tratando de evitarlo. Fue para peor. Yo también -me dijo. Ves aquel barco blanco -me dijo. Acabamos de llegar hace dos días. Levanté la cabeza sabiendo que cometía un error en prestarle atención a aquel individuo. Suponía que era otro, como todos aquellos de los que me había ya safado ese día. ¿A quién le escribes? -siguió. Y que mierda te importa -pensé en decirle-, pero me retuve. A mi madre -le contesté. ¿Sabes dónde está el correo? -me preguntó. No lo sabía y sabía que debía en algún momento preguntarle a alguien y que esa mínima pregunta me podía significar un dolor de cabeza, un tipo que se quedaría pegado sin dejarme en paz. A unas cuadras -le contesté mintiendo. Se acercó sentándose en mi mesa primero y preguntando después si podía hacerlo. No, no puedes -pensé en decirle-, pero ya estaba ahí instalado. Sabes, esto a cambiado mucho, llevo dos años arriba de ese barco y Casablanca es otra, me llamo Mauricio -dijo y estiró su mano. No tuve otra alternativa que estrecharle la mía. Empecé a pensar en cómo pedirle que se largara sin ofenderlo. Estaba ahí sentado con un aspecto de cesante diciéndome que era ingeniero de máquinas y que en unos días partían hacía el sur, que rodearían el continente africano y que llegarían hasta Yemén. Me paré de mi silla y dejé unas monedas, esperé que terminara de hablar y le expliqué que ya me iba, se paró y se fue caminando junto a mi lado mientras yo buscaba un papel donde tenía escrito el nombre de algunos lugares de interés. En ese momento supe que no iba a ser tan fácil deshacerme de él. Cruzamos un gran parque de olivos y palmeras y me senté en una de las banquetas. Se sentó junto a mí y me dijo que no me molestara, que ya no conocía a nadie en la ciudad y que todos los del barco habían partido a los prostíbulos y que él había preferido salir a caminar. Estaba ahí, junto a mí. Sentado. Me seguía a donde iba y no paraba de hablar. Yo trataba de no responderle a sus preguntas, menos de preguntarle algo. Sabía que en el momento en que empezara a necesitarlo estaría en sus manos. Mira -me dijo. Aquí en Marruecos no puedes pasar un rato tranquilo si eres extranjero. Se te van a acercar todos los jóvenes, todos los que viven del turismo y te van a ofrecer sus servicios, van a preguntarte qué buscas y qué quieres comprar, qué quieres conocer y a dónde quieres ir más tarde. ¿Entiendes?. Justamente lo que estás haciendo tu -le dije. Exacto, justamente -me dijo. Sentí curiosidad por saber dónde había aprehendido español este moro. Yo sabía que la mayoría de ellos lo habían aprendido en las cárceles españolas, pero me gustaba seguirles el juego de sus mentiras. Me había empezado a acostumbrar a su presencia, que después de todo era inevitable. ¿Dónde aprendiste a hablar español? -le pregunté. En Valparaíso -me dijo. Sentí que estaba preparado para cualquier tipo de cuentos, pero menos a que me dijeran eso. A eso siguió una descripción tan fidedigna de las calles y de los cerros, de algunos bares y del barrio chino que no tuve otra alternativa que hacer como que le creía. ¿Fumas? -me preguntó y sacó un pitillo diminuto que encendió cautelosamente. Ten -me dijo. Pero fuma rápido, aquí todos fuman aunque esté prohibido. Acá son muchas las cosas que están prohibidas, desde la democracia hasta comer. Por eso la gente se trata de largar, me entiendes. Yo lo entendía y me parecía que cada vez que veía la foto del rey y los cientos de banderas rojas con la estrella verde en el centro, por las calles y plazas, estaba palpando el peso de un concepto de país, el peso de los símbolos creados para domesticar a un pueblo. ¿Podía yo llegar a ser amigo de un tipo como este? -me pregunté. Estaba muy volado, demasiado obnubilado e ido. Me di cuenta que Mauricio o como se llamara tenía una manera mucho más fina de acercarse, mucho menos agresiva y terminé aceptando su compañía. Me invitó a beber jarabe de una fruta extraña que para mí eran nísperos y para el un nombre gutural extrañísimo que me enseñó a pronunciar y que rápidamente olvidé. ¿Te gusta fumar hachís? -me preguntó. Prefiero la marihuana -le contesté. Ah, esa la conseguirás sólo en Chefchaquen -me explicó. ¿Vas a recorrer Marruecos y no vas a fumar hachís? -me dijo. Ya he fumado -le contesté. Me acabas de convidar. Sonrió. Te voy a hacer un favor, te voy a conseguir un poco para que portes el tuyo propio. ¿Cuanto puedes gastar? -me preguntó mientras yo sentía que me estaba llevando inevitablemente a donde él quería. Le dije un número y me dijo: bien, espera aquí, ahora regreso. Lo vi irse, desapareció de la plaza y yo sentí que esa era mi oportunidad para mandarme cambiar y dejarlo con todas sus mentiras. Sin embargo, me quedé instalado esperando que volviera. Al rato regresó, venía acompañado de otro tipo más pequeño. Se sentaron junto a mí y me dijo que aquí tenía lo que había pedido. Abrí un paquetito en donde había la cantidad de hachís suficiente como para fumar todos los días durante un mes. Le pasé el dinero que a lo más alcanzaba para comer y desayunar bien dos días y que en cualquier parte de Europa hubiera alcanzado sólo para unos panes con mantequilla y jamón planchado o para un único cigarrillo de marihuana. Apenas terminamos nuestro negocio, se levantó y me dio un papel. Mañana salgo para Chefchaquen, si vas para allá esta es mi dirección, te puedo conseguir lo que quieras, las cantidades que quieras, si te quieres llevar en la guata a Europa yo te puedo ayudar. Sonrió y me dijo que nunca había salido de África, que ahora tenía que seguir trabajando. Se marchó y yo me sentí desamparado, expuesto a toda la masa de otros Mauricios, muchos más burdos y desalmados dispuestos a hacer cualquier tipo de negocios conmigo, dispuestos a conseguir a cualquier precio algunos de los billetes que yo había cambiado por mis dólares americanos.

Las españolas llegaron tarde, como lo había dicho la gorda. Lo primero que hicieron fue saludar al Camilo, que con su inmensa barba de patriarca hebreo les llevaba en edad si no el triple por lo menos el doble y yo ignoraba como el hombre lo hacía para que para esas niñas eso fuese un detalle sin importancia. Lo rodearon como si fuera su abuelito y yo me quedé ahí sin decir ni pio. Esperando mi turno. Habíamos comido y bebido en abundancia. Habíamos bailado y cantado, fumado y hablado. Entrada la madrugada yo veía a algunos escoger sillones donde se iban echando. Otros se acomodaban en sillas y los menos simplemente desaparecían. Se iban o quizá se acostaban en algunas de las piezas de la casa. El rincón del Camilo no perdía en intensidad y de veras yo pensaba que a este no le importaba si iba a terminar o no con alguna de las españolas en su casa. Lo más probable que no -pensé. Se hablaba de todo. Incluso Camilo tuvo la osadía de reconocer que podría ser perfectamente padre de todas ellas. Yo me encontraba en un estado entre de abandono y de borrachez esotérica. Esperaba el amanecer para volver a casa del Sordo. Me acostaría en su camastro y esperaría su llegada. Camilo hablaba, narraba. Tenía dos hijas, gemelas. Habían nacido así, porque sí, decía, porque simplemente la vida había querido, como esas plantas relocas que aparecen de la nada en medio de una dehesa. Vivía con ellas, a ratos, cuando a ellas mismas se les antojaba caerse por París. Veníamos saliendo de una grande, decía, teníamos que irnos del país. Éramos un grupo de diez guerrilleros, pero quedamos cuatro, a los otros se los llevó el viento, nunca supimos, nunca supimos si el ejercito los declaró como rebeldes muertos o quedaron en algún lugar de la selva guatemalteca. Los que quedamos vivos nos tuvimos que ir. Salimos a Francia, que en esa época acogía a todos los subversivos del mundo, a todos los locos soñadores que creíamos que íbamos a implantar el paraíso en la tierra, -decía. Pero ese paraíso ya había sido declarado y sus habitantes sufrían tanto o más que nosotros en las aldeas y ciudades del tercer mundo. Entonces Graciela me dijo: Camilo necesito pedirte un gran favor, vos sos un hombre correcto, vos sos un compañero derecho, el ejemplo de un revolucionario, el hombre nuevo, Camilo quiero que me demuestres tu amistad y me hagas un gran favor, Camilo no vayas a pensar mal de mi. Él recordaba que la había parado de un golpecito y le había dicho que se dejara de tanto brinco y que fuera al meollo. Pues Camilo yo quiero ser mamá, sí Camilo necesito ser mamá, yo te estimo mucho y quiero que me hagas un hijo, quiero que tu seas el padre de mi hijo. Camilo se había quedado quieto y mudo, no tenía la más puta idea de que responderle a la compañerita que lo estaba invitando a coger y que quería tan sólo que él fuera el padre. Me sentí tan honrado, yo la quería mucho, como persona y esa misma noche nos pusimos a tirar, y estuvimos tirando una semana hasta que me empezó a gustar y quizá a ella también, pero había algo oculto, un principio distinto que nos movía y paramos. Dejamos todo hasta ahí, pensando que quizá nada había pasado, hasta que unas semanas más tarde Graciela me llamó para decirme que estaba embarazada, que no tenía de que preocuparme y que estaríamos en contacto. Eso contó Camilo. Por un momento pensé que había estado soñando, que eran los pitos o el chivo picante con algún tipo de cuscús alucinógeno. Pero no, estaba ahí, escuchando clarito al Camilo, palabra por palabra rodeado de las españolitas que no habrían la boca de tanta emoción. Camilo, desgraciado -pensé. Si este es uno de tus cuentos para llevarte a una de estas para tu casa, mejor te me callas ahorita. Pero no era. Camilo había tenido uno de esos ataques de sinceridad que le solían dar y estaba contando algo de aquellos años. Yo me encontraba de lo más bien sentado viendo a las ibéricas, midiéndole las nalgas y cosas como esa cuando de la nada la gorda me pidió si se podía sentar en mi falda. Yo me empecé a preocupar de tanta condescendencia y a maldecir por la suerte que me estaba tocando. Amanecía. Pensé nuevamente en las pajas que me había hecho la mañana anterior y di gracias por ellas, de no ser por ellas habría aceptado a la gorda que me siguiera tocando la mano y no me abría parado con el pretexto de ir a orinar.

Volví del baño con la firme intención de retirarme y volver a Choisy le Roi. Me despedí de Camilo y le aseguré que lo iría a ver a la Rue des massiers.
Era tarde, pero en realidad ya de mañana. El Sordo ya estaría llegando a su departamento. Manejé cansado. Me estacioné. Me dirigía hacia el elevador cuando creí ver a un tipo a lo lejos parado en los semáforos en una salida de baño de toalla, exactamente igual a la del Sordo. Pensé que estaba demasiado cansado y que esto era una simple ilusión, una de las tantas fata morganas parisinas. Pero no. Podía ser posible. Todo era posible. Caminé hasta la fuente de agua de la plazoleta y me di cuenta que el tipo era exactamente igual al Sordo, o sea que no podía si no ser el Sordo. Sooordo -grite a voz en cuello, lo que fue inútil y confirmé que era él. Yo estaba acostumbrado a todo tipo de sorpresas, hasta las más descabelladas. Lo había visto meterse a una cocina islámica en un pueblo sirio a tratar a la fuerza de enseñarle a unos árabes como quebrar un par de huevos sin romper la yema y despotricar contra ellos en su misma cocina: Aravenas de mierda. Roncar en medio de un calabozo turco después de habernos detenido por robar canabis. Explicarle con lujo de detalles a un par de skin heads checos las propiedades curativas del café en un boliche oscuro y lúgubre o sacarse la mugre de las uñas con un puñal de veinte centímetros en una calle de Zizkov en Praga ante un grupo de gitanos que le habían cortado el paso.
Pero verlo cruzar la calle en dirección del colegio de niñas me pareció la más descabellada de las ocurrencias y no tuve otra alternativa que acelerar el paso. Al alcanzarlo me vio, se dio la media vuelta, como cuando se despierta un sonámbulo y me dio los típicos cuatros besos y se fue tranquilamente junto a mi en dirección contraria. Caminamos unos pasos y me di cuenta que debajo de la bata no llevaba absolutamente nada. Sordo! -le dije. Qué crestas ibas a hacer en esta facha, a esta hora y en dirección al liceo de niñas. Que no fuera pendejo, que era fin de semana y que los colegios, por lo general, los fines de semana no tenían clases. Yo me sentí más tranquilo, a lo más eso explicaba que el Sordo no era un maniático sexual. Llegamos hasta los ascensores y subimos. El olor putrefacto del elevador algunos días era insoportable. Abrí la puerta y entramos, sentía que el olor nos acompañaba, era un olor penetrante a mierda. Sordo -le dije-, algo huele mal. Se largó largamente a reír. El Sordo tenía sus hábitos humanos tan marcados y hacía tanto espaviento de ellos que no podía haberle pasado algo más acorde a su personalidad. Había comido durante la noche anterior opíparamente, como solía decir: como un obispo. Se había levantado con buen ánimo, había entregado su turno y se había venido en su Renault blanca, eructando y peándose como solía hacerlo en donde los gases lo pillaran. Prefiero perder un amigo a perder una tripa -decía. Había llegado hasta la puerta de su departamento y había sido justo ese el último momento en que se había peado y cagado en los pantalones. Se había cagado lisa y llanamente, sin la más mínima voluntad. Muerto de la risa había entrado al baño, abierto la llave del agua caliente y preparado un baño de tina. Había sacado los calzoncillos embadurnados de mierda y los había llevado al basurero del pasillo. Se había envuelto en su salida de baño y había optado por tirar todo el bote de basura, con mierda y todo, por el tubo de los desperdicios del edificio, sin la precaución de coger las llaves ante la irreparable eventualidad de que una corriente de aire le cerrara la puerta y lo dejara en pelotas en el pasillo de su edificio. Lo que exactamente había sucedido.
Cosas como esas le pasaban al Sordo, cosas como esas podían pasar un sábado o un domingo en París. En ese París que no era París, en ese París que no estaba en la guías globetrotter, ni en los documentales. En ese París vagabundo y vital. En ese París que tenía cualquier nombre, todos los nombres, de todos los barrios y que no tenía nada que ver con la ciudad de las luces. Con los jardines hermosos y los bulevares, con los cementerios famosos y las iglesias góticas, con las plazas, las gares y las portes. Ese París que rodeaba a París y que vivía en su nombre y que tantas veces solía visitar un viernes o un sábado.

6. La disentería, el vodka, tres moscas y una italiana

I

Aquél verano, el siguiente, a Europa regresamos desembarcando en el puerto italiano de Brindisi. Llegamos de mañana, después de una noche de sueños alterados, tirados en una de las alfombras de una barco liberiano que transportaba turistas, viajeros; señoras muy gordas vestidas de negro y sobretodo autos y niños; que eran la población más numerosa de una embarcación vieja y de colores oxidados. Veníamos del puerto de Igumenitza situado en la Grecia que da al mar Adriático, o sea, de esa Europa que es casi europea. El año anterior habíamos caído a ese mismo puerto sin quererlo -tras un viaje agotador por las costas turcas en la Renault del Sordo, justo después de ser detenidos por el ejército turco tras una incursión turística en una plantación de cannabis. La gracia nos significó salir tres días más tarde de un calabozo, donde habíamos jugado a las cartas con nuestros carceleros y probado la insoportable y omnipresente comida de cabra turca. Habíamos abandonado Asia con el firme convencimiento de llegar lo más rápido a Estambul, tomar un buen baño en el Hamam del siglo XIII de la Bizancio domada y perdida, para luego, cruzar Grecia y llegar a Macedonia, alcanzar la Yugoslavia, que gozaba de cierta tranquilidad dado a las presiones internacionales de alto al fuego. Sin embargo, uno de mis sueños de niño, conocer Belgrado, se hacía humo en esa frontera, y todo gracias al Sordo. Cada vez que llegaba a una frontera el Sordo se reía, por mi aspecto a medio mal traer y unos aros en las orejas, que causaban la sospecha de los guardias. Los policías de frontera tomaban especial precaución ante un chileno demasiado lejos de Chile y con el pasaporte lleno de timbres extraños.

-Parecís leproso - decía el Sordo riéndose a carcajadas. Qué le iba decir, él llevaba más de veinte años en Francia y ya era todo un francés con pasapoerte y todo.
Habíamos entramos a la Macedonia, tierra seca y calcárea. El país parecía estar deshabitado ante el agobiante calor de los días y el frío de sus noches, -por el camino recordaba el postre de frutas jugosas que me hacía recordar aquel nombre, me parecía una mala broma de mi memoria.
Llenos de petróleo en el tanque y con bidones de repuesto que cargamos del lado greco, nos dirigimos lo más rápido posible a la frontera con Serbia. La frontera era una calle caliente rodeada de cabinas de calamina, que atendían a los viajeros con la misma calma con la que el sol de cuarenta grados golpeaba los sombreros grises y los pañuelos negros de un centenar de hombres, mujeres y niños que hormigueaban cruzando de un lado a otro, convirtiendo aquel paso fronterizo en un semillero de falsos comerciantes que burlaban el boicot que el mundo les había puesto a los serbios. A pocos años de terminar el milenio, algunas voces de la iglesia ortodoxa anunciaban tiempos de castigo y de plegarias, se acercaba el fin del mundo, según algunos y allí eso parecía ser cierto. De una forma u otra, para nosotros, esas gentes yendo y viniendo con enseres, víveres, "kanistros" llenos de combustible y cartones de Marlboro provenientes de Sofía, eran el final de un mundo que no conocía otra manera más de vivir que la desconfianza.
Cuando pasamos del lado macedonio al lado serbio, el oficial que controlaba los papeles se percató de inmediato de que los números de la matricula del Renault eran franceses.

-Chilea ...-dijo, con tono de sorpresa y cierta simpatía, que nos dio un equívoco optimismo.
-Tú puedes entrar, él frances no -me dijo.
- Ambos somos chilenos. -le contesté- él solo tiene pasaporte francés.
-Que saque visa de tránsito en Tesalónica y que vuelva.

Nos obligó a dar la media vuelta y a retirarnos por la misma calle sedienta por la que veníamos, con la única diferencia que habíamos quedado entre ambas fronteras a medio día y con un sol que nos quemaba el auto, rodeados de un centenar de autos que parecían estar esperando desde hacía mucho tiempo. Los rostros que salían de aquellas ventanillas opacas en vehículos hechizos nos acompañaban en la espera, nos mostraban sus dientes de oro brillantes, miraban con curiosidad, algunos, con cierto desprecio nos deseaban un pronto retiro.
Me quedé mirando a un tipo con una abultada chaqueta que escupía cada tres minutos:
-En la región ronda el diablo sordito, que te parece si nos largamos de aquí -le dije al Sordo. Con tanta hambre y guerra los hombres se espantan a sí mismos, mira a ese que nos mira. De seguro que ya se ha echado a varios. Los que han pecado ya no tienen asideros morales y en su desesperación son capaces de comerce a un sordo como tu. .
-Mira esa gente. Entran en la llamada mayoría, esa que cree silenciosa, en solidaridades cotidianas, de la que sólo se enteran los curas, sí hay que irse de aquí- agregó el Sordo.
- O los rabinos y muftíes. Estas guerras son también religiosas. El militar de la frontera te hubiera puesto contra una pared encantado ¿eh? Y todo por la France....
- Hay una religión más fuerte que la palabra escrita en el Corán o en la Biblia, es la religión de los números, no habría quedado otra que ponerle unos billetitos en la chaqueta.
- Te quieres devolver a intentarlo. Se los puedes poner en el cañón del AKA... Mejor sigamos nuestro estudio in situ... La única religión es la del comprar y el vender, donde hay avisos comerciales hay feligreses felices.
- Hollywood ganó la guerra fría, veremos si gana también la guerra santa...
- Por eso que lo primero que prohiben los fundamentalistas es la televisión...
- mmm....
Tomamos la única decisión que podíamos tomar. Nos adelantamos hasta el borde mismo donde estaban los otros guardias, todo esto ante las miradas impávidas de algunos espectadores que comenzaban a insultarnos. Exigimos ser tomados en cuenta, debido a nuestra devolución, pagamos otro de los impuestos fantasmas que poblan la imaginación de los guardias fronterizos de estas latitudes y dejamos finalmente el lugar. Nuestra puerta de entrada a Europa se había cerrado. A esa Europa oficial, bella, occidental y rica; Europa custodiada que cerraba sus fronteras ante legiones de europeos pobres que acababan de serlo, todos aquellos que de la noche a la mañana habían aparecido en el mapa de Europa. Era la primera vez que teníamos un problema en una frontera. El Sordo estaba de muerte y yo me burlé todo el camino de su nacionalidad francesa, de su lepra.

-Parecís leproso -le devolví, recordé la numerosa comunidad yugoslava que habitaba Chile y que de seguro nos daba el derecho a entrar sin visa a estos países herederos de la patria de Tito.
Mirando el mapa y trastabillando las torcidas montañas que separan Grecia de Albania caímos por la noche al puerto de Igumenitza. Era justo media noche, alcanzamos el último barco que nos llevó al puerto de Bari. La Renault del Sordo parecía un suk llena de samovares, narguiles, jarrones y sobretodo ropa sucia o húmeda que colgaba de cordelillos en la parte trasera que por las noches se convertía en nuestro hotel sin estrellas. Llena de polvo la Renault cruzó o más bien fue cruzada por un barco Chipriota a las costas italianas. Así había terminado aquel verano anterior. Enterándonos sin más remedio de la existencia de ese puerto griego que nos había rescatado de nuestras propias vacaciones. Así supimos de la existencia de ese rincón de la Hellas.

II

Al año siguiente nuestro hotel era una furgoneta Volkswagen mucho más amplía. La había adquirido por razones de trabajo y pensando en aquel viaje que habíamos planeado el mismo momento en que habíamos pisado Bari. Esta vez habíamos venido a parar a Igumenitza directamente desde el otro extremo de Grecia, con la camioneta cargada de baúles damasquinos, pañuelos sirios, sacos de pistacho de Aleppo, moledoras de café de los beduinos de Palmira, y las fotos que habíamos tomado en la ciudad de piedra de los nabateanos al sur de Jordania, -donde habíamos sido personajes ficticios de un Indiana Jones que el Sordo y yo nos habíamos inventado.
Pedir que una aventura tengan capítulos inesperados vale la pena. Así resultó que el souvenir más fiel -el cual se hacía presente cada tres horas- fue una saludable y sagrada diarrea, la que me acompañó días y noches y que no parecía querer abandonarme. Todo empezó en las calles de Aleppo, al norte de Siria, donde conocimos a tres doncellas que nos maravillaron desde el primer momento en que las vimos, cuando uno lleva semanas viajando en una camioneta con un sordo, feo y hediondo en pleno universo musulman, tres mujeres son tres mujeres. Eran de padre español y madre siria: Ana, Esther y Gissela. La primera vivía en Barcelona, la segunda en Ginebra y la más joven estudiaba en Hamburgo. Niñas de buena familia –pensé- mientras mi catalejo las media. Nos fuimos encontrando en distintos lugares y parajes, trastiendas y medinas a lo largo de nuestra estadía en Siria. La última vez que nos vimos fue en Damasco tomabamos té da la menta en un patio generoso de plantas aromáticas y limoneros, de estatuillas y fuentes de agua, bebiendo el té fumábamos tabaco a la manzana. Fue al salir de aquel lugar cuando -en un acto de absurda vanidad y torpe heroísmo- me sumé a la fila de mujeres envueltas en túnicas negras para beber del agua de una pileta que caía de una pared carcomida por el tiempo y desbaratada por los cachos de las cabras o las patas de los burros, -único medio de transporte tratándose de compras voluminosas entre las callejuelas antiguas del mercado.
Esa misma noche entramos en Jordania, bajo un cielo cubierto de estrellas, y viendo la media luna que a nosotros nos guiaba al sur, mientras la misma luna guiaba a las tres hermanas al infinito, a esa hora volaban en su vuelo de Beirut a Suiza. Casi al mismo tiempo mi estómago había comenzado a odiar el atrevido acto de valentía al beber de las aguas públicas damasquinas.

- Me estoy cagando -le dije al Sordo, justo al cruzar la frontera Jordana. Lo que fue un leve malestar se transformó prontamente en escalofríos, le siguieron tercianas y finalmente una intensa diarrea. Los conocimientos chamánicos del Sordo quedaron obsoletos. Tras la búsqueda de un médico conmigo a cuestas y casi muriéndome, llegamos por unos callejones de casas de barro y suburbios a una clínica, o a algo que llevaba ese nombre. El lugar no estaba mal, me inyectaron una poción mágica que -por los sonidos profundos que bailaron aquel día en mi cabeza- más bien me recordó el resplandor de una droga conocida. Gracias a ella, Petra, el gran cementerio, había quedado tallado para siempre en la piedra de mi memoria y en los laberintos destruidos de mis intestinos. Y todo gracias a un suero amarillo que costó una barbaridad.

-Disentería -me había dicho el médico jordano que me atendió y que hablaba un español madrileño. Sentí alivio de no tener que explicar en inglés lo mal que me sentía. Ayman al -Hourani era un gordo gigantesco con tetas de mujer que curaba a sus pacientes quejándose del costo de la vida y de las hormonas con las que se alimenta a las gallinas que hacían salir ubres a los amantes de la buena mesa como él – decía mostrándonos su voluminosa delantera.




III

La Volkswagen desembarcó sin problemas. Los carabinieri de Brindisi tubieron un trabajo enorme para identificar a todos los hijos de un matrimonio turco que viajaba en el mismo ferry del cual descendimos. Salimos a medio día del puerto para dirigirnos por las rutas nacionales italianas hacia el norte. A diferencia del episodio en la frontera serbia del año anterior, esta vez Italia estaba dentro de nuestros planes. En Foligno vivía un tal Massimo del que había escuchado innumerables historias. A unos kilómetros estaba la aldea de Corcciano donde mi amigo el Sordo tenía a tres amigas que nos disponíamos a visitar. Después de turnarnos tras el volante durante todo el día, cruzando una infinidad de pueblitos y cuerpos acastañados al sol, caderas y senos que se dispersaban por la costa italiana, llegamos a Corcciano. Eran las cuatro de la mañana y después de cuarenta noches durmiendo en la parte trasera de la Volkswagen, soportando los ronquidos del Sordo, íbamos por fin a dormir en una cama, -como Dios manda, -le dije. Por lo general ya teníamos un sistema, cada vez que nos disponíamos a dormir el Sordo me daba diez minutos de ventaja –decía-, si no lograba dormirme en ese lapsus la noche prometía ser un camino de carreta. Y lo era, no lograba conciliar el sueño, lo pateaba, lo movía y nada. Me desvelaba inventando teorías acerca de su descomunal gruñir. Como era sordo, yo estaba convencido de que sus rugidos de locomotora vieja eran un modo de sentirse vivo, era un concierto que desde el limbo se entrometía en la noche.
Al llegar vimos las luces de la casa encendidas, el Sordo fue a golpear la puerta, yo me frotaba las manos imaginándome a las muchachas, no me sentía bien aún, pero la idea de conquistar a una italiana me hacía sentirme mejor. El Sordo tocó varias veces la puerta, la que no se abrió a pesar de las repetidas insistencias.

-Pero, no son tus amigas, -le dije- cómo que te latea seguir golpeando tan tarde. Fue inevitable, no lo podía creer,a pesar de estar a metros de un par de sábanas frescas, el destino nos daba otra noche juntos.

Las madrugadas en Umbría son frías como el vaho de un edificio abandonado al que nunca le ha llegado el sol. Pero a diferencia, este frío trae en su pecho un vientecillo que cabalga por los valles en botellones de aceite de oliva. Los olivares adornan los montes y el canto de unos pajarillos estoicos hace explotar las mañanas de soles generosos. Amanecía, había logrado dormirme cuando sentí que alguien golpeaba la ventana de la Volkswagen y como el Sordo hacía honor a su apodo, quién levantó la cabeza para ver quién era fui yo. A diferencia de los países que acabábamos de dejar, donde eramos despertados por las plegarias de los muftí que desde los altavoces de algún minarete cercano llamaba a sus ovejas invitándolos a la primera plegaria que el Corán ordena, quien llamaba a la ventana era una flaca de piernas altas, y apuradas yéndose al trabajo. Desperté al Sordo, el cuál después de grandes abrazos me presentó a Ana. Ana nos invitó a pasar a su casa y se marchó anunciando la fiesta de bienvenida que esa noche realizábamos en Foligno. Ana armada de un peto diminuto que dejaba ver su vientre y de una minifalda corta que dejaba ver sus piernas se marchó en un Fiat panda, llevaba algunos papeles entre sus dedos y toda la ligereza umbría. Nos trasladamos a la casa, instalamos nuestras cosas sacando algunos regalos y nuestros artefactos de baño. A medio día nos despertó Massimo, traía dos cogollitos de mariguana para darnos la bienvenida. Nos duchamos, cambiamos ropa y partimos de paseo. Nos puso al tanto de los planes para aquella noche. Nuestra responsabilidad se remitía exclusivamente a cocinar un chile con carner el resto corría por su cuenta.
Entre las pocas cosas que habían sobrado del viaje encontré una botella de vodka finlandés, que guardé para ofrecer durante la fiesta, la comida fue un éxito. A conocer al Sordo y a mí -los estravagantes amigos de Massimo- vinieron una decena de jóvenes de los alrededores. Comimos y bebimos vino de la casa. Hablamos de historia, del aceite de oliva, de Assis, del Gioto y de un centenar de cosas inmemoriales, hasta que sacando un poco de música que traía conmigo puse a los Intillimani. De pronto todos quedaron en silencio, la sala se cubrúio de una extraña pausa, todo quedó detenido y por un momento tuve la sensación de estar en la frontera serbio un año atrás. La música había traido a sus mentes épocas de estudios, años de anarquía juvenil, protestas de estudiantes. Ana se acercó a contarme que esa era la música de su juventud. Al verla de tan buen cuerpo y de una belleza tan fértil no pude evitar la impertinencia de conocer su edad. Parecía ocho años menor y era ocho años mayor que yo, estaba por cumplir los cuarenta y no podía ser cierto que se mantuviera en tan buena figura. Seguimos hablando unos minutos, no sabiendo bien que me decía, hablaba en italiano, yo en español.

-La próxima semana tocan en Spetto, a unos kilómetros de aquí -me dijo, como lamentando que nuestro camino continuara al día siguiente.
- Toca quien, le pregunté.
- Ellos, los Inti...
- Ah...
Ofrecí unas copas de aquel vodka en cuestión, que había encontrado en la camioneta y que había cruzado todas las fronteras. Tras el primer sorbo todos quisieron volver al vino, salvo Ana que aceptó otra copa, y otra y otra. Yo, había descubierto con alivio, que el vodka estaba haciéndome sentir mejor de mi estómago. Seguimos bebiendo hasta que llegó la hora de marcharnos. Los que íbamos a dormir a casa de Ana nos fuimos en su auto. Ella, el Sordo, una gorda media loca que era carabinieri y yo. Apenas llegamos la gorda se fue a acostar rendida.

-¿Y ustedes? -preguntó Ana- ¿Cómo quieren dormir? Les puedo pasar mi cama que es bien grande, yo duermo en la cama de la Roberta que anda de vacaciones.
-No, -dije, con severidad- por ningún motivo, llevo cuarenta noches soportando los ronquidos inhumanos de este individuo, por ningún motivo. Ana sonrió
-Bueno, si vuelve a roncar puedes ir a meterte a mi cama.
-Pero si seguro que va a roncar, mejor que se vaya éste a dormir a la cama de la Roberta y nosotros dormimos en la tuya que es más grande –dije, descubriendo la valentía que me había dado el vodka.
Después de que las habitaciones estaban repartidas nos tomamos el último trago, me sentía mejor, al mareo que me abrazaba camino de la fiesta lo había reemplazado justo a tiempo la euforia del vodka.
La cama era vasta, amplia, podían dormir tres o cuatro personas tranquilamente. Era un buque que zarpaba a la mar de sueños exquisitos. Al desnudarme quedé en calzoncillos. Tenía un ligero temor, ocupé el costado que daba a la ventana de la pieza, ocupando exactamente el espacio que era el costado que daba a la ventana, sin correrme un centímetro de allí. Mire la geometría de aquella pieza. Al frente había un armario gigante. La habitación estaba adornada por cuadros diminutos, mientras ella se estaba desnudando, objetos de madera, quedando toda desnuda, canastas y una bicicleta de ejercicios que al desnudarse definitivamente descubrí que realmente la usaba. Se desnudó, como si nada. Quedó en unos calzoncitos que la dejaban ver completa, se paseó por la pieza dos veces siendo imposible no verla. La miré y ella lo sabía. Era una diosa y yo estaba luchando por no perder el equilibrio de mi cansancio. Se metió entre las sábanas y sentí su pierna, así, sintiendo el roce de su pierna que tocó la mía. Que tocaba la mía, porque ese tacto duraba una eternidad. Era algo normal, -me dije- así son las mujeres de hoy, libres. Apagó la luz, pero la luz seguía allí, era otra.
- Bonna notte- dijo.
-...a domani- le contesté.


IV


La noche era cálida y después de aquel espasmo que había sido verla desnuda me resultó muy difícil conciliar el sueño. Duérmete –pensé- es lo mejor. Logré dormirme un instante, durmiéndome de veras y despertando más tarde. Desperté, pero no sabía si soñaba que estaba despierto o estaba despierto. Era una noche clara que se colaba por los visillos de la ventana abierta. Volví a dormirme o a soñar que dormía o que me dormía hasta que el zumbido de una mosca empezó a torturarme, pensé en el Corán, son los versos, son las plegarias del muftí que me despertaba en el mejor de mis sueños en aquellos países sin sexo. Manotié en el aire para ahuyentarlas. Volvían y entre mis defensas a sus vuelos kamikases pude sentir que no era un sueño, alcancé a rozar el cuerpo de Ana. Tuve miedo, tenía miedo, miedo a que se despertara culpándome de alguna fechoría o abuso. Volví a tratar de dormir sin lograrlo, permanecí con los ojos cerrados dando manotazos que se transformaban en sucesivos roces de piernas y rodillas. Ana se despertó en el momento en que mi mano buscaba el castigo cayendo errónea en una de sus piernas. Ahora me putea –pensé. Se movió y me tocó, moviéndose, tocándome. Yo la toqué con el pánico que anticipa un grito, tocándola con el riesgo que se atropella ante la posible bofetada. Ahora viene un golpe –me dije. Volvió a tocarme y caímos en la trampa. Nos tocamos hasta caernos en un desenfreno de goce y lujurias. Nuestros cuerpos desnudos se hicieron a la mar de sueños profanos. Haciéndose a la deriva. Estaba curado. Me sentía del todo curado y más aún cuando la vi finalmente saltar como una bestia herida por el placer de mi sexo, viéndola. Después de unas horas nos dormimos. Dormí, durmió. Como si todo hubiera sido un sueño, un verso prohibido del Corán. Las moscas extrañamente se colaron por las rendijas de la ventana para no volver a herirnos con sus flechazos de cupido. Cuando desperté en la mañana la vi vestirse. Esa mañana nos ibamos. Se despidió tirándome un beso con los dedos. Cuando nos volvimos a ver a medio día, ya estabamos yéndonos, el Sordo seguía tan sordo como siempre y contarle la historia me tomó la mitad del camino que iba de Perugia hacia el norte. Habíamos hablado no más de veinte minutos y, sin embargo, el ánimo con que me contó su solitaria vida de estudiante me hizo apreciarla. Había estado conmigo desde estas regiones, soñando la tierra de los músicos que tanto escuchaba, mucho antes que yo abandonara Chile.

A Praga llegamos dos días más tarde con buen viento. Nos esperaban amigos.
Cuando contamos los pormenores de nuestro segundo año de viajes a esas tierras lejanas, de caciques religiosos, alguien tuvo la ocurrencia de preguntar como habíamos vuelto esta vez a Europa. Cuando el Sordo contó nuestro paso por Italia, uno de los presentes mencionó lo del concierto de los Intillimani en Spetto la semana siguiente. Les dije sonriendo y pensando en el cuerpo de Ana, que estaban equivocados, que el concierto había sido hace dos noches y que estaba lleno de moscas.
Sí -agregó el Sordo riéndose y adelantándose, - incluso hasta me quedé dormido y ronqué.

Lille, 29 de septiembre de 1997

7. Otras historias de París

No sé ni cómo llegamos al tema. Estábamos sentados en la cocina de la nueva casa del Sordo Arias. El mismo Sordo Arias que había dejado de ser sordo y que después de veinte años se había decidido aceptar la operación ofrecida por su médico. El mismo Sordo que había vivido con su sordera veinte años en la Alleé Jacques Cartier en Choisy le Roi y que por fin se había decidido a creer en las instituciones públicas y se había comprado una casita en la rue Henry Barbusse en Villejuif. Veníamos de comprar una botella de vino de Bordeaux de discutible calidad donde el moro de la cuadra. Yo acababa de llegar a pasar unos días en París después de una apoteósica cena de navidad en el norte, en Lille.
Al recibirme, el dueño de casa anunció la visita de un amigo suyo, un amigo pintor, el cual no tardó en llegar. Cuando lo vi pensé que se trataba de un albañil o algo por el estilo, luego me di cuenta que el hombre era efectivamente lo que mi amigo ex-sordo había prometido: un pintor.
Como si se tratara de pasar revista a todos aquellos años de navidades lejanas el Sordo se dedicó a contar una que otra anécdota: expediciones nocturnas de los 24 de diciembre por la noche por los bulevares a buscar a quienes anduvieran vagando, chilenos sin rumbo, gente sin necesidad de celebrar un Noel efímero y triste, perdidos con la voluntad de evitar dos mil años de cristianismo a como diera lugar. Entonces el Sordo cogía su vañiol e iba al rescate. Algo así como una mezcla entre superhéroe y predicador. Su ritual era simple: recorrer los bares y tugurios donde pudiera encontrar almas perdidas, los huérfanos de la Familia Adams, como solía llamarnos a todos. Inventaba improvisadas cenas, bailes, subterfugios para huir de la soledad y el olvido. Contó la ya repetida historia del negro Antonio, un sujeto que llevaba, como él, una veintena de años viviendo en París. Que no hablaba o hablaba mal el francés y que hasta la fecha tenía el record de no haber trabajado nunca. Tenía una estrategia simple: vivir de las minas. Ya fuese un plan diabólico o una estratagema indeliberada, fruto del vértigo parisino o del azar femenino, al tipo le resultaba. El hombre tenía, sin embargo, sus gracias y por supuesto también sus vicios. Solía gobernar con una destreza inigualable el arte del vestir. Sabía de estilos y se mantenía informado de las últimas novedades de la moda. Cuando salía a beber sus copitas era una galán de botines lustrados y gomina brillante. Su tenida, siempre actual, lucía dos detalles apabullantes que habían acompañado a todas sus chaquetas: un pañuelo de seda rojo brillante y una diminuta perla en un alfiler de oro macizo que estudiaba a sus víctimas como si fuera un ojo submarino y secreto. Lo curioso era que su facha era la misma tanto cuando caía por los bares más lujosos de Montparnnasse como cuando visitaba a sus predilectas amigas: dos putitas consuetudinarias que arrastraban sus carteras por las veredas de Menin Montant. La más trágica de ellas, una corcovada desaparecida que decían las malas lenguas era la fantasía de algunos taxistas tristes, ya que su felatio era objeto de leyendas incontables. A la fecha llevaba más de un año desaparecida, algunos decían que había caído en manos de algún millonario de Alsacia y que vivía en un castillo junto a otras putanas adefésicas. Otros que había muerto de pulmonía a las orillas del Sena cerca de Ivry. La más reciente de las versiones adjudicaba la desaparición a un grupúsculo fundamentalista, por supuesto ligado a Al Qaeda. La otra de las hetairas era menos mitológica: una enana rubia de cincuenta años y pelo escarmenado con la que Antonio solía tener no sólo una fluida actividad sexual a precios rebajados si no que, además, una estrecha y auténtica amistad.

De las artes del negro Antonio, la más conocida era la de mezclar alcoholes y bebidas, agregar a los resultados etílicos pedacitos de frutas, granizar de sal o azúcar el borde de los vasos y adornar todo eso con paragüitas de papel y banderitas francesas. Era según el Sordo de la rue Henry Barbusse, el mejor barman que había conocido en París. Su único problema era que no duraba más de tres horas haciendo cócteles ya que aquella independencia se iba deshaciendo cada vez que probaba sus obras. Traguito tras traguito, hasta terminar completamente borracho. Sin duda la historia más conocida que se le conocía era aquella en que tras visitar una fiesta de amigos franceses había entrado en conversación con la segunda miss Francia de aquel año, una modelo top que aparecía a cada rato en la televisión parisina y que viajaba por toda Europa haciéndole publicidad a perfumes y revistas de moda. Por aquel entonces Antonio pasó de la noche a la mañana a tener derecho a uso casi exclusivo del flamante Mini cooper de color verde de la diva, (o era un Renault clio) de las llaves de su departamento en Sant Michel (o era Montparnnase), el cual entre otras maravillas, contaba con uno de los bares más completos y con un refrigerador permanentemente lleno de exquisiteces. El Sordo contaba la anécdota recordando haber estado en más de una fiesta de amigos de Antonio en aquel piso, en donde recuperar el nivel de limpieza original les había dado siempre -después de aquellas orgías- en ausencia de la modelo un excesivo trabajo. Aquellas fiestas duraron hasta aquella tarde en que la diva perdió su vuelo a Roma y sorprendió a Antonio acostado desnudo y en plena masturbación sobre la gran cama de agua junto al inmenso acuario mientras la puta enana se probaba las prendas íntimas de la estrella.
El pintor, (latinoamericano por adjetivo propio), recordó otra curiosa anécdota. Era la historia de un ex-guerrillero salvadoreño que una buena tarde en un bar había conocido a una tal Veronique Riches, una tipa de armas tomar, al menos eso era lo que el pintor decía, pero más bien en materia de asuntos económicos, en aquel entonces Veronique Riches recién empezaba su prestigiosa carrera que la llevaría a ser la jefe de los ingenieros comerciales de la reputada Societé Genérale. Ella una mujer exitosa y premonitoria se había enamorado perdidamente de un tal Flores. Se casaron y llegaron a tener tres lindas hijas, pasando el guerrillero a ser el jefe del hogar de la profesional. Cuenta el pintor latinoamericano que Flores se fue lentamente volviendo loco y que todo terminó cuando se encontró en una ocasión con viejos amigos en el metro. Camaradas de armas. Colegas de miserias. Organizó entonces una gran fiesta, invitando a todos los que recordó su memoria. Según el pintor latinoamericano la borrachera fue descomunal. Flores absolutamente vesánico buscó a su mujer: cuentan que primero quiso violársela en público, lo que el mismo pintor puso en duda y que luego le propinó tal golpiza que la economista debió tomar vacaciones. Veronique Riches no pudo entender al guerrillero al ser él mismo quien solicitara el divorcio.

Uno escucha historias. Algunas parecen improbables, otras imposibles, algunas se alimentan de mentiras, de trucos, otras crecen de boca en boca y son el resultado de París, de aquella vorágine infinita, de aquella Babilonia cultural que sigue atrayendo a todos los extraviados del planeta. Cada uno tiene la suerte de escoger. Escogemos las historias, los recuerdos, los chistes. Nos escogemos a nosotros mismos. No somos más que una elección permanente, la selección fantasma de alguna versión de nosotros mismos, ajena a algún olvidado original, ajena a ese manuscrito perdido que fue nuestra vida en nuestros países. Hay historias que nos rozan, otras que se precipitan y nos apuñalan.

Mientras bebíamos esta historia siguió a otras, a aquellas ya contadas más arriba. La escuché en la misma cocina de la casa de mi amigo el Sordo-ex-sordo, un poco más borrachos, un poco más drogados. La contó el pintor latinoamericano que resultó finalmente ser chileno. De esos chilenos latinoamericanos, bien latinoamericanos y bien chilenos. Se trataba de una historia de pintores.
Dijo haberlo conocido una tarde de mayo hace ya años, en una tertulia de pintores borrachos y donde tanto él como el personaje habían sido invitados a exponer y a invitar a la mayor cantidad posible de posibles compradores. Sin embargo, el individuo de su historia no había expuesto el trabajo pedido. Se había conformado con asistir y ser un espectador más. Lo conoció con el nombre de Raúl Agrand o algo parecido. Del nombre estaba seguro, del apellido menos. El pintor latinoamericano bebía una copa de vino francés junto a su único cuadro de aquella exposición colectiva en compañía de otro pintor, cuando escuchó una pregunta. Para él a esas alturas de sus casi treinta años en París, era una pregunta curiosa, abominable, anacrónica e incluso ridícula.

- ¿Ustedes son chilenos? – preguntó el hombre.
El pintor le respondió afirmativamente.
- Yo también, me llamo Raúl Agrand, soy pintor y chileno – contó el pintor. Aunque el pintor no tenga la certeza de haber escuchado bien su apellido, pero sí de conocer a todos los pintores chilenos avecindados en París.
- Conozco a todos los pintores de París y sobretodo a los chilenos – le dijo de vuelta con un claro tono discutidor y diatribesco y poniendo abiertamente en duda el oficio del hombre.
- Yo también, pero nunca me he juntado con los chilenos – volvió a repetir.
Decía que conversaron de muchas cosas. Sobretodo de historia, del exilio y de pintura. Raúl Agrand, o como quiera que se llamara, invitó al pintor a su departamento, que era a la vez su atelier y que quedaba sobre un gran galpón de una fábrica de pinturas. El pintor latinoamericano quedó de visitarlo el sábado siguiente. Llegó puntual, con una botella de vino y la desconfianza propia de aquellos que han conocido el miedo. El lugar causó una gran sorpresa al pintor. Era amplio, luminoso, sobrio y tenía todo lo elemental para vivir una vida cómoda. Descubrió que ambos tenían algo en común: la fecundidad. Sin embargo, Raúl Agrand nunca había hecho una exposición en su vida, jamás había movido un dedo por dar a conocer su trabajo. Con cierto desconcierto del pintor latinoamericano Agrand le fue mostrando sus más de dos mil pinturas de todos tamaños. Tenía grandes telas, otras medidas estándar y otras menores; guardaba colecciones completas, series, trilogías, en pocas palabras toda una vida de pinceles y litros de pinturas derramados. No quiso entender aquello que le pareció una suerte de manía esquizofrénica y lo único que atinó a preguntar fue cómo había llegado a vivir a aquel lugar tan cercano a su oficio y tan distante del beau art.
- Pues sí, también lo pensé cuando llegué hace años a vivir aquí. Cómo un tipo que se había dedicado toda la vida a pintar llegaba finalmente a tener como mecenas al dueño de una fábrica de pinturas.
- ¿Mecenas? – dubitó el pintor latinoamericano, sabiendo que en París podía suceder cualquier cosa y que todos los artistas, buenos y malos soñaban con un padrino y que pocos lograban encontrar a su loco particular que los mantuviera, al menos comprando cuadros.
- Sí. Tal como escuchas. Mecenas.
- ...
El pintor latinoamericano se detuvo en una foto sucia y dañada, una suerte de daguerrotipo a mal traer, deslavado y con los bordes descascarados, una foto que ha sufrido mucho y que ha sobrevivido para llegar a un destino de buen enmarcado, de cristal y de delicado marco con alguna madera fina, quizá caoba o ébano.
- ¿Esto es Roma, no es cierto? Le preguntó el pintor latinoamericano conociendo la respuesta.
- Viví en la ciudad de los césares hace años hasta que me fui a Chile y cuando traté de regresar no me permitieron entrar.
El pintor latinoamericano sintió una extraña confianza hacia su colega intuyendo que había quizá salido de Chile por las mismas razones que él.
- Yo salí de Chile un poco antes del golpe, -se atrevió a confesarle a Agrand, con la intuición de quien sabe que para saber hay que contar. En realidad estaba preso...
Agrand se le quedó mirando como si de pronto se encontrara descubierto, pensando en que si alguien había estado preso en tiempos de Allende...
- ...por una ley de control de armas, - agregó el pintor latinoamericano, apurando la frase para que Agrand no creyera que él era de lo momios que boicoteaban al gobierno de Allende.
- ...
- ...estábamos preparando la revolución, se la queríamos hacer a Allende. Esa que el Chicho no quería hacer. Salimos gracias al gobierno sueco, yo y mi esposa. Si hubiéramos estado en el país para el golpe hubiéramos terminado muertos o como el almirante.
- ¿El almirante?
- Mi padre era el almirante, desapareció a días del golpe, nunca más nadie supo de él.
- Lo siento.
- Ya no hay mucho que sentir mi querido amigo. El pintor latinoamericano hablaba mirándole la cara a Agrand.
- ...
- Es curioso Agrand, a alguien me recuerdas y no logro saber a quien.
- Yo sé a quien... a ti mismo...
- Puede ser... pero también a alguien más.

Raul Agrand estaba acostumbrado a encontrarse con todo tipo de ex guerrilleros, militantes y revolucionarios, quienes después de borracheras de antología contaban sus mentiras y sus secretos, lo que eran, lo que habían querido ser, y sobretodo lo que aun no eran y podían ser.
- Hace tiempo que somos historia, sobretodo nosotros los trotskistas – agregó el pintor latinoamericano.
- Ah, eras trosko! Yo era maoísta. O sea historia también, aunque mira tu ahí a los chinos. Viví en Italia después del golpe, la Italia de la Brigadas Rojas, tu entiendes. Quienes estaban en Italia quisimos reactivar a nuestras células maoístas en Santiago. Esto fue por ahí por los tiempos de lo de Aldo Moro, tu entiendes.
El pintor latinoamericano escuchaba la historia de Agrand mientras descorchaba la botella de Corbierge.
- Me mandaron a mí, yo no tenía prohibición de ingreso, además, tengo un tío... pero ya te contaré de eso.
- No me digas que te fuiste a meter a Chile...
- Pues sí, con la honrosa misión de activar una hueva que era una aventura aun mayor que la famosa “operación retorno” de los miristas...
- De eso mejor ni acordarse, estaban infiltrados, se sabía todo. Dicen que en la misma Habana los cubanos tenían a un tipo que le pasaba datos a la CIA. ¿Adivina que hacían los gringos?
- Tiro a los patitos...
- Cada mirista que entraba venía dateado, venían muertos de ante mano...
- Lo mío no terminó tan mal después de todo. Quedé completamente botado. No había plata, ni contactos ni nada de nada... Un puto pasaje de vuelta a Roma... y cuando llego no me dejan entrar. Terminé en París, asilado, ahí entra en el cuento mi tío pintor...
- ¿Tu tío pintor? Ahora resulta que hasta tienes un tío pintor...
- Pues, sí y famoso. El tío estaba metido con medio mundo. Desde los surrealistas hasta unos tipos que pintaban como él, maquinas raras, llenas de híbridos con cables. Entre sus amistades estaba el mismísimo Dalí, había conocido a Le Corbusier y a Duchamp...
- Ahora me vas a decir que tu tío era el viejo Roberto...
- Pues exactamente, el mismo. El viejo no se juntaba con nadie, ni con su familia se metía mucho, para mí que de tanto vivir en Nueva York se fue aislando.
- Sí, pero cuentan que cuando alguien lo iba a ver hasta regalaba sus cuadros...
- A mi no me regaló ninguno y era su sobrino. Cuando supo que pintaba me llamó, nos encontramos y me digo: “En Chile hay un solo pintor que lleva este apellido y ese soy yo, no te podís presentar con ese nombre si querís pintar”
- Por eso te llamas Agrand...
- Por eso. En París me casé con una francesa, tuvimos unas hijas. No duramos mucho, terminé yéndome y viviendo como un clochard. Caminaba por las calles como un pordiosero y compartía botellones de vinos agrios con todo tipo de individuos que dormían tapados con cartones bajo los puentes y que hablaban francés. Cada vez que vagaba por los parques y bulevares me hacía gracia pensar que en Chile había gente que soñaba con venir a París.
- ...
- Un día caminaba por un boulevard y un tipo me paró en la calle, tuve miedo, pensé que había robado algo. “Raúl” -me dijo. Yo lo quedé mirando, sin poder acordarme de donde lo conocía. “Soy André, te acuerdas de mí” Me acordaba. André había sido el único francés que había comprado una pintura mía. Habían pasado años. “Cómo estás” me preguntó y yo le dije que mal y le conté todo esto que te he contado a tí. “Ven” me dijo y me pidió que lo acompañara. Te hubieras imaginado a un tipo vestido como un gran señor junto a un andrajoso que caminaba a su lado. El tipo se había convertido en un exitoso industrial, dueño de esta fabrica de pinturas. “De ahora en adelante vas a vivir aquí y no te vas a preocupar por nada más” Y aquí me tienes.

Era tarde. El pintor latinoamericano acababa de contar aquella última historia. Pensamos en comprar otra botella de vino. El Sordo Arias prefería fumar cigarrillos de hachís.
- Parece todo tener un final feliz – le dije al pintor latinoamericano.
- Depende del punto de vista con que se mire – sumó el Sordo. El tío de Raúl había muerto hace unas semanas en Roma, el vejete tenía 91 años. Casi todos los diarios del mundo dieron la noticia. Apenas salió ese día de casa y leyó los titulares de Le Monde el pintor latinoamericano llamó a Raúl al departamento ubicado en los altillos de la fábrica. No estaba. Nunca compraba los diarios, pero esa mañana los compró. En uno de ellos había transcrita una conversación que el presidente chileno Lagos había sostenido con él artista por teléfono cuando aún era ministro de educación. “Cuando viene a vernos a Chile” – le preguntaba Lagos. “¿Chile?, ese país está muy lejos, porque mejor no se lo venden a los japoneses y se compran uno más chico y más cerca”

Era tarde, el pintor latinoamericano se levantó de la mesa anunciando su retirada. Antes de irse y casi entre puertas, envolviéndose en su bufanda, contó el final de aquel relato. Raúl Agrand, militante maoísta en su juventud, en los tiempos de la peligrosa moda marxista, sobrino del pintor chileno más famoso; Agrand, pintor secreto de un París estrafalario había regresado un día, mucho tiempo después, a Santiago de Chile. Trató de visitar a los viejos conocidos, aquellos sujetos que habían asistido junto con él a la locura liberadora, a la pasión mesiánica. Pero Chile era otra cosa, otra locura. Visitó a sus maoístas más íntimos. Uno de ellos había heredado la Casa de Discos más antigua y grande de Santiago, otro había adquirido los derechos de Le monde politique y gozaba de los beneficios de las ventas de aquella revista y que la nueva escena política compraba cada quince días. Chile, ese país que el viejo pintor casi centenario había querido que vendieran a los japoneses ya por fin había dejado atrás sus revoluciones.

8. Cuatro a las 4

Están por cerrar, pienso, cuando suena el teléfono en mi bolsillo. Debe ser Martín, (pienso de nuevo)
-Debe ser Martín, dice Alís con su checo masticado y su tercera jarra de cerveza en la mano. Apoyo mi jarra en el porta-vasos de cartón. Era.
-Is coming? Pregunta Yara, en inglés, para que Alís le entienda. La mesera le retira su plato vacío y le pone la segunda Coca Cola, a Yara, (que buen culo tiene esta tipa) Casi no hablamos. Salvo Yara, estamos medio borrachos, esperando a Martín que ha salido más tarde que de costumbre de su trabajo.
-No te vas a pasar el resto de tu vida sin beber una gota de alcohol, le digo a Yara. De la mesa de al lado una flaca de vestido floreado se levanta para ir al baño, la miramos y yo me fijo en sus chalas blancas, de charol, con una suela de terraplén altísima. Un tipo gordo y de cabeza afeitada la cuida con la mirada, ella se pierde en el pasillo que llega hasta los baños. Cuando termino mi jarra veo por el caleidoscopio que se forma con la espuma y el vidrio del fondo de mi vaso que el que se acerca a la mesa es Martín, viene con una sonrisa. Ahora somos cuatro, nos damos la mano y pedimos una cerveza más.
-Putos rusos, dice Martín. Y pienso inevitablemente en los ciento y tantos tripulantes del Kurks que a esta hora ya deben estar asfixiados a oscuras en el fondo del mar noruego (cuyo nombre no logro recordar) Ahogándose en agua salada, mientras nosotros en cerveza (salvo Yara)
-¿Te imaginas aquella muerte?, húmeda, a oscuras, tóxica, una muerte militar, le dijo a Martín en checo. Alís me mira. Yara me mira y mira a Alís. Martín mira a Yara, que me mira y vuelve a mirar a Alís que ahora mira y le hace un gesto a Martín.
-Se refería a sus jefes, chileno huevón, dice Yara. Martín trabaja como vendedor en una tienda de cristal, de joyas de ámbar y matrioskas. Yo no dejo de pensar en los rusos muertos y se me viene a la cabeza el camión de chinos sofocados, los muertos del puerto belga. Miro a Martín, el también es de algún modo belga, de padre belga. Martín Dayen se acaba su cerveza, leo en su polera blanca: sex machine.
Somos cuatro, cuatro puntos cardinales, tan sólo de esa mesa y de esa noche. Alís al Jassaní un iraquí, ya nadie recuerda cuanto tiempo lleva en Praga, sin papeles, sin pasaporte, sin ese numerito que nos permite movernos por el mundo. Está sentado de espaldas a un gran espejo, su cuerpo encorvado, larguirucho, mira estepáricamente a Martín.
-Faltan dos meses, nos dice, tan sólo dos meses. Presiento que esa cancioncita ya se la he escuchado antes. Pienso en los chinos y pienso en Alís que toma su cerveza, libre de cualquier fundamentalismo islámico. Alguien me dijo que su padre era poeta, uno de esos poetas prohibidos. Le pregunto.
-Sí, mi padre escribe aún poesía y yo también. Tan sólo que su poesía nadie entiende.
-Ves, dice, signos raros, el lenguaje de los programadores, esos sacerdotes que lentamente se apoderan de nuestras almas.
Miro a Yara Burka. Tiene el pelo más corto que la última vez, se ha sacado las greñas rastas, a cambio la perita leninista de su cara se ha transformado en un desorden de pelos ralidos.
-Tú no debes tener muchos problemas de integración en el Cairo, con la cara de beduino y rosa púrpura que llevas, le insinúo.
-Jodidos árabes, refunfuña, ahora me hace mal beber y tú, para variar bebes más que un inglés, le dice a Alís.
Nadie de nosotros parece lo que realmente somos, nadie de nosotros es lo que realmente quiere ser, nadie de nosotros quiere lo que realmente parece. Es ese el único círculo que engloba los puntos cardinales de nuestros espíritus fugados. ¿Es ella también una de nosotros? La chica del vestido floreado regresa, Martín la mira, ella lo mira, pero no a él, más bien su pelo teñido, el bordeaux de su cabeza.
-Cuando sacas tu puto disco, le pregunta Yara a Martín.
-Cuando terminemos los clips. Miro a Alís que mira a Martín.
-Vámonos de una vez dice Yara, que se muere por que nos fumemos el porro. Un porro para cuatro.
-Con un poco de suerte nos encontramos en El Cairo, digo. Yara sonríe.
-Tendré un barco en el Nilo en diciembre. En dos días Yara vuelve a la capital egipcia, lleva siete meses de descontaminación, de ley seca.
-Qué hace un francés de origen checo en Egipto, pregunta Martín.
-Y que hace un Eslovaco de origen belga en Praga, le digo. Nos largamos a reír. Y nosotros qué, un chileno de origen chileno, y un iraquí de origen iraquí, pienso, pero no, la mamá de Alís es checa, y yo, mi abuelo era hijo de rusos o algo así, vaya mezcolanza. Nos paramos, pagamos y nos vamos por Masná.
-Una buena mierda la Kozischka, me dice Alís. Afuera dos taxistas con aspecto de tiburones deambulan por la acera.
-La carne no estaba mala, dice Yara.
-Donde vamos, pregunta, no aguanto más esta Coca Cola de mierda, me tomaré una cervecita.
-Pero si es la mejor manera de asentar el estómago, le digo. Nos detenemos, prendemos el porro, lo pasamos y nos reímos de la ley.
-Doce cigarrillos de marihuana, dice Martín.
-No chinges le digo, en mexicano, para que me entienda, Martín no sabe español, solo mexicano, del callejero. Smaller like a little, les recuerdo. Martín insiste, que ya lo han escrito. No le creo. Seguimos hacia La Comedie. La música truena, piquetea en los ornamentos y en el cornisamento del monasterio de san Joaquín, en sus realces barrocos, sus volutas y semiconchas, el movimiento de los santos. Una turba de gente se oxigena afuera, rostros sudados, risas, tacos altos, muñecas y dandíes. Salsa y música disco, en el aire hay un insoportable olor a Dolce Gavanna.
-Vamos al Chateaux.
-Sí, allá hay mujeres listas para ser culeadas, dice riendo, bromeando Yara,
-Aquí también, sólo que tienes que saber bailar y mostrar el llavero de tu auto, le digo. Nos ofrecen drogas.
-Hachís a doscientos el gramo, me dice un muchacho histérico y gritón. Llega un taxi y sale otro. Yo me siento cada vez más adentro, como en un chaleco salvavidas, flotando en los litros de cerveza de mi cuerpo. Es el porro, siempre me pasa igual (siempre digo que es el último) Al frente la vieja aduana, el Ungelt, salen y entran vagos. (¿Y qué somos nosotros ahora?) De la otra esquina salen luces de colores y música disco. Alguien me saluda, levanto mi mano, hago un remilgo inútil.
-Te acuerdas de Ramón, el español, le pregunto a Yara.
-¿Cuál?, ¿el que trabajaba en la embajada?.
-El mismo. Está ahí sentado, le dijo. Está ebrio, semi acostado en una mesa.
-Que se vaya al diablo. Yara entra al Chateaux con Alís y Martín. Veo pasar un carro de policías, miran por las ventanillas, los dealers desaparecen y vuelven a los cinco minutos.
-Hace más de tres años que no venía a este antro, le digo a Martín. La última vez una mujer se desnudó completamente y poco faltó para que se pusiera a tirar ahí, en medio de todos. Nos acercamos a la barra, los cuatro, Alís pide una cerveza, los demás lo seguimos. La música no nos deja hablar, ninguno quiere decir nada, nos miramos. Ha pasado un tiempo largo sin salir así, de noche, tarde.
-Cómo se encontraron, pregunta Martín.
-A no fuiste tú el que lo llamó. Estábamos convencidos con Yara que Martín había llamado a Alís. Pura suerte que Alís apareciera por La Casa Blu.
Salgo a respirar, no me gusta el humo del tabaco, me apoyo en la ventana, un chino chico me ofrece éxtasis, meneo la mano. Que no me joda, pienso. No me interesa, ya no quiero fumar, estoy demasiado adentro. Me cuesta hablar. No tengo ganas de hablar, la noche corre su carrera loca, la gente grita. Los viernes la gente es extremadamente boyante. Afuera la noche está fresca, caminable. Miro por la ventana, veo a Alís mirar a las chicas, tocarle un brazo a Yara, que se gira y sonríe. Más allá Martín ya habla con una muchacha más baja que él. Se tiene que inclinar para poder escucharla. Vuelvo adentro. Alís propone que sigamos, que nos vayamos a la Puerta de Hierro.
-Quiero ir, nunca he estado.
-Bebemos esto y nos largamos dice Martín, enardecido con la muchacha a su costado.
Somos cuatro siluetas borrachas y obnubiladas, casi no nos conocemos, sabemos de los otros, de nuestras tristezas y problemas. Queremos cumplirnos, Yara ha vuelto a Praga, tan sólo tres días. Nunca estuvimos todos juntos, es la primera vez. Somos todos amigos y conocidos de todos, pero nunca estuvimos así, vagando la alborada. Ya son más de las tres de la mañana.
-Extraña combinación dice Yara, como si nada fuera a propósito y nada encajara, salvo la noche y una tormenta que se acerca. Un eslovaco belga, un francés checo, un iraquí y un chileno.
-Con quien duermes esta noche, le pregunto a Yara.
-Contigo mi amor, me dice riendo. Le toco el culo. Salta más allá, riendo, payaseando.
A ratos el silencio nos engaña y pareciera que ninguno de nosotros quisiera estar allí, como si todos tuviéramos cosas urgentes que realizar. Pero nos quedamos, es un rito. La ceremonia de los viernes. Los dejo un instante, vuelvo a salir, no quiero saber de mujeres (si quieres conseguir una, no te masturbes) Voy tras las luces de colores que salen del antro de la esquina. Banana Bar. Unas mujeres en petos bailan sobre el bar. El lugar está lleno, más o menos la misma bazofia humana de camisa y corbata y pinturitas calentonas que en La Comedie. Me voy a dar la vuelta a la manzana. Una calle más allá entro al Marques de Sade. Queda poca gente. Camino cruzando el salón, como si buscara a alguien o como si acabara de salir y hubiese olvidado despedirme. No me quedo, decido regresar, pienso ir a buscar a Yara. Voy pensando en como despedirme, en qué decirles para que me dejen ir (no estoy preso, pero son los amigos)
-Where are you going so alone?, Man, dice una gringa ciclópea, bermeja, absolutamente borracha. Me coge de un brazo y me le zafo. Que fácil estaba, pienso. En ese detalle me voy dando cuenta, ahí me voy encontrando con ese puto espejo nocturno. Pienso en escribir el maldito e-mail, en irme a casa. (¿Qué hora es en Chile?) Seis horas menos, van a ser las diez de la noche. Era o no la hora en que se sentaba a revisar su correo electrónico. En mi computador hay un mensaje sin responder, desde que llegó.
-¿Dónde estabas, cabrón? Te andamos buscando, nos acabamos de mover. Estamos en La Comedie, me dice Yara.
-No jodan, no pensarán que los acompañe. No que nos íbamos a la Puerta de Hierro. Veo a Alís salir a la calle.
-Yo los dejo, dice Martín, tengo que trabajar mañana. Nos despedimos, Alís le da la mano a Martín que luego abraza a Yara. Que nos veamos mañana.
-No prometo nada, digo. Alís insiste en que tenemos que hacer una fiesta.
-Por ahí, en cualquier parte.
-Bueno, llamémonos, digo, y cada vez miento más. No alcanzo a aprovechar la oportunidad de irme cuando ya estamos caminando. Cruzamos el patio interior del Ungelt.
-Mira ese es el Legenda, el boliche del que hablaban el otro día, me dice Yara. Pasamos de largo, por el costado de Nuestra Señora de Týn llegamos a la plaza. Por todos lados hay gente, algunos beben botellones de vino, cervezas, otros fuman, una fosca de mariguana sale de un grupo de muchachos. La Plaza Vieja es un verdadero anfiteatro nocturno. Sobre el puzzle de adoquines la noche veraniega nos conmueve. Sopla una brisa, la que trae la tormenta de amanecida, el agua que limpiara definitivamente esta explanada y la que como un bautizo nos traerá el amanecer. Alguien grita a lo lejos. Son simples alaridos.
-Woodstock’s, dice Yara.
-Increíble, nunca había visto esto así, exclama Alís. Hace años que no andaba tan tarde por aquí.
Cruzamos mirando el reloj, sus tentáculos de tiempo me advierten. Caminamos separados, nuestra andanza no tiene orden, me adelanto, soy el único que lleva sandalias, el único vulnerable, me siento anodino. Un poco más atrás Yara, unos metros a su derecha Alís. Somos una caterva de prosélitos. Me pregunto si somos de temer, si alguien nos respeta. Nos movemos en la noche llena de rostros macilentos, lejanos de los jabones y las sales de baño. Más lejanos aún de cualquier religión.
-Vámonos por Melantrichova, le digo a Alís, que sigue sin escucharme, cruza la Pequeña Plaza hacia Jilská. Llegamos al callejón de la Puerta de Hierro, bajamos a paso firme por las escaleras que nos llevan a la catacumba. Gringos salen y entran, nunca he estado ahí. La noche ya muere, quiero preguntar por un tal Scott, el cocinero, le conozco, es mi vecino, me arrepiento. A estas alturas ya casi no hablamos, estamos mustios, cansados, dispuestos a olvidarnos de nuestros nombres con tal de irnos a dormir. Salimos, el aire del sótano es irresistible. Un hipogeo de cuerpos desordenados. El grajo y el humo de cigarro terminan conmigo. Yara se decide a romper ese silencio que nos domina. Nos sentamos en la escalinata.
-¿Y qué? Se bebe o qué, pregunta. Lo quedo mirando. Alís me mira, hace un gesto con la barbilla. Llega un tipo, más borracho que nosotros. Se nos queda mirando. Y a este huevón que le pasa, pienso.
-Está loco, dice Yara. No tiene miedo, está ahí parado antes de entrar. Lo miramos todos, los tres, ya somos tres, Martín debe estar durmiendo, leyendo o masturbándose. Nuestras miradas son severas, como diciendo no te metas con nosotros, somos los más malos esta noche. Pero no lo somos, sí los más raros, incatalogables. Vagos nocturnos, imposibles. Me paro, quiero irme, camino por el patio. Me apoyo a unos metros sobre la pared. Leo una placa a un caído.
-Yara mira, le digo. Emmanuel Piños cayó aquí en agosto de 1945. Nació en 1888.
-Pero si es un nombre español, qué hace aquí, me pregunto. A Alís le da exactamente lo mismo.
-Tú no entiendes camello, le digo. Se ríe.
-El 45 es el fin de la guerra, ¿no es cierto?, me dice Yara.
-¿Cuando emigró tu padre?, le pregunto.
-El 49 o el 51, ya no me acuerdo. Decido irme.
-Bueno, donde duermes esta noche.
-Pues en tu casa, me dice Yara.
-Alors mon ami, j´parte à la maison. Y tú qué Alís. Que nos vayamos con él a Petrovice.
-Donde vives, me pregunta.
-En Letná, menos de media hora caminando. Su autobús pasa en treinta minutos así que propongo que nos vayamos al Marques de Sade.
-Tomémonos la última cervecita, digo. Y nos vamos caminando. Yo me quedo pensando en el destino de aquel español (algún refugiado de la Guerra Civil, seguramente)
Salimos a Michalská.
-Yara sabes que...
-Oye mi amor ven acá, dice una voz. Por la calle dos jóvenes gitanas se me acercan, me agarran el culo y yo supongo que me están cartereando. Pero no pueden, no llevo casi nada conmigo.
-Do you want sex?
-Soy de aquí mi amor, no pierdas tu tiempo conmigo.
-Ah, y por eso no me la vas a meter, te hago un descuentito.
-Con mi mujer me sale gratis, gracias de todos modos. Como explicarle que la que es mi mujer está seis horas más atrás en el tiempo, seis mundos más atrás, seis continentes, ni Yara, ni Alís sospechan que yo vago en un fuego interno, saltando como un malabarista, jugando a las preguntas, envuelto en la margarita universal, en el arte de deshojar la flor de las adivinanzas, la ruleta del olvido. La olvido, no la olvido, la olvido, no la olvido... pienso nuevamente en ella, en aquel acuerdo de término. Tu aquí y yo allá, del otro lado del charco, dice su e-mail. Trato de recordar el mensaje aun sin responder que esconde mi buzón electrónico. Quiero irme a casa, escribir un mensaje electrónico, una descarga de neutrones que termine conmigo masturbándome ante sus fotografías. Las muchachas se han ido, Alís se ríe como si las conociera, como si él fuera el patrón. Pasamos junto al Happiness.
-Vengan entremos, aquí tienen Kelt. Pido una.
-Esperemos aquí tu autobús. Están cerrando, me quedo pegado en una mirada. El mesón del bar son puertas viejas, apoyo mi vaso en uno de los entrepaños. Alís pregunta la hora.
-Faltan diez minutos. Bebemos y nos marchamos. Un viento tibio empieza a esparcir papeles y hojas. Pasamos por el Marques, está cerrado. Ya en Namestí Republiky empezamos a separarnos. Alís insiste en que Yara se vaya con él.
-¿Vas o no?, le digo.
-Sí, contigo.
-Bueno, nos vemos Alís, cualquiera de estos días. Le doy la mano. Suerte con lo del pasaporte eh. Me largo a caminar, empiezan a caer goterones y presiento que no alcanzaremos a llegar. Yara me alcanza.
-Apúrate quiero dormir de una vez. Se larga a llover, es una borrasca, un vendaval, nos refugiamos en un banco. Miro hacía adentro imaginándome al portero nocturno que llega, abre la puerta y se pone a hablarnos. Los transeúntes corren a alcanzar el tranvía nocturno. Veo pasar el bus 505.
-Ese es el de Alís. Los próximos 40 minutos los pasará durmiendo hasta que despierte automáticamente justo en Petrovice o el chofer lo bote. La lluvia se calma, seguimos andando y no hay ningún portero, ningún guardián. (Esas cosas pasan en las películas, no en los cuentos) Cruzamos el río, casi no llueve. El piso está mojado, me detengo a mirar los tajamares del puente.
-Vamos chileno, me dice Yara.
-Ya voy francés, le contesto. Veo el túnel que sube a Letná.
-Vamos por ahí le digo, mostrándole la boca floja del túnel, que parece un bostezo. Entramos, nos vamos caminando por una de las orillas, escuchando el ruido ensordecedor, el rumor permanente del monstruo, el gruñido de los autos. El túnel huele a gases, a tierra, todo el camino vamos pisando el polvo acumulado.
-Ah, de nuevo en El Cairo, dice Yara, eso allá es así, con este ruido permanente. Cierra los ojos y concéntrate, al abrirlos podrás ver las pirámides.
-Loco de mierda, le digo, mientras el amanecer se dibuja a lo lejos, detrás del calipso volvemos a casa. Van a ser las seis, es media noche en Chile, hora de ir a dormir.

9. Volver

Era un encuentro extraño, como todos los de ese tipo. En orden y paz Chile avanza decía uno de los avisos luminosos que reciben a los turistas del Holiday Inn. Le recordó la propaganda de las dictaduras de Europa del este, le molestaba. Más que aquella, que habían instalado al frente de la UNCTAD III, que ahora llamaban edificio Diego Portáles. No se atrevió a cruzar la calle. Desde la esquina se quedó mirando como las micros pasaban raudas hacia el Santa Lucía mientras un paco bostezaba apoyado en una Uzi, las conocía, de un curso en la RDA, podía armalas y desarmarlas. A pesar de sus dogmas estaba contenta de haber preferido Roma como periscopio hacia esa larga y angosta faja de tierra. Parecía reconocerlo todo y todo a la vez le era diferente. La Fuente Alemana, Baquedano cagado por las palomas en su existencia metálica. Reconocía los espacios, los lugares a pesar de sentirlos lejanos y veloces. La gente corría atareada, hombres de corbata reían detrás de ventanales con ofertas de chacareros y churrascos palta. En la vereda de enfrente leyó Cine Arte Normandí. Pensó que se había equivocado de país, este no era el mundo del Correo de la Sera donde habían muertos en la esquinas y revueltas de estudiantes. Esta no era la pocilga de una dictadura fascista. Se llevó la mano a la cartera para sacar un pañuelito y limpiar sus anteojos. Detuvo una P. de Valdivia - Blanqueado y le preguntó al chofer si pasaba por el Pedagógico.

- A unas cuadras - le contestó el muchacho que cortaba los boletos. - La 3C pasa por Macul -agregó insinuándole que se corriera para el fondo o que se bajara. Pagó el boleto y deseó recorrer a propósito esa cuadras por donde hacía años habían salido marchas estudiantiles a apoyar al "compañero presidente". Se rió para sus adentros, entonces ella era una niña.
Claudia se acostumbró de a poco al silencio, a la permanente vigilancia de uniformados de azul y sobretodo a las rejas que rodeaban la escuela. Le era imposible no pensar que las escuelas parecían hospitales y que la pulcritud de los pasillos era el reflejo de aquel nuevo progreso. Impávida pensaba en la editorial rusa que llevaba por nombre este slogan militar.

La junta de militares hablaba de paz, sobretodo Merino con voz de borrachín dando sus informes sobre humanoides los días martes. Sintió pena de esos profesores testarudos. Un tal Salgado en filosofía daba un seminario sobre el Pato Donald, de otro, medio cojo se sabía que un año después del golpe, ante la crítica de un estudiante se había exasperado gritando que entre ellos había un marxista. El estudiante a los días desapareció pasando a integrar la lista de crímenes del gobierno y de los reprobados del profesor Lebech y de su seminario de Santo Tomás. Un tercero había salido de prisión, un tal Robertson, estaba preso por participar en el asesinato del General Schneider, ese ganster era su profesor de Historia Antigua. Se preguntó si valía la pena estudiar entre semejantes sátrapas. Sin embargo se encontraba allí, reencontrándose, tratando de vivir de nuevo, a pesar de tener aún la mirada lejana. Habían sido largos años, doce en total. Años en que Europa trató de atraparla con amores inconclusos que luchaban con amistades pétreas que la hacían mirar a ese acongojado país de donde ella provenía. Todo la desafiaba, cualquier diálogo era un caleidoscopio de intenciones. Era la ocasión de verse nuevamente envuelta en el chantaje social de toda revolución. Se vio entre jóvenes, diferentes, más cautos. Entonces conoció el miedo, no el de ella, ya que se sentía protegida por el destino, sino el de los otros. Los pizarrones que había dejado no eran los de entonces, las bibliotecas estaban vacías. Tipos de charreteras estiraban sus botines sobre las mesas académicas. Claudia se dio cuenta que no iba a ser fácil.
Salió al patio la tarde del primer paro, el corazón le latía y cuando sintió por primera vez el escozor de las bombas pensó en correr. Pero no pudo, apretó los libros contra su pecho y se dirigió hacia el grupo de muchachos que tambaleaban un auto para cruzarlo en Avenida Grecia, se sumó al grupo de mujeres encapuchadas que escarbaban piedras y adoquines. Se sintió por fin en casa. Pensó en las colectas de dinero en Roma, en los viajes a reuniones absurdas en Praga, en sus amigos del Intiillimani cantando de pueblo en pueblo. Se había por fin integrado a la locura de ese tercer mundo que era Santiago de Chile.

Los meses pasaron como si fueran las ventanas del tren a Chiloé que cada año salía a trabajos voluntarios llenos de niños que jugaban a irse al monte o a capturar al Caleuche. Pero el verano que otros ofrecían como ofrenda a una lucha casi abstracta era para Claudia de trabajo, tardes de café-concert y lectura. Los veranos en la capital eran largos y ardientes. La Librería del Cerro era una forma de sentirse libre, llena de libros y revistas en el barrio bohemio más austral del mundo. Barrio, donde Eduardo Gatti vendía discos que le recordaban su adolescencia en Piedra Roja cuando la música de Los Blops era junto a la de los Jaivas la expresión del hipismo chileno. A unas calles estaba La Chascona, una de las casas de Neruda. Cuando quería volver a otros tiempos salía a caminar por el barrio, a encontrarse con sombras que la asaltaban y la hacían reir, gente que hace tiempo no estaba, fiestas en casas de amigos idos, atraques con novios pasajeros en el Parque Forestal. Conversaciones con los fantasmas de amigos desaparecidos.

Las aulas se fueron convirtiendo en anfiteatros donde sus veintiseis años de momento dejaban de serlo. Ese mar de jóvenes que la rodeaba día a día la transformaba llenándola de ganas y de valor. Así se sentía viviendo el tiempo que le habían robado y olvidando el miedo que le causaban los helicópteros militares. A pesar de que la historia que estudiaba era un devenir de inviernos había vuelto a querer los riesgos, a safarse de las rutinas y a asistir a reuniones clandestinas que bien sabía que de poco y nada podían contra los cientos de fusiles, aviones supersónicos y tanquetas que desfilaban cada diecinueve de septiembre ante el gesto grotesco de un anciano furioso, cuya fotografía en lentes oscuros, había dado la vuelta al mundo y que la ceguera de sus lentejuelos italianos confundía con Jaruselski. Para ella eran ellos la misma cosa, aunque prefería no decírselo a nadie. Con estado de sitio o sin el, sabía que había un orden fuera de esas latitudes, un orden que ella había alcanzado a vivir y que tejía una tela que nadie de los que ella conocía podía entender. El mismo orden que de pronto un día la interrumpió para decirle que cualquier cosa daba lo mismo cuando se trataba de soportar su propia ausencia. La idea de ella lejana.

Aquella mañana su ausencia, esta vez la de ella, llamó primero la atención de sus amigas, dos muchachas más jóvenes con la que solíamos verla sentada en el comedor comiendo o en la sala de estudios. El día anterior habían salido los estudiantes a la calle. Otra de las innumerables marchas. Dicen que el auto que la arrolló se quiso detener, pero ante la lluvia de piedras y bombas molotov siguió, doblando una esquina para no volver. Los pacos que llegaron junto a la ambulancia que se la llevó se encoguieron de hombros.

- Eso le pasa por andarse metiendo en gueva' -- dijo un teniente joven que de seguro tenía la edad de ella. Claudia no volvió en sí. Sus padres la internaron en una clínica privada donde pudieran confiar en su rehabilitación. A los cuatro meses mientras tipiábamos un esténcil para hacer panfletos, la radio Cooperativa dio la noticia. La conocíamos todos y sin embargo sabíamos tan poco.

- Claudia ya no vuelve.-- dijo el locutor, pasando al informe del tiempo.

Abril 1986 / febrero 1998

10. Marta Contreras

El Seminario Conciliar de La Serena era un colegio de curas bachichas, ubicado a los pies del regimiento Arica en calle Manuel Rodríguez. Los barnabitas eran una congregación de hombres rudos, que habían llegado a estas tierras a salvar las almas de campesinos italianos, que habían arribado a su vez al norte chico de Chile. Venían a sembrar los patios traseros de pueblos de pescadores, que habitaban estas latitudes desde antes que las descubriera para Europa un español.
Durante mi secundaria en el Seminario no gocé de muchos amigos, era de esos muchachos precoces de cabeza pero diminuto de talla. Tenía ideas locas sobre el mundo, la gente adulta me parecía farsante, la triste prolongación de familias provincianas formales y de un santo padre casi ausente. No sabía si encontraría algún día amigos que pensaran como yo, que quisieran hacer los viajes en los que yo soñaba. Cuando ya iba a salir del cuarto año, el último antes de la Prueba de Aptitud Académica, habíamos empezado a conocernos más entre el chato Marco, el flaco Patricio y yo. Nos juntábamos para ir al Cerro Grande a leer literatura prohibida, escuchábamos música de antes del golpe y cuando encontrábamos alguna revista de aquellos años la hojeábamos entera, hasta nos divertían los avisos. Hubo pocas cosas que lograron afianzar nuestros ideales, "... pocas pero importantes..." decía el flaco Patricio. Libros, amigos, peñas. Así fue como más de una vez mi mamá dejó la tendalá en la mesa, al verme leyendo un libro de un tal Marx, que ni siquiera era de él, si no del autor de El Arte de amar, un tal Fromm. El flaco siempre me prestaba libros, me hablaba de un tal Guevara, argentino patiperro que había hecho la revolución en Cuba y que lo habían matado en Bolivia; de un amigo suyo que nunca tomaba Coca Cola ni usaba jeans; también de la reforma agraria y de otras yerbas. Mi mamá era en el fondo una burguesa sin remedio, "... como la mía, compadre..." decía. No se le podía contar nada de lo que me hubiera contado el flaco. Se ponía histérica. "Anda inmediatamente a lavar los platos...“, ¡con Rash! O a sacar la ropa de la Fensa para que se la estrujara. Y eso que sus hermanos habían sido buena onda, eran de los que se agarraban a cadenazos con los momios, en los tiempos de la UP. De esto yo me enteraba por mi abuela, que vivía en Santiago. Una vez pregunté durante el almuerzo quién había sido Recabarren, todos se quedaron mutis, como pasmados, mi papá que sabía, hizo un gesto extraño y se levantó de la mesa. "Se hacen los cuchos, flaco...". De niño mi madre me había llevado al Teatro Nacional, que con el tiempo, y después del terremoto de los setenta se transformó en una Shell. Allí había asistido de siete años a uno de los discursos eufóricos de un caballero que por tercera vez intentaba ser presidente de la república. Se llamaba Salvador Allende. Como yo era muy chico y me aburría rápido, me había puesto a llorar. Quería que nos fueramos a casa. También me llevaron a manifestaciones de gente pobre, venían de las Compañías o de La Antena, hasta de Tierras Blancas. La Serena se particulariza por tener sus poblaciones pobres retiradas de la ciudad. Así la pobreza la ven sólo los pobres. Llevaban carteles y pancartas que llamaban a votar por una tal Amanda Altamirano, ocupaban toda la calle Balmaceda, desde el Seguro Social hasta Cordobés. La primera vez que visité una de esas poblaciones fue para una peña folclórica en la Compañía Alta. Con el chato Marco teníamos entradas para una fiesta de niñitos de buena familia, como nos gustaba contradecir y molestar nos habíamos vestido con ponchos chilotes, para joder. Nos disponíamos a entrar cuando llegó el flaco con que "... tengo unas entradas para una peña.". Así fue como nos subimos a una micro vieja y destartalada, yo iba muerto de miedo, mi mamá me hacía bailando a los Village People y no exponiéndome a que me cogotearan por un par de zapatos. Después de caminar varias calles sin alumbrado público, mirando para todos lados, llegamos a una casa que era una junta de vecinos. En el patio había una gran carpa llena de gente que escuchaba el guitarreo de un músico del barrio mientras mordían unas empanadas. Cuando la muchacha que atendía nos preguntó "...¿Qué toman los compañeros?..." yo ya me sentía que la revolución estaba por empezar y que gracias al flaco habíamos llegado a tiempo. Me acordé de un fogón con pitos y vino que habíamos tenido en el Faro. El chato Marco se las mandaba con una botella de Casillero del Diablo que había comprado diciéndonos que era un vino caro, uno de los mejores. "Traiganos una botellita de Casillero del Diablo...", le dije. El flaco se dio vuelta a mirarme con cara de herejía. "No huevís..." "... una jarrita de vinito navegao, compañera por favor...". Había metido las dos patas, de tal manera que no sabía dónde meterme de vergüenza. Me sentía un burgués. Pero el flaco, camino a casa me habló de lo peligroso que eran las peñas, sobretodo para la gente que las organizaba. Había tipos que en su borrachera empezaban a gritar "... libertá, libertá...". Y otros que andaban de sapos. El flaco y el chato eran buenos amigos, me habían perdonado. Después de todo, yo con ellos era recién un aprendiz de rebelde.
Pero de todo, lo que más me abrió los ojos, y llenó mi corazón hambriento de aventuras y heroísmo, fue la música. Trataba de imaginarme a un tal Víctor Jara que le habían roto las manos en el Estadio Nacional, usado como campo de concentración. Conocía a los Inti, un grupo folklórico, se habían quedado dando vueltas por Italia. Resultaba fácil acordarse de ellos por lo famoso que llegaron a ser. Sin embargo no puedo borrar de mi memoria aquellos discos todo viejos que desenterramos una vez con el flaco. Estaban guardados en un baúl muy viejo, bajo el piso de su casa. Habían pasado ocho años escondidos, entre papeles de diarios y revistas Ritmo, librillos de la Quimantú y afiches anunciando la visita de Fidel Castro a Chile. Aparte de las revistas, lo que más habían eran libros de una editorial rusa, "... la Progreso..." me decía el flaco y parecía ser la que publicaba todo lo que nosotros siempre habíamos querido leer. Los discos eran, casi todos, de blues y melodías pegajosas, las mismas canciones que tocaban en Música Libre. Entre ellos, sólo dos discos eran de una cantante, sólo interpretaba los sones de Guillén, un poeta cubano que nunca llegué a entender. Fue como un tesoro escuchar su voz lejana, las letras raras de los sones, llenas de palabras que no entendía. " Són gorocosongo só...". Volvía la sensación de unos ideales oníricos, ideales que habían estado en la cabeza de esa gente pretérita, gente de la cual nadie quería hablar. " Siempre en la cabeza..." decía el flaco, porque el corazón era territorio de los burgueses. Que ganas teníamos entonces de hacer cosas. Rayar paredes, ir a reuniones clandestinas. Soñábamos con ser comandantes, como Edén Pastora en Nicaragua, que se había sacado la capucha ante las cámaras de televisión, desafiando a Somoza, mientras subía al avión a la fama, o a su finca de cocodrilos en Panamá. La señora que giraba en el vinilo de esos discos se llamaba Marta Contreras. La tarareábamos siempre que podíamos, como desafiando a los que pasaban por la calle, por si algún momio nos oía.
Al salir del Seminario, con el flaco nos dejamos de ver, los curas desaparecieron de mi vida y con ellos la religión. Yo me fui a estudiar a Santiago, aquellas tardes de música y filosofía desaparecieron de mi vida. Pasé mucho tiempo en la casa de mi abuela en Santiago, al principio sin tener mucha confianza. Vivía en San Miguel, en la Av. La Feria, un lugar bien peluo al costado de la Victoria, una famosa toma de terreno con más de quince años de vida. Con los meses me fui instalando, como es normal, uno de a poco va entrando en confianza. En las tardes me gustaba escuchar Radio Chilena, tocaban música latinoamericana, media onda protesta. Un día intruseando en un armario lleno de cajas de cartón, encontré entre discos viejos, unos de un tal Paul Anka y otros de Los Iracundos, y entre todos ellos, la sorpresa de ver de nuevo a la Marta Contreras, me acordé del flaco, hacía tiempo que no nos veíamos, tuve nostalgia de aquellos días en que arreglábamos el mundo desde la ventana de su pieza. Mi tía, que vivía con mi abuela, tenía un equipo IRT, así que cuando no había nadie en casa sacaba el disco y lo escuchaba, mejor cuando no estaba su marido, facho vicioso que se gastaba toda la plata que ganaba de taxista jugando a los caballos, pasaba metido en el Hipódromo. Además el taxi lo trabajaba a la negra, no le podía pasar nada, su hermano era chofer de los tiras. Su sola presencia en la casa simbolizaba para mí la sospecha de una delación. Fue un poco por él, que finalmente me fui a vivir solo. No lo soportaba cuando empezaba a hablar a favor de los milicos. Además gracias al flaco me habían presentado a amigos en Santiago. Yo había empezado a participar en marchas y protestas y no quería por nada del mundo que se enteraran en mi casa.
Tres años después, acostumbrado ya a hacer todo solo, arrendaba un cuarto con un amigo en calle Santa Rosa. Tuve incluso un primer amor y aprendí a arreglármelas con un billete que me mandaba mi viejo a fines de mes, lo gastaba sin la intervención de nadie. Me alcanzaba para comer, pagar la pieza donde vivía, y comprar, donde el Chocolo en Agrícola o en los Catorce de la fama, una caletita de mariguana. Hasta ponía plata cuando en la escuela teníamos que hacer una vaca para sprays, para salir a rayar paredes en las noches. Las paredes que tanto había querido pintar. En una ocasión, llevado por un arranque de sinceridad, le pedí a mi madre que me tejiera un suéter negro, incluso fui capaz de contarle que era para que no nos vieran en las noches de panfleteos. Casi me morí de la sorpresa cuando al tiempo fui al terminal norte a retirar de las oficinas de Tas Choapa la encomienda que traía un hermoso suéter en punto arroz de un intenso color rojo. Mi madre creía que así evitaba mis andanzas nocturnas. Entonces ya era miembro de la Jota, como le decían a las Juventudes Comunistas. Me sentía orgulloso de mí mismo, de poder participar por fin, de lo que los compañeros llamaban: la revolución.
Fue en el Pedagógico de Santiago donde conocí a Claudia. Estaba recién llegada del exilio y éramos compañeros de partido. Con el tiempo nos hicimos amigos, a mí me gustaba un poco, ella tenía un aire de experiencia que hipnotizaba. Sin embargo, ella prefería tener amores con un viejón de la Izquierda Cristiana. Era como cinco o seis años mayor que yo. Así, rápidamente, mis intenciones se convirtieron en una amistad que duró hasta el día de mi partida a Europa. Un día que habíamos terminado una reunión en su casa me dijo, que me quedara a tomar onces, empezamos a contarnos cosas personales, algo de su vida, algo de la mía, supe que sus viejos vivían en otra casa y que tenía un boliche de libros viejos en el barrio Bellavista, el barrio bohemio de Santiago. Allí donde estaban los mejores cafés, las ferias artesanales en verano, los teatros callejeros de febrero, algunos biógrafos y la Chascona, una de las casas de Neftalí Reyes, conocido en el mundo como Pablo Neruda. En aquel entonces yo ni siquiera sospechaba que llegaría a conocer las tierras del poeta que le había prestado su nombre. Allí estaba su mundo, incluso, justo a la vuelta del Café del Cerro. La parte trasera de la tienda, al subir unas escaleras cubiertas por una cortina, daba al mismo café. Después, varias veces, fui a su librería, me sentaba a leer libros, gratis, o a escuchar la música que caía desde el café a la tienda, que alguna vez había sido un garaje. Cuando Claudia no estaba, me quedaba un rato esperándola, conversando con su madre. La señora tenía un aspecto maternal que abrazaba, un calor familiar que me hacía estimarla. Cuando Claudia llegaba, me despedía de la viejecita, y nos íbamos por ahí, a comernos un completo con un shop. Otras veces que pasaba a verla, Claudia me dejaba un papel en la puerta de la librería diciéndome que estaba en casa de sus padres, a unas pocas cuadras. Llegaba a esa casa de mampara vetusta que me hacía recordar las historias de la casa de mis abuelos. Una casa grande y antigua que ya no existía, en el centro viejo de La Serena. Nos sentábamos a tomar el té con pan amasado y a hablar de política. Con Claudia nos habíamos hecho buenos amigos. Con los años se me había llenado la vida de gente nueva, nuevas caras, nuevos carretes, nuevas esquinas. Las tardes de música y poesía en la casa del flaco eran tan lejanas que su puerta en calle Benavente se fue alejando hasta de mis recuerdos. El flaco se había casado y vivía en otra parte, con su mujer, en la casa de sus suegros.
Una tarde de otoño, cansado y mustio, después de clases, hicimos otra de las tantas reuniones en casa de la Claudia. Como de costumbre ella y yo nos quedamos después de la reunión conversando. Me empezó a mostrar recortes de diarios, fotos de ella con su ex-novio, músico de los Intiillimani. Una foto en particular, recuerdo, me llamó la atención, en ella estaba su madre, era una señora hermosa, parada con un micrófono en la mano, en un acto político en el Teatro Caupolicán. Claudia me dijo "... está cantando...". Era una presentación que había hecho cuando regresaron del exilio. Así fue como me enteré que la viejecita con la que solía hablar, cuando ella no estaba en la librería, y que cocinaba el mejor de los panes amasados del mundo era Marta Contreras.
Santiago. Abril de 1987 - Praga. 1998

11. La Cita

Era como querer volver a tenerla, multiplicada, cada instante libre. Recuperar así algo perdido en el sudor del tiempo, ansiaba tenerla, rápidamente. Había llegado a la pieza un poco antes. Quería esperarla. Había pasado una semana desde la última vez que se habían visto. Ella iba a venir a verlo. Irían juntos al cine. Daban una del Gordo Porcel, donde la Jiménez se veía enterita desnuda. Irían después a tomarse unas maltitas con huevo, al lugar de siempre, en Teatinos.
Calle Doctor Brunner escondía el nidito que habían conseguido, gracias a su trabajo de vendedor de seguros, que le daba un aire de solvencia. La dueña de la casa, que había puesto el aviso en La Cuarta, estaba contenta de que fuera "... alguien con nivel", –decía, para que no se le fueran a ir de repente sin pagarle. En un principio no les pareció un lugar muy decente. Por la noche la esquina se transformaba en un puterio y en la misma calle había una casa con un farol rojo, que no necesitaba de ningún tipo de letrero para que se supiera de que se trataba el asunto. El precio resultó ser bastante económico y la casona de paredes de mampostería se encontraba siempre muy limpia. Por los vidrios de la mampara cruzaban rayos de luz que hacían brillar el encerado en los maderones pulidos. Al final no tuvieron objeciones. A media cuadra quedaban Los Adobes de Argomedo, donde habían ido a comerse una parrillada, a una semana de haberse conocido. Además si el local aparecía cada cinco minutos en Sábados Gigantes no podía ser mal barrio.
Mientras veía pasar los minutos, solo, esperándola, empezó a preparar pan y a cortar torrejas de queso. Puso dos vasos sobre la mesa y sacó una botella de pisco de un mueble que hacía las veces de despensa. Que se vieran nuevamente iba a ser otra ceremonia secreta, escucharían las canciones de Lucho Gatica, que salían del disco, como de un carrusel de vinilo. Se percató que nuevamente habían entrado ratones durante su ausencia. No había querido contarle de ellos, sería como decirle de plano, que dormían en una pocilga para ahorrarse los quinientos pesos del hotel. ¿Se alejaría de un loco, capaz hasta de vivir con la presencia de roedores en la casa? Ella los odiaba, le daban asco. Recordó la anécdota que le había contado un colega. Vivía en una casa de huéspedes y le había prestado la pieza a un amigo, a condición de que trajera sus propias sábanas. Volvería durante la mañana, como las nueve -le había dicho. El tipo no tenía donde. El colega se pasó toda la noche caminando, visitando las fuentes de soda de Plaza Italia, asistiendo a sirenazos de ambulancia, dialogando con borrachos y mujerzuelas, bebiendo litros de café para no dormirse y mirando el reloj hasta que por fin amaneciera. Así había pasado la noche hasta las ocho de la mañana. Cuando regresó, trató de hacer el mayor ruido posible. Pero justo cuando se disponía a abrir la puerta de la pieza, vio al gato de la casa de huéspedes colarse hacia la habitación, llevando en sus fauces un ratón que aún moría. La muchacha pegó un salto, y como no había nada más alto que el velador, se encaramó levantando las manos entre gritos de pánico y gestos de desconsuelo. La pobre, se había puesto toda rojiza, al darse cuenta que estaba completamente desnuda y que de su cuerpo tibio y terso aún salían los olores del sexo.
Se sirvió una tasa de té para acompañar el pan con queso, mientras mordía el sánguche, recordó los primeros paseos por la Quinta Normal. Qué pasaba, que no llegaba. Sentados en una banqueta, ella le había dado el primer beso, el que lo había hecho enamorarse de inmediato. Se sintió feliz y descansado, iba a cumplir cuarenta años; de tanto hablarle a las cajeras de Falabella y a las telefonistas de Entel, había tropezado con ella, en una fiesta, donde menos esperaba conocer a alguien que le interesara. Le había preguntado algo de unas micros, queriendo irse, justo cuando ella se marchaba. Se fueron juntos a la parada. Desde entonces se empezaron a ver para ir al cine o al show de Coco Legrán. Que a ella le gustaba tanto. La esperaba con ansias, con pasión, andaba con un ánimo de prometerlo todo, incluso que se fueran lejos a vivir juntos. Salió al patio a mirar por el vestíbulo si aparecía su sombra detrás de los cristales de la puerta. Estaba preocupado, la había notado un poco ida, extraviada, como un día nublado. Incluso llegaron a caerle lágrimas cuando pensó en que pudiera llegar a dejar de quererlo. Manoteó las volutas de humo de un Winston, pronunció su nombre en voz alta. Lo repitió como jugando a ser un brujo que la llamaba entre bailes y supersticiones. Se arregló la corbata y le sacó brillo a la punta de los zapatos. Pensó en la promesa que ella le había hecho de tejerle un chaleco y de que irían juntos a comprar la lana donde los turcos de Patronato. Para pasar la espera que se alargaba decidió cambiar de apariencia. Se sacó la corbata y la camisa. Se puso una polera deportiva y cogió de un cesto un juego de sábanas limpias. Hizo de nuevo la cama y se fue al patio a lavar las viejas en la pileta que servía de batea. Salía un agua de hielo por la cañería y le pareció formidable que de pronto llegase y lo viera lavando. Volvió a asomarse al pasillo, con las manos congeladas y forradas en la espuma de la lavaza. Se frotó las manos, una madeja de burbujas cayó al suelo, deshaciéndose lentamente, una tras otra, hasta convertirse tan sólo en una mancha húmeda. Su lavandería duró las dos sábanas y un pantalón de cotelé. La casa seguía vacía y ausente. No quiso esperar y salió a sentarse a la calle, cogió un librito, y se puso a leer en los peldaños de la entrada. El Vendedor más grande del mundo de Oj Mandino. Buscó pretextos para justificar su ausencia, el retraso de una micro, un operativo militar. Trató de encender un cigarrillo, pero una brisa lo obligó a esconderse detrás de la mampara, voltearía la cabeza con un Winston entre los labios y la vería llegar, -pensó. Pero a lo más vio una Chevy color caramelo estacionarse junto a la panadería de la esquina. Una pareja de escolares cruzaba la avenida que daba a su calle, mientras un vendedor de limpiaparabrisas hacía señas a un taxista que sin detenerse desaparecía por Avenida 10 de Julio. Unas casas más allá, una pareja se sentaba en el balcón a conversar, ella se limaba las uñas, mientras el muchacho hojeaba una revista, ambos hablaban e ignoraban su espera. Un señor, en una camisa húmeda de sudor que dejaba ver una camiseta, se subía a la Chevy, que desaparecía de la esquina. Un bocinazo hizo volar a las palomas de la techumbre de la casa de enfrente. De entre las tejas salían ramos de paja, parecían alguna vez haber florecido y luego haberse secado. El grito estridente del tránsito se apaciguaba en el naranja de un sol que teñía de crepúsculo las veredas. Cerró el libro, no podía concentrarse. Cerró la puerta y cruzó el vestíbulo, entró en la pieza. Cerró las ventanas, mientras lo hacía miró las sábanas húmedas colgadas como cadáveres en la soga, cómplices de sus inquisiciones. Se estiró en la cama, acribilló en el cenicero un último cigarrillo. Mudo de pensamientos se volteó. Volvió en sí. Sintió ganas de ver el mar, en el velador no encontró nada que lo ayudara. Se levantó, cogió la chaqueta. Del bolsillo sacó su billetera, la abrió y vio las fotografías. Sonrió, volvió a sentirse ese cansado héroe cotidiano que trabajaba por el bienestar de su familia. Esta vez llegaría temprano. Habría sido un día de poco trabajo en la oficina. Su esposa, después de tantos meses, estaría contenta de verlo llegar puntual a la cena.

Santiago de Chile, Septiembre de 1987
Praga, Mayo de 1998

12. Nunca más

Ya vámonos de una vez, le había dicho el flaco González, muerto de borracho, el conchudo lo invitaba a chupar y después tiraba pa la cola, es que se trataba de unas copitas no más pus compadre, le decía, a usted se le calienta el hocico pus cumpa y no hay quien lo pare. Y es que usted no se ve como se pone, le vienen los mareos y se nos anda cayendo, después se pone a güitriar y como la cuestión se contagia, terminamos todos vaciando la vianda, como si tuviéramos plata pa andar votando lo que uno recién ha almorzao y ganao con el sudor de su frente pue. Gonza no seas mariquita vamo a ponernos la última rondita, si total: entre ponerle y no ponerle, mejor ponerle. Agarró el chuirco de vino litriao y llenó los vasos, brindaron estruendosamente, las copas se estrellaron vaciando el vino al suelo cubierto de orines y boletos de micro. Apretó el pucho contra la concha de loco en la barra y sintió que la última era la vencida. Concholepas, concholepas pensó mirando al molusco humeante que se le volvía doble en una marejada de humos que se le iban deshaciendo. Sintió un mareo y de un golpe se cayó, seco al suelo, aterrizando de hocico pue doña Clarita, se lo vengo diciendo desde que nos conocimos en la cana, se acuerda del operativo, cuando nos encontraron los panfletos que habíamos guardado de puro huevones que somos. No supo más. No se acordaba si lo habían levantado inmediatamente o se había ido como otras veces de voltereta en voltereta, a codazos por las paredes, hasta llegar a su calle y caerse en la mecedora donde doña Juanita, su madre, que vendía atados de flores los domingos. Se sintió tieso, esta vez no era broma, no vuelvo a tomar de esta manera pensó, seguramente se había golpeado de tal manera el mate, que se había hecho algún daño. Abrió los ojos, pero no veía, sintió que le faltaba el aire, que borrachera más jodida, menos mal que es domingo, día de descanso, apenas me levante me voy para el mercado a ponerme unos marisquitos, con una sopita marinera se me van a ir todos los tiritones. Pero si no sentía frío, por el contrario, se sintió bien arropado, por las rechucha, no podía entender que abriera los ojos y viera todo negro, la puta, esta es una del González, flaco desgraciao, de puro picao porque le gané chupando. Trató de mover los labios y sintió un leve sabor a flores. Pero quizá qué mierda estuve chupando que ya ni me acuerdo. Llamó en voz alta, sin embargo nadie le contestó, cresta, esto está reraro, pensó, sintió un cansancio enorme, se le había pasado esta vez la mano chupando. Pero si me lo había advertido don Lucho, el medico del barrio, déjese de andar metiéndose cualquier cosa, que uno de estos días no va a contar el cuento. Era esto lo que me quería decir este brujo de mierda. Trató de mover los pies y sintió que los tenía cubierto por algún objeto demasiado pesado. Dormiría, sí lo mejor era que descansara, después despertaría relajado y lleno de vida, saldría a la puerta de la mediagua, a mirar los autos que pasarían echando humo, como fumadores tuberculosos, esperaría la noche, a que llegaran los que se habían conseguido un pololito pal fin de semana, alguien lo invitaría a tomarse unas pilsensitas y se iría de nuevo por ahí, sacándole pica al maricón del González que lo hacía pasar estos malos ratos. Pero no se pudo dormir, ya no se sentía borracho, mierda lo que faltaba, que le viniera una de verdad. Logró estirar la mano sintiendo una tela fresca que lo rodeaba, la apretó fuerte entre los dedos, sí, era seda, la misma que había empezado a sentir que le rozaba la cara. Respiraba con dificultad, hizo un esfuerzo y sintió que se golpeaba la cabeza con algo. No podía ver nada en esa oscuridad, sintió hambre y el ruido de las tripas le retumbó en los oídos. De a poco trató de incorporarse hasta darse cuenta que no podía, que algo más duro y sólido lo cubría. Su olfato, despierto por el apetito y el malestar en las sienes le empezó a exigir que hiciera algo, volvió a tratar de llamar a alguien. Gritó, pero el sonido de sus palabras retumbó nuevamente. Era extraño, se sentía encerrado, juró que no volvería a tomar en su vida, tuvo miedo, nadie lo oía, sintió de pronto voces, por fin se dijo, mi amigo el flaco González se compadeció de mí, le voy a mentar la madre por esta clase de bromas. Mire que andar jugando con uno de esa manera. La voces eran cada vez más nítidas, hizo un esfuerzo para poder entender de que hablaban, le estaban gastando un chiste. Trató de reconocer a los presente dentro de un murmullo que se diluía en llanto. Pero si era su mujer la que sollozaba, mijita, Clarita le juro que es la última vez. De pronto sintió un balanceo, como si lo movieran de un lado a otro, las voces se volvieron menos nítidas y sintió una humedad que le recorrió el cuerpo. Empezó a faltarle cada vez más el oxígeno y en el esfuerzo por respirar sintió un fuerte olor a tierra. Quiso levantar la frente y lo único que logró fue sentir el carraspeo de un pala que se hundía en un arenal y el ruido seguido de un golpe de tierra que sentía caerle de lleno encima, sintió cada vez más frío. Era ya tarde. En su último esfuerzo por escuchar descubrió que mencionaban su nombre, el padre Ricardo lo aclamaba, había sido un buen hombre que se había descarriado en los últimos meses, ustedes saben hijos míos como la bebida quiebra la voluntad de nuestras ovejas, nuestro Señor Jesucristo tiene un lugar en el cielo para sus hijos, que han pecado y han sabido pedir perdón y soportar las injusticias de la cesantía y la miseria a la que el pueblo de Dios se ve puesto a prueba por la ignominia de los que han traicionado a la patria. El último puñado de tierra cayo sobre el cajón, el padre Ricardo le deseo un descanso en paz, los vecinos se disolvieron. El flaco González se fue llorando prometiéndole a todo el mundo y a los cuatro cabros chicos de su compadre que dejaba el copete y que nunca más.

24 de diciembre de 1998.Praga, barrio de Vrsovice.

13. Doble

I
Dicen que los secretos no deben contarse; cuando uno cuenta un secreto, está rompiendo una promesa o traicionando la confianza depositada. La verdad de las cosas es que ella misma, cada cierto tiempo, contaba su secreto, en esa su búsqueda loca e incesante.
Mi jefe me había dicho esa mañana, anda búscate una historia sórdida, algo de sangre, un cuento del bajo mundo. Me quedó mirando, cuando le iba a dirigir la palabra al entrar en su oficina, al verlo bajarse los lentes hasta la puntilla de su nariz y luego inclinar la cabeza para mirarme, me sentí casi cesante.
Yo entonces andaba buscando, historias sórdidas, en lo posible sangrientas, del bajo mundo. En D.F. se había puesto de moda Bukowski y mi jefe se negaba a contestarme el teléfono, si es Pacheco díganle que me acabo de ir a almorzar, o que estoy en una reunión con los accionarios. Parecía que supiera de antemano lo que yo iba a escribir.
La urgencia de hallarle a Ciudad de México su rostro subterráneo me llevó derechito a la calle de las putas, a la esquina de Meave y Lázaro Cárdenas. Allí había un hotelito parejero: el Meave. Había estado cogiéndome a una par de secretarias en ese lugar. Tenían un cuarto con jakuzzi bastante impecable. Le pagué unos pesos al portero. El Meave se veía límpido y aireado, con sus tragaluces iluminando la fuente de gladiolos y calas en medio de un patio de baldosas rojas. Por una delgada escalera de metal se subía a los pasillos, también metálicos, que envolvían las altas paredes, con sus ventanitas y puertas.
Que no más hago un par de entrevistitas y me voy, le había dicho al portero, que miraba una telenovela en un televisorcito pequeño, en blanco y negro. Me senté en los escalones. Pensé, algo sórdido, joder, maldito hijo de puta de mi jefe.
Venía seria, ensimismada, llena de descuido. Oiga parece un tantito. No quiere hacerse famosa. No quería. Ahí me di cuenta que no era mexicana, ni era puta. Era chilena. Se puso a hablarme, primero lentamente, después con una brutal urgencia. ¿Te gustan los sueños?, Me preguntó.

II

Aparecían unas sillas de metal y unos ventanales inmensos que daban a un patio de tierra, dura y seca, una costra, aguas manguereadas. Eran patios universitarios, ¿Te los imaginas? Santiago de Chile, fines de los ochenta. Lo que no te imagines te lo explico, me dijo. Donde había unas bancas de armazones de hierro y tablones de madera con pinturas descascaradas por la lluvia de los inviernos. Podíamos decir y escribir lo que se nos antojara, rayar las murallas. Ejercitábamos la aventura cautelosa de conocernos, entre extraños, rostros asustados e inocentes, los de los recién llegados. Los mechones, nos llamaban... me explicaba, ¿Cómo le dicen ustedes a los nuevos? No sé, nunca pude estudiar, me hice periodista como Rulfo
Era sentir que el devenir de los días era el placer cotidiano de salir de las aulas de clases e ir a sentarse detrás de una bandeja de comida, a esperar a que algún estudiante se apareciera, parado en una mesa. A tirarnos la línea, como decían los comunistas. Que lo único que querían era que ella entrara al partido, porque no eran tiempos para dudas, y que no fuera amarilla.
Yo no sabía en aquellos tiempos que era ser comunista, me confesó. El casino de estudiantes era un lugar de ventanales empañados por el vapor que salía de las cacerolas de comida, sí. Las paredes estaban repletas de papeles pegotinados, invitaciones a cursos, peñas folclóricas, avisos, recados, reivindicaciones, insultos a los militares y sobretodo toda la larga lista de razones que casi nadie entendía y por las que se salía semana tras semana a gritar a la calle, a tirarle piedras a la policía, a hacer fogatas gigantescas que cortaran Avenida Grecia. ¿Se veían esas cosas por acá, en las noticias?, me peguntó. Nosotros tenemos lo nuestro, le dije, pensando en Tlatelolco en el 68.
Un ruido de cucharas golpeando las bandejas de comida se apoderaba de ella, sacándola lejos. Así empezaron las primeras protestas, tímidamente. El asecho de una colmena de relojes cumplía un cometido final y la vida se quedaba mirándola desde un espejo, como una salamandra vieja. Eso era lo que soñé. Lo otro pasó después. ¿Te gustan los sueños?, volvió a preguntar. Yo me sentí como si hubiera averiado mi avión en un desierto y de pronto alguien me pidiera que le dibujase una oveja.

III

Cuando Rebeca García despertó, sobresaltada, se dio cuenta que la cama de la "king size" de 60 pesos, detrás de la puerta 304, la había regresado nuevamente, después de tantos años a aquellos días inciertos. Quiso creer que esa era la señal, el augurio. Mientras se vestía su faldón y sus botines masculinos, como si de pronto reencarnara a Frida, su heroína de siempre, fueron apareciendo por la ventana los colores del día. Sintió el aroma a tortillas de maíz filtrarse entre el olor de las sábanas arrugadas, se movió para alcanzar el sostencito que yacía a un costado de la cama, junto al camisón y a la carta. Esa carta en papel roneo, dentro de un sobre con ribetes celestes y sellos patrióticos que venía desde Argentina. Las Malvinas son argentinas, decía el slogan de la estampilla. Rebeca García odiaba los patriotismos, ¿Por qué no le preguntan a los malvinenses? ¿A los falklianos? Se preguntó. Estiró la mano para correr el visillo, se percató que una de las ventanas tenía un cristal roto, por donde se colaban los perfumes del medio día. Era tarde, pero no le importaba. Se terminó de vestir contemplándose en el espejo de la pieza, pensando en el espectáculo que ofrecía el recuerdo de ese espejo, cuantas infidelidades, cuantas pasiones, cuantas parejas enamoradas, cuantas madres solteras ganándose el pan de sus hijos. El mismo espejo que la había visto la noche anterior irse a acostar desnuda, a dormir obnubilada por un pitillo de mariguana que se había fumado a escondidas en la ducha de la habitación, recordando todo lo que había viajado, para que por fin se atreviera a ir al lugar que le habían indicado en aquella carta. Se miró repetidas veces, como si de pronto dudara, de que la que estaba reflejada en el cristal fuera ella. No has cambiado en nada, se dijo. Su cabellera negra, sus ojos marrones, su tez morena, el lunar junto a la boca y el detalle de sus labios. No era otro su propósito sino que llevar a cabo finalmente el encuentro o más bien el reencuentro había pasado muchos años. Pero Rebeca García había dejado de creer en la existencia del tiempo.
Salió a la calle, agobiada de aquellos repentinos recuerdos que la llenaban de alucinaciones, fantasmas que la hacían caminar triste en medio de aquel día de semana, contaminado y violento, harto de bocinazos y humos gaseosos. Leyó los titulares del Excélsior, cuatro jóvenes habían muerto a tiros al querer asaltar un banco.
D.F. era la olla a presión de todos los días y a pesar del malestar que llevaba en el alma pensó que al final, esa caldera de gentes yendo y viniendo, comiendo y gritando, era una pesadilla mucho más grande que la suya propia. Su espacio vital era un círculo más, uno más dentro del gran círculo total, donde se cruzaban los destinos, los de los hombres, el de ella, el de Gonzalo, el de él, congruencias e intersecciones en una secreta y caprichosa teoría de conjuntos. Cogió un pedazo de papel y dibujo sus pensamientos.

Ella Gonzalo

Alguien Otros



Al salir del cuarto, caminando por el pasillo que daba al patio de luz, vio entrar a una de las jóvenes prostitutas que veía cada tarde en la misma esquina de Meave y Lázaro Cárdenas. Iba abrazada a un muchacho mucho menor que ella.
Recordando caminó por Colonia Juárez, en dirección a Bucarelli. Buscaba el Café La Habana. México y Cuba, pensó, que mundos más diferentes. Amores de papel, escritos por la historia o por las mentiras de algún cronista. Cortés había pasado por Cuba. No se lo habían devorado los caribes como seguramente hubiera querido Moctezuma. El Granma había salido de las costas del golfo, con un puñado de barbudos, quizá hartos de beber tequila y ansiosos de embriagarse con ron de roble viejo. Razón suficiente como para hacer una revolución, cualquiera, hasta la peor de todas, pensó.
Sobre la entrada del Café se veían las alas abiertas del murciélago Bacardí y un póster con los bíceps de Lorenzo Lamas. En el fondo un mar cristalino, unas palmeras y una morena semidesnuda tirada en la arena, blanca y caliente, mirando, como dispuesta, en cualquier momento a desnudar su pollerita floreada para que junto a sus morenos pezones mostrara su sexo, peludo y negro, como una selva húmeda y jugosa de frutos endémicos, dispuesta a devorar al primero que ordenase una copa del néctar alcohólico, ansiosa de ser tajada a machetes, por una filuda y viril verga, la del Renegado Lamas. Más arriba un neón sucio de polvo y de letras quemadas anunciaba, Café La Habana. Al ver las palmeras del afiche Bacardí recordó la calle que en Santiago llevaba ese nombre. Se preguntó si podía ser posible la casualidad en momentos como ese. O sería que a medida que le afectaban los recuerdos se disponía a encontrarse con símbolos que la llevaran inexorablemente a él, a encontrarlo. Las Palmeras era el nombre de una calle de casas grandes y oscuras, de jardines rodeados de murallitas de ladrillo inglés, que remataban en la entrada de la Escuela de Artes, en Macul. El barrio de Macul se caracteriza por este tipo de murallas - pensó. Encierran antejardines que antaño eran las márgenes de Santiago. Algunas calles de Chapultepec, el barrio noble de D.F., tenían ese aire distinguido y ordenado, al cual los mexicanos ricos le habían agregado alambres de púas y cercas de alta tensión. Junto a la puerta de la Escuela de Artes había un claro donde una señora, ya muy anciana, había instalado un quiosco que ofrecía desde lápices y alfileres hasta refrescos y golosinas. Fue allí donde lo conoció, donde la tía. Comprando la última marraqueta de jamón queso palta que él insistía en llamar sandwhish.

IV


Gonzalo Sotomayor era chileno, pero no de ahí. Apenas conocía el lugar. Se había aparecido por Las Palmeras, después de enterarse de un curso nocturno, para adultos. Uno de esos cursos donde entregaban un título al final del año, gratis, de capacitación. Ideas que tenía una oficina de extensión, para los cesantes, que de mecánicos sin pega se decidieran hacerse pintores o ofrecieran sus servicios decorando vitrinas o escribiendo precios en los supermercados Almac con letras redonditas e irresachables.
Tenía un aspecto extraviado, un rostro de naufrago sin afeitarse. Algunos que te vieron pensaron que eras un sapo, le había dicho. Pero no lo era, era absolutamente imposible que lo fuera. Era un muchacho ajeno, extraño y turístico. Había vivido desde recién nacido hasta los siete años en la Rumania de Ceausesco. Luego emigramos a Suecia. Con su madre que... tuvieron que marcharse, cuando lo del golpe, le había dicho ella, interrumpiéndolo, ante una actitud ajena a toda contingencia. Como si para él, sentir suyo aquel drama fuera inmiscuirse en algo que corría tan sólo por sus venas mentales, las de sus pensamientos, por los recovecos de ecos de voces escuchadas desde niño. La rebeldía de Gonzalo era otra, total e ensimismada, buscadora de amor y valentía. Para él una dictadura era más el molino que le impedía encontrarse con su amada, que una razón social. Ella le remedaba esa distancia que él ponía. ¿Marcharse? Los echaron, mi estimado... a tus padres los expulsaron. Sólo a mi madre, mi padre desapareció.
La juventud sueca de Gonzalo Sotomayor, era la de los turcos en Alemania o la de los moros en París. De vez en cuando algún chileno medio loco se le ocurría asaltar un banco o meterse a balazos en un restorán por que le habían mirado mal a su hembrita. Entonces era cuando escuchaba a su madre llorar de vergüenza por los compatriotas. La diáspora chilena era una cruz de humillaciones. Los compatriotas no hacían otra que flojear, traficar copete, y cobrar el social, después se jugaban la plata y salían a robar. Y más encima se creían que se las sabían todas. Por eso un día habían decidido dejar todo ese mundo de falsa civilización. Se habían marchado, a la frontera, a Mendoza. Cuando llegaron Gonzalo se dio cuenta que la ciudad argentina era una verdadera prolongación del país, sólo que con programas de televisión diferentes, con dinero diferente y con todas esas costumbres paisanas que diferencian a los pueblos. Tardecitas de mate en la puerta de la casa, discusiones de política que se mezclaban con los elogios al fútbol, a las reformas de Alfosín, los goles de un muchachito jóven que daba a dar que hablar y que ya todos lo llamaban Diego Armando, como si fuera de la familia. Al partir de Suecia se imaginó Mendoza pueblerina e incauta. Pero cuando el avión local de las Aerolíneas Argentinas se aprestó a aterrizar, tuvo ganas de preguntarle a la azafata si no se habían equivocado y pasado de largo a Santiago. Mendoza era una gran ciudad hecha y derecha, una ciudad chilena en Argentina. Gonzalo Sotomayor acababa de cumplir los dieciocho y adquirir los derechos familiares que en Estocolmo los demás jóvenes de su edad hace rato tenían, y de los que hacían alarde. Se burlaban de él cada vez que lo invitaban a salir, y tenía que marcar tarjeta, le decía a ella. Así era como se decía en Chile. Esto-es-el-colmo, capital de la Sverige, pus mi lindo.
Cuando a los militares..., a los milicos, amonestaba ella, cuando a los milicos, repetía ella, les dio por escribir listitas con exiliados que podían volver, a él se le vino de golpe la idea de que se iba a conocer Santiago. Y no hubo nadie que lo contuviera, ni los llantos de su madre, ni las escenas dantescas de su imaginación. Su madre no estaba en la lista, y él encontró que era la mejor manera de salir de la casa, era ir a conocer la tierra de ese padre que nunca conoció. Agarró una bolsa marinera, guardó sus cosas y partió con un grupo de turistas que iban al Festival de Viña. Cambió todo su dinero, asegurándose de que por lo menos dos meses iba a tener comida y techo. Así fue como llegó. La ciudad capital le pareció sucia y despiadada. El smog, que le ardió en los ojos apenas salió del terminal de buses norte y la elocuente amistad de un taxista, que le cobró un precio sueco, fueron la bienvenida, a esa, la patria de sus padres, a ese que era el país que le habían asignado sus propias venas. Allí estaban... tus raíces, le decía ella, aunque él se sintiera más bien una enredadera, de esas que crecen por las paredes de las casas antiguas.
Arrendó una pieza, en las faldas de un cerro con una gran virgen, que después supo era el San Cristóbal, patrono de los viajeros. Se dio cuenta, que el dinero para dos meses en Europa era por lo menos para medio año en Chile. Dejó de preocuparse, justo hasta aquella tarde en que conoció de pura casualidad a Rebeca.
Fue un amor rápido, apasionado, lo que llaman, a primera vista, lleno de locura, paseos interminables. ¿Estás escribiendo?, Me preguntó la joven chilena mientras yo imaginaba si esa historia agradaría a mi jefe. Tomaban las micros viajaban por la ciudad llegando hasta los terminales para después volver a tomar las mismas, de regreso. Recorrían las ferias de libros usados, jugando a quien encontraba al autor más prohibido. Plaza Almagro se convirtió en un punto recurrente. Lo llevó a Maipú, tenía que saber cuales eran sus nuevos héroes y las gestas heroicas de los chilenos. Somos, le dijo, el único pueblo del mundo que lleva más de doscientos años construyendo un templo votivo. Gracias a las promesas del padre de la patria, que quizá nunca creyó en lo prometido. Porque, según ella, los verdaderos héroes, no habían quedado en los libros, ese guacho de origen irlandés, pasó a la historia por haberse arrancado a tiempo.
Le mostró todo lo que una chica de ideas postmodernistas le podía mostrar a un recién llegado del... limbo mismo, se reía. A pesar de que Rebeca sentía una pasión escondida por ser actriz, en el teatro siniestro de una revolución cien años prometida, se mantuvo siempre al margen de cualquier militancia. Los rojos la acusaban o de agua tibia o de trosquista, los otros le achacaban una militancia solapada. Salía a carretear, más al barrio bohemio de Bellavista que a algún otro sitio.


V

Aquella tarde partieron al cine, al Normandí. Pasan una de Bergman, un sueco, la invitó. A Gonzalo le pareció en el cine que todos los jóvenes pertenecían a una misma tribu, cuyas indumentarias colgaban de sus cuerpos, como los cachivaches de una ruca siux, pero mira le dijo, zapatos de gamuza, chaquetas de mezclilla, bolsos chilotes y ponchos, mujeres de collares y trenzitas y muchachos de su edad de pelos y barbas largas, como el Che...... Esos eran los artesas, no pescan a nadie, se la pasan fumando yerba y escuchando a Los Jaivas... ¿Fumas?, le preguntó. Otra raza de ropajes eran los suéteres de cuello subido y las chaquetas de second hand, cuando no sacan las chaquetas, descuelgan de sus armarios sus impermeables negros. Reinaban en ellos los tonos oscuros, como sacerdotes de alguna nueva secta, de las que habían inundado Santiago. Todos sacaban a pasear un libro en el bolsillo, el que dilucidaban en el metro o en alguna micro. Aquellas que los trasladaban al atardecer desde Bellavista, donde se tiraban unas piscolas, los taquilleros...
De alguna manera visitar aquel cine era un acto de protesta, de rebeldía intelectual, el miedo a la salida era parte de aquel juego. Para Gonzalo era la cosa más normal del mundo. ¿Y quien no fuma? Le contestó. Cuando salieron la quiso encaminar al paradero. ¿De qué hablas?, le dijo riendo, hay ciertos lugares, que nadie sabe por qué la gente había convenido en usarlos como las paradas. Le llamó la atención, que hasta tomar un bus fuera algo sorpresivo e implanificable. La ancha alameda del héroe nacional era una selva de microbuses rugientes que se balanceaban y entrepasaban, deteniéndose algunos, para que subiera una gorda, que hacía señas, desesperada, llena de bolsas plásticas. Otros disminuían la velocidad para que el sapo les gritara el tiempo, cinco minutos, que era el que los separaba de la otra micro que se le había adelantado.
El tiempo parecía dejar de tener la importancia que en otros países tenía. Se sintió de veras lejano. Y no supo si sentir alegría o angustia. De pronto ella estiró la mano y una de las liebres se detuvo en medio de la avenida para esperar a que Rebeca García corriera a cogerla. Nos vemos el lunes, en el casino de la escuela. Pasarían el fin de semana poniendo a prueba aquellas mariposas que les danzaban en el estómago. Sintió una indigestión de flores y pensó que se iba a poner a estornudar versos o peor aún, que iba a cruzar la calle hacia el puente Pío Nono, como si atravesara un espejo que lo hiciera volver a la realidad, que de seguro era todo, sólo su imaginación. Pero no fue así, Rebeca era real, era esa micro que se la llevaba hasta el lunes siguiente, y él, era el silencio que mascullaban sus botas, que lo acercaban a su casa, a los pies del San Cristóbal.
Como aún no tenía amigos no tuvo a quién contárselo. La distancia que sentía hacia los artesanos del barrio, trotamundos de vocación y hacia los pintores callejeros lo embrujaba en torno a la idea de su Rebeca. Aquel fin de semana fue el único que dejaron al azar, desde entonces estarían juntos, sin separarse,...”yendo de la cama al living”... como decía una de Charly García. Compartiendo toda esa fiebre que los dibujaba de nuevo, como si fueran la sombra de ellos mismos, bajo la luz de esa estrella que se habían inventado. Al menos hasta el último día, aquel último día, sin conjuras ni despedidas, con la realidad pisándoles los talones y el miedo apelotonándose en la garganta, miedo al mal entendido, a la casualidad absurda, al desafío pagano, que era la vida rodeada de uniformes y decretos con fuerza de ley.

VI


El tiempo pasó, como una burbuja de jabón que cae liviana desde la mirada de un niño, Santiago estaba lleno de niños, con candidez y pasión. El tiempo pasó, jugando a guerras de almohadas, a esconderse en los mercados, haciendo el sexo con un arte de carpinteros, desastillando sus vientres y sus nalgas, haciendo de sus sexos virutas de olores terrenales, asediándose como si la vida fuera un huerto de limoneros, con su aroma a virgen.
Caminábamos de la mano, a vista y paciencia de estatuas y marquesinas. Hasta que una vez por mes, como si fuera la rutina de esas responsabilidades que los hacían diferentes, la realidad los separaba. Gonzalo no quería saber de política, ni de reuniones estudiantiles, no lograba entender a los paladines que prometían la aurora de un futuro esplendoroso y profano. Aunque detestara, como él detestaba, a los que un día habían expulsado a su madre.
Por más que tratara de evitarlo, había algo que lo llevaba por el mismo camino, el mío, sólo que para él ese era un viaje sin zapatos. Yo, la estudiante, la cara bonita que decoraba las fotos de candidaturas recortadas y arregladas, donde siempre se sabría quien sería el que ganador. Las Palmeras era una escuela tan chica que todo se sabía antes de que sucediera. Incluso quien sería elegido en las elecciones estudiantiles.


VII


Mientras le servían otro café sentada en El habana, la abordó el presagio de que aquel día era el día que había estado esperando. Eran ya muchos años. Sentía que la carta que le había llegado, por fin, le daba la noticia. Había valido la pena, ese ya lejano periplo que había hecho a Mendoza. Dejando miguitas de pan, señales, recados; Gretel buscando a Hansel. ¿Volvería a verlo?. Para eso se había endeudado, que más daba, todo el país vivía así, con letras por pagar, acosado por las ofertas televisivas. La única oferta que estuvo dispuesta a aceptar fue la del chárter a Ciudad de México. Se encontraría con ese fantasma que la atormentaba en sueños. Con ese destino extraviado, se sintió como quién pierde de pronto, una aguja en un pajar o deja caer por descuido un manojo de llaves a una alcantarilla.
Los taxis, unos escarabajos verdes, pasaban uno tras otro por Bucarrelli, llevando gente de aquí para allá. Todos, sin excepción, cruzaban la luz roja del semáforo, dando bocinazos y frenaditas en la esquina. Ella sentía que estaba llegando a una esquina, enfrentándose a esas luces rojas que tenía que cruzar. Al café entró de pronto una pareja de turistas. Se sentaron en la mesa contigua, él desparramó las hojas de su periódico. Vio en los encabezados del Le Monde que nuevamente se escribía sobre Chile. La perseguía ese país, su país. Se le vino a la memoria aquella ocasión en que creyó verlo en una foto, en medio de una manifestación, era un diario extranjero, no recordaba cuál. Se pasó largos días sin poder dormir, conociendo el hielo de los amaneceres que finalmente la veían caer rendida. Pero de eso había pasado ya tanto tiempo.

VIII


Rebeca García no tenía problemas con nadie. Su familia, honorable y pudiente, tenía cierta fama de oficialistas o más bien de... fachos... como decía ella misma. Y que le iba a hacer, ella había salido la oveja negra de su familia. Salvo por sus antojos sociales era una estudiante ejemplar, cursaba sus materias, rendía sus exámenes. El semestre en que conoció a Gonzalo Sotomayor, fue para ella el más desquiciado de su carrera estudiantil. Faltaba a clases para quedarse enredada en las sábanas de la casa junto al cerro. Sin rendir cuentas de sus ausencias, al mismo director de la escuela, que ya la había puesto al garete en más de alguna oportunidad por sus incursiones subversivas. Sabía que el examen final de ese año con él sería la prueba de fuego.
Me encerré una semana entera en casa de Gonzalo. Éste le preparaba sendas porciones de Nescafé con Coca Cola, que la ayudaran a doparse y a sentirlo cerca. Dos días antes de aquella mañana fatal, Gonzalo había llegado con una tira de escansiles, ella se había puesto nerviosa y estallado en sollozos. Es que acaso, no te das cuenta que es imposible, que ni con drogas ni con nada, que todos habían reprobado y que habían aprobado sólo los que no se metían en política.
Gonzalo Sotomayor trató de calmarla, le contó historias que conocía, finales felices. Que si había visto aquella película con la Sonia Braga, La Pareja se llamaba. Resulta que la Braga era estudiante, y andaba con otro que estaba por dar sus exámenes, no tenían ni donde caerse muertos, además que salían de farra y se metían de todo para adentro, ella de repente quedaba embarazada y ahí mismo se les armaba el problema, porque después de estar en una clínica donde le iban a hacer un aborto a la morenasa, ella salía corriendo y que no, que no se lo hacía y al final decidían que lo iban a tener y él se ponía a trabajar, porque a pesar de dar clases no les alcanzaba el dinero, entonces el tipo, que debía dar su examen final no se preparaba y todo se venía abajo, pero resultaba que cuando sorteaban la pregunta le tocaba el tema, aquel que él más manejaba, el de sus clases, y como no había estudiado nada, pasándose toda la noche en el hospital para que le dijeran que había sido varoncito atinaba tan sólo a salir corriendo, todo ojeroso y trasnochado a la escuela a dar ese último examen...
Le deseó suerte, viéndola irse, arregladita y perenne, preparada para la derrota. Bebió el último sorbo de café y salió apurada. Se devolvió un segundo para besarlo, sin sospechar que sería la última vez que se verían. Gonzalo se encerró en la sala. Sabía que su único fin era liberarla de aquel suplicio, a cualquier precio. La comisión examinadora eran unos tipos gordos y serios, entre ellos el director, todos de delantales blancos. Estaba por recibir su pregunta de manos del mismo director, que la miraba con una sonrisa cruel y satisfecha cuando irrumpieron en la salita tipos de civil y carabineros, del GOPE, o algo así. Desalojaban la escuela, que se apuraran, que había una bomba. Salió corriendo, con el papelito de su pregunta en la mano, sintiendo una alegría que la desorbitaba, se compraría un jamón queso palta, desayunaría e iría a casa de Gonzalo, a contárselo. Pero cuando llegué, Gonzalo no estaba, y no estaría más. Para él una dictadura era más que una razón social, las aspas de un molino que le impedían encontrarse con su amada. Tuve miedo. Puse Radio Cooperativa, daban las noticias, habían quedado en juntarse después del examen, algo la inquietaba, acababan de encontrar una bomba en el supermercado de Macul y Grecia. Gonzalo, pensé.

IX


Pidió la cuenta, recordando que todo lo que sucedió después lo supo por las pocas revistas que informaron la noticia. Caminó por Bucarelli hasta Reforma. Recordando. Gonzalo Sotomayor pasó cinco días incomunicado. Lo habían golpeado y molido a palos, le achacaron de todo hasta que el Cónsul sueco llegó a sacarlo. Se imaginó que había terminado en Estocolmo, rodeado de esos chilenos escandinavos, expertos en abrir Volvos o en expropiar equipos de sonido de los supermercados. Imaginó a su madre agobiada en Mendoza, sin saber nada de Gonzalito, como lo llamaba.
Rebeca García, juntó dinero y salió tras él, a los dos meses, primero a Buenos Aires y de allí a La Habana. Lo buscó. Después de conocer en Cuba las razones, de lo que mucho después llamó sus inocencias, dejó la isla y abandonó para siempre sus hábitos de querer salvar al mundo. Entonces recordó que los Sotomayor habían también dejado Rumania. Volvió a Mendoza, ya casi nadie se acordaba de los Sotomayor. Pasó largos meses de regreso en Santiago, hasta la mañana en que encontró en su buzón la carta. Esta carta, mira y me mostró un papel viejo.

Aquella mañana de ruidos y aires irrespirables, volvieron a su memoria las preguntas, que de tanto no tener respuestas se habían ido convirtiendo en obsesiones. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había desaparecido para siempre? ¿Qué había pasado con él?. Caminó sin rumbo, sabía que ese era el barrio, y sabía que ese era el día, lo que no sospechaba era si ella era aún ella.

Cuando lo vio, lo reconoció de inmediato, trató de recordar todo lo que había pensado, le diría al verlo. Pero se detuvo, impávida, la vio abrazarlo, era ella misma. Se quedó mirándolos, mirándola, mirándose a sí misma, la cabellera negra, los ojos marrones, la tez morena, el lunar junto a la boca y el detalle de esos labios, iguales a los suyos. En ese momento supo que él la había encontrado, mucho antes.

Aquella noche dormiría tranquila. Me había contado su historia. Los sueños que la perseguían en un huracán de preguntas pasaron a ser un pasado lejano. ¿Te gustan los sueños?, Me preguntó, contestándome. Te contaré entonces lo que soñé anoche, me dijo hablando con una urgencia brutal. Acababa de conocer a Rebeca García, en las escaleras de metal del hotel parejero de Meave y Lazaro Cárdenas.

***

Ciudad de México, 15 de febrero de 1996
Praga, de abril a noviembre de 1999.

14. El Pastor (sobre el dibujo de C. Boldrini)

Seguramente lo primero que hizo fue encender la cocina, poner a hervir el agua para la mateada. Encendería la luz sobre la mesa de dibujo y prepararía el papel recién comprado. Sería de noche, porque recien de noche con la ausencia de Ana, su esposa, el trabajo lo trasladaría a otras laderas, a otros páramos. Estaría inquieto, intranquilo por esa idea repentina que lo habría sorprendido a la salida del supermercado, justo en el detalle contemplado de la vitrina del carnicero, aquellas piezas de carnes rojas refrigeradas. Entonces la inspiración como el zarpazo de un lobo. En ese destello inspirativo, casi ajeno. Como si la sospecha de algún otro Dios lo guiara, trataría de imaginárselo.
Se encontraría con el pastor, sería por unas horas un personaje ancestral, antiguo, mítico. Lo empezaría a sitiar dentro de la hoja de papel, a darle los detalles de un tiempo que de todas maneras no iba a existir. A imaginar un antes y un después.
Seguramente lo primero que le hizo hacer fue encender el fuego, atizar las brasas para que volvieran a herir los troncos rescaldados; que la cabaña recuperara el incienso a bellotas de eucalipto; el vapor azul de las hojas quemándose una noche anterior; lo haría que se frotara las manos y que se quedara custodiando el café que herviría lentamente, luego recargaría la ubre de grapa, como todas las mañanas; esperaría a que el alba reinara y que el calipso cubriera la colina como un abrazo de ese otro Dios. Pero ¿Quién era para él ese Dios que intuía fuera del papel? Esa presencia que lo hacía, que lo creaba, que lo delineaba, que lo bosquejaba con abluciones de tinta sagrada. Lo había comenzado a sentir, afuera, reinante, en una eucarística mirada. Recién entonces había salido del refugio.
Al oír el balar cercano de sus animales, vestiría su zamarra sobre el jubón harapiento, amarraría el cinturón de cencerros a la cintura de sus gregüescos, encadenaría el hatillo de un lado y el corno de buey del otro de sus hombros, se calzaría las botas y saldría camino del hato; a contarlas. Juntaría el portón de la cabaña, lentamente, hasta no despertar a los hermanos y se marcharía por el sendero, marcado por los animales y por el tiempo, hiriendo el borde del camino con el callado, paso a paso, como un peregrino; con la religiosidad de su convencimiento, ejecutando su destino, su proceder, poderoso con su báculo antiguo. ¿Sería esa la mañana? El relámpago de una hipnosis soñada. La quietud absoluta de esa instantánea que era su única alma. Llegaría a la explanada, a los pastos húmedos, peinaría su barba, larga, enredosa. Corregiría los puños orlados de su camisa. Recién entonces sentiría su cuerpo, dibujado, detallado como el alabastro de la región. Sobre el pasto yacería un becerro, muerto, mordido por la mano de ese Dios oculto, por la alquimia de las líneas, los suculentos detalles, escupidos centímetro a centímetro de la pluma negra, la geometría de su cuerpo plano, estampado, el secreto de la mano de ese Dios que lo iba creando, descubriendo de una hoja de papel hecha a mano, comprada por un tal Cesar Boldrini, la mano del artista que lo delineaba en el más secreto de los placeres. Vería al Dios sospechado, inquirido, al dibujante que lo materializaba. Entonces su rostro se fijaría, para siempre, con la expresión melancólica y única de su único tiempo, ese presente, ese pretérito y ese futuro que eran su existencia de obra de arte, sentiría él o el autor la quietud de su mirada soñolienta, el equilibrio de su mano derecha con el bastón y el de su mano izquierda elevando el corno, anunciándonos a los espectadores de ese cuadro la muerte del becerro, el peligro de un predador cercano. Ahí sobre la madera de la mesa de dibujo Cesar Boldrini clavaría sus iniciales sobre el último detalle: CB 97 ¨ Pequeño rombo de punto final, todo fuera del contorno de lineones dobles. La obra estaría terminada, embutiría las plumas, enroscaría el frasco y a falta de polvo para tinta, soplaría, acercaría su pastor a la pantalla de la lámpara. Arrastraría luego el taburete mascullando las arterias del parqué del piso, escondiendo como un Dios satisfecho la creación del mundo, entre carpetas de cartón y decenas de otros dibujos. Sobre la mesa: la calabaza y la bombilla de plata, la lámpara silenciosa como un sol apagado. El retrato de Ana. Mientras, el sonido del corno rebotaría en la meseta, despertando a sus hermanos, que atentos a la geografía de esa única hoja de papel no podrían nunca existir. Enjaulado en su condición, enfrascado en el cristal, en el marco de madera.
Allí está, ignorando en la solemnidad de su único gesto la mirada burlona del lobo a su espalda, la agudeza de sus orejas, el vidrio rapaz de sus ojos; lo estaré contemplando, colgado sobre la pared blanca de mi sala, al costado de una mascara asiática de caparazón de tortuga, de ojos saltados de plata, a palmos de los antílopes pintados sobre una tela de Burkina, regocijado por la luz de una lámpara de teatro, que alumbrando el norte de mi sala, hechizará la colcha hindú del sillón, la mesita de los discos y las hojas contritas de una planta exótica que hará llegar la mirada espectadora de mis invitados de esta noche a la ilustración comprada a ese tal Cesar Boldrini.-

15. Epílogo

Creo que la primera imagen fue la de mi madre, estaba parca, lavando la loza bajo un cordoncillo de agua que caía y levantaba burbujas que me hacían reír. Yo estaba sentada y veía mis pies desde mi silla, de mi blusa colgaba un chupete; luego me veo salir corriendo y tropezarme con la bicicleta de mi hermano y caer de rodillas al cemento, la sangre me causó tal espanto que volví gritando a casa; a eso venía mi graduación: estábamos todas vestidas de pingüinos con nuestros mejores jámperes, y aburridamente solemnes, a eso la imagen de la fiesta, la borrachera y las manos de Carlos subiendo por mis rodillas y deslizándome el calzón, la bofetada y el llanto. La bomba lacrimógena que reventó en la ventana de la escuela durante el primer paro, las esquirlas de cristal llenando el suelo de pequeños diamantes; mi matrimonio con Carlos, embarazada pero feliz, el viaje a La Serena, el recuerdo del sol filudo del norte. Y finalmente la salida de casa corriendo, aquella mañana. La retina en cámara lenta, la imagen nublada de mi mano haciendo la seña y el eco de mi voz diciendo “hasta la noche” “noche” “noche”. Cuando caí a mi lado como un bulto desarmado y traposo y logré verme el rostro descubrí en aquella fracción infinita que la sonrisa con la que me observé junto al semáforo era un diseño antropológico horrible, un desgarro de dolor y acertijo. Vi el acero a toda velocidad romper los colores como un caleidoscopio furioso, el líquido ardiendo que cubrió de pronto mi pecho sería sin duda mi propia sangre que evaporaba de ese silencio voraz todas las imágenes perdidas. Supe que moría y que Carlos y los niños reían esperándome en algún lugar de ese otro limbo, Santiago era un tobogán de ecos y esa noche no habría nada para cenar, tan solo la noticia arcaica y torpe de dos carabineros. La casualidad, madre de todas las desgracias no llama nunca a la puerta.